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1. Por lo que hace referencia a las monedas, estas eran distintas
en la Corona de Castilla, Navarra o los territorios de la Corona
de Aragón. Además, su valor intrínseco y su poder adquisitivo variaron
con el tiempo. En general, el sistema castellano se articula en
torno a las disposiciones monetarias de 1497, mientras que la Corona
de Aragón utilizaba como modelo de cuenta y equivalencia monetaria
el sistema europeo de las libras, sueldos y dineros [1].
El sistema monetario en Castilla quedará
constituido, a grandes rasgos, alrededor de tres tipos básicos de
monedas, aunque esta división es únicamente útil a efectos de síntesis.
Nos referimos a la moneda de vellón (de bajo, y decreciente, contenido
en plata), que quedará ligada a las transacciones de la vida diaria,
las monedas de plata de ley elevada y, finalmente, las monedas de
oro sólo presentes en operaciones mercantiles de alto nivel.
La reforma monetaria de 1497 (Pragmática
de Medina del Campo) introduce en Castilla el modelo del ducado
veneciano. El ducado castellano fue una moneda de oro creada
por los Reyes Católicos, con un valor de 375 maravedís (11 reales
castellanos). En época de Carlos V, el escudo o corona
será la moneda que represente el patrón oro, y el ducado quedará
relegado a moneda de cuenta. A menudo la nueva unidad se utilizará
bajo la forma del doble escudo, doblón o dobla [2]. El escudo, acuñado desde
1535 se cotizaba en 350 maravedís. Su valoración oficial cambia
a lo largo de la época moderna (tiene una paridad de 400 maravedís
en 1566 y, desde 1609, de 440 maravedís).
Mientras que el ducado era una moneda
áurea casi pura, el escudo es de ley inferior; aunque fundido en
oro, sólo alcanza los 22 quilates. Sin embargo, adquirió valor como
instrumento de pago a nivel internacional. El escudo era
la mejor y más acreditada pieza numismática hispánica de la época,
codiciada por el capitalismo cosmopolita que procuraba drenar las
existencias peninsulares transportándolas hacia la Europa central
y septentrional.
Para la moneda de plata, la unidad
introducida en 1497 es el real, equivalente a 34 maravedís.
El real de cuenta mantiene esta paridad a lo largo del siglo XVI
y sólo experimenta tardíos cambios en 1642 (45 maravedís) y 1686
(64 maravedís) [3]. La plata se acuñaba en
valores sencillos, dobles, cuádruples o de a ocho sin que en el
trueque hubiera premio entre ellos. La pieza de ocho reales era
el peso o duro. Los pesos ensayados eran los
acuñados en las cecas reales americanas: peso era el término
indiano del real de a ocho (llamado perulero, si era procedente
de la ceca de Lima). Desde finales del siglo XVI, el real de
a ocho, el peso, la pieza de plata mexicana de ocho reales,
de gran estabilidad y pureza, se convierte en la divisa del sistema
de pagos mundial (quedará en el recuerdo la piastra del Sureste
asiático).
Al contrario que con los metales preciosos,
en que la plata sustituye los altos estratos de volatilidad del
oro, la tendencia general de la pequeña moneda es a la baja, con
una depreciación galopante. La moneda de cobre de la época de los
Reyes Católicos que era la cuarta parte de un real de plata, valía
en época de Felipe II solo 32 maravedís y tenía ocho cuartos; su
valoración había decaído claramente. La pobreza de Sancho hace que
cuente en cornados (forma sincopada de coronado, moneda
de vellón de valor exiguo, únicamente una sexta parte del maravedí)
y maravedís, equivalentes a numerario de importancia insignificante.
El maravedí —que es la base de la moneda de cobre por antonomasia
en el siglo XVII, acuñada en piezas de 2, 4, 8
tenía dos múltiplos:
el doble maravedí (llamado luego ochavo) y el cuádruple (llamado
cuarto); repárese en que, con la imparable devaluación, los
cuartos ya están labrados en cobre. Sin embargo, se acuñan
en vellón otros divisores del real (el cuartillo, la cuarta
parte del real), y luego monedas de mínima estimación. La blanca,
también de vellón, era una unidad monetaria establecida en la Pragmática
de 1497, y equivalía propiamente a medio maravedí. El cuatrín
asimismo era moneda de ínfimo poder adquisitivo. Respecto
al ardite, se trata una moneda de vellón labrada en diferentes
localidades de Cataluña y los Condados en los siglos XVI y
XVII;
bajo Felipe III se labran en Barcelona en forma de monedas de cobre
puro, equivalentes a un dinero barcelonés.
Con todo, tras establecer unos valores
de conversión entre las distintas monedas de la época, lo que nos
acerca más a la realidad coetánea es consignar una serie de dinámicas
que hacen las veces de dispositivos que actúan sobre el engranaje
monetario. Una es la diversidad extrema del circulante fiduciario
en la Península que recorre Don Quijote. ¿Cómo, si no, entender
los diferentes valores de los sueldos castellanos, aragoneses
y catalanes; la presencia de la meaja aragonesa (miaja,
la malla catalana: esto es, la mitad del dinero de vellón)
o del cruzado de oro portugués. Tampoco parece que sorprendieran
a los lectores la mención del numerario norteafricano [4],
o la alusión al guelte, que es el geld (dinero)
alemán. Por supuesto que la explicación rápida es la más socorrida,
la desunión administrativa y política de los reinos hispánicos y
el cosmopolistismo de las propias finanzas imperiales desde los
tiempos del césar Carlos.
Pero de igual modo, hay constantes
más estrictamente económicas y menos jurisdiccionales que se deben
considerar. Puede postularse, siguiendo la ley de Gresham, que la
moneda mala (vellón y cobre) expulsa a la buena (oro y plata) de
la circulación. Un gran historiador ha definido el proceso, algo
más dramáticamente, como la perfidia de la moneda: los poderosos
se hacen con las monedas de oro (escasísimas) y plata, dejando el
vellón y luego el cobre para la gente del montón.
Por supuesto, la realidad cotidiana
es mucho más compleja. Pero el esquema es útil a grandes rasgos.
Del siglo XVI al siglo XVII, se pasa de la moneda de oro a la de
plata y de estas, en las décadas iniciales del siglo XVII, a la
moneda de vellón. El real de a ocho (plata) es la moneda
que caracteriza los reinados de Felipe II y Felipe III; el escudo
(oro) había sido la moneda áurea del Emperador; como el todavía
más valioso ducado o excelente de la granada lo había
sido del reinado de los Reyes Católicos. Pero aunque se produzca
la caída hegemónica del oro a la plata, este último metal en tiempos
de Felipe II todavía corría por Europa labrado en espléndidas piezas:
el ducatón, del Milanesado, llegó a alardear con el nombre
de filipo. Y es que la plata americana destinada al rey era
labrada en reales de a 8 y 4, mientras que los particulares debían
de acuñar moneda menuda.
Con el siglo del Quijote, Castilla
naufraga en el «piélago del vellón». Es la época del vellón, y aun
de las monedas de cobre puro. El vellón, una liga que había servido
secularmente solo para pagar picos de las cuentas, se hace omnipresente.
Oro y plata —afinando en el diagnóstico, el torrente de metal
precioso que marcha a Europa es fundamentalmente blancose
atesoran o se conducen al exterior al sistema de clearing
de las ferias genovesas, donde se realiza pautada y repetidamente
la conversión crucial de los reales en escudos, de la plata en oro
y, con el tiempo, del vellón en plata. La moneda de vellón solo
inspira inseguridad y desconfianza, es fácilmente falsificable,
su valor fiduciario se rebaja progresivamente, se resella, etc. [5].
2. Una síntesis sobre la metrología
castellana de los siglos XVI y XVII es complicada de establecer
por las diferencias regionales o comarcales. Hasta puede hablarse
de unidades de medida propias de cada población. En ciertos lugares
y villas existían patrones o prototipos que se utilizaban como baremo
en las transacciones comerciales públicas y privadas y que tenían,
por tanto, una vigencia geográfica muy limitada.
Esta gran complejidad hace que el
número de unidades de peso, capacidad o longitud sea impresionante.
Pese a los ensayos unificadores que se remontan a Alfonso X el Sabio
—que adoptó los patrones de Toledo, Valladolid o Burgos—,
solo con los Reyes Católicos se pudieron aplicar con rigor disposiciones
tendentes a homogeneizar pesos y medidas, aunque su efectividad
fue a todas luces mínima.
Por lo que toca a medidas itinerarias,
en Castilla se utilizan la legua o la milla de origen
clásico. También aparece referenciada en los documentos de la época
la hora de camino. Un ejemplo de diversidad métrica respecto
a otros territorios es que era proverbial el referirse a la extremada
distancia entre dos poblaciones mediante los términos legua catalana
o la casi mítica legua de Cervera.
Para las medidas de superficie, siguiendo
la división tradicional en términos de metrología, podemos diferenciar
entre las geométricas, las de trabajo agrícola y las de siembra.
Las medidas de superficie geométrica empleadas frecuentemente son
las referenciadas mediante patrones: pies, pasos,
braza, fanega... Propiamente la principal es la vara castellana
o vara de Burgos, que pervive hasta el siglo XIX. Una medida
basada en el trabajo agrícola era la del jornal. Respecto
a las de siembra, como veremos más adelante, en muchos casos dependían
de las de capacidad.
De todas las unidades de capacidad,
Felipe II en 1563 adoptó la fanega de Ávila como medida oficial
de áridos y la cántara toledana para la miel; no obstante,
fue un intento vano, como se observa por la persistencia de las
diversas medidas locales.
El celemín, medida de capacidad
para áridos (llamado almud en Andalucía) era la doceava parte
de la fanega. Cuatro fanegas hacían una carga.
Había fracciones más pequeñas, como la cuchara o el cuartillo,
y mayores, como el cahíz. Las más usuales en los intercambios
eran las ya mencionadas fanega y celemín. El cuartal
expresaba el peso del pan, pero resultaba muy variable según
la cronología y las regiones.
Para líquidos, entre las más comunes
podemos considerar el azumbre, que equivaldría actualmente
a algo más de dos litros, y que se dividía en cuatro cuartillos
para el vino en Castilla. Para el aceite la venta estaba prescrita
en arrobas, equivalentes a 25 libras líquidas. El tonel,
también denominado pipote, era otra medida de capacidad.
Finalmente, sirve como orientación consignar que los pequeños consumidores
compraban el vino por cuartillos y el aceite de oliva por
panillas (un cuarto de libra). Las «personas de razón», en
cambio, lo hacían por cántaras (de 8 azumbres de vino)
y arrobas (de 25 libras de aceite), respectivamente
[6].
En una característica ambivalencia,
para complicar más cualquier sistematización, muchas medidas de
capacidad remitían a medidas de superficie. De esta manera el celemín
agrario castellano podía ser también la extensión de tierra necesaria
para plantar el equivalente en peso a un celemín de grano.
Algo similar ocurría con la fanega, que podemos considerar
el patrón para la medida de los áridos.
Los pesos que suelen encontrarse en
la documentación de la época están fundamentalmente referidos a
la libra carnicera. Equivalía a 32 onzas, divididas
a su vez en cuartas.
Cabe mencionar, por último, las medidas
antropológicas de las que hay buenos ejemplos en nuestro libro.
Son medidas basadas en las distancias que median entre los miembros
del cuerpo humano; como ejemplo, del codo a la extremidad de la
mano tenemos el codo. El estado es una medida equivalente
a la estatura regular de un hombre. Asimismo, el coto que,
en su versión toledana, equivalía aproximadamente a medio palmo.
NOTA BIBLIOGRÁFICA
Para el panorama monetario esbozado
es este apéndice, véanse en especial Freixa Rabasó [1882], Mateu
y Llopis [1946], P. Vilar [1969], Gil Farrés [1976], Harden [1962],
E.J. Hamilton [1934, 1984], Ruiz Martín [1990a, 1990b,1997], Feliu
[1993], García Guerra [1993], López González [1996], Alsina, Feliu
y Marquet [1996], Serrano Mangas [1996].
Específicamente sobre el Quijote
versan Mateu y Llopis [1949] y Harden [1962].
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