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15. Anacolutos.
Los comentaristas decimonónicos se dedicaron a recolectar anacolutos
(inconsecuencias o cambios bruscos de construcción sintáctica) en
el texto cervantino, con un celo digno de mejor causa. Los anacolutos
deben considerarse desde otras perspectivas: a) No son algo
exclusivo de Cervantes; aparecen más o menos intensamente en muchos
prosistas ilustres del Siglo de Oro (Santa Teresa, Mateo Alemán,
Pérez de Hita, etc.). b) Es probable que algunos deban atribuirse
a un pasaje estropeado por los editores, como hemos indicado para
las concordancias que nos chocan. Otros párrafos del Quijote
pueden tener una sintaxis extraña sencillamente por culpa de las
erratas, pero quizá no es esta la única explicación del fenómeno
que comentamos. c) Debe pensarse, también, que los anacolutos
obedecen a veces a una organización sintáctica diferente de la actual.
Esquematizamos los principales tipos de anacolutos que aparecen
en el Quijote, porque es probable que no sirvan para todos
las mismas justificaciones. En los primeros que presentamos, verdaderamente
encontramos una dislocación sintáctica con la cual el autor focaliza
o pone de relieve un elemento que aparece después en la frase. Este
procedimiento es muy frecuente en el habla coloquial y se utiliza
también mucho por los autores para convencernos de que lo que han
escrito es un coloquio auténtico. También Cervantes a menudo utilizó
el mismo procedimiento para convencernos de que leíamos la transcripción
de un coloquio. Cuando el anacoluto aparece en boca del narrador,
debe también ser examinado con cuidado, porque en español no escasean algunas construcciones que obedecen a parecidos impulsos lingüísticos,
como señalan algunos gramáticos actuales: «El vestido de Ana, seguro
que estaba mona con él». Los anacolutos que cambian más radicalmente
la orientación sintáctica de una frase pueden deberse tanto a la
tradición retórica clásica como a la torpeza de los editores.
15.1. Encabeza la frase un sustantivo
o un pronombre con apariencia de ser el sujeto, pero, a medida que
se desarrolla la frase, comprendemos que el sustantivo inicial,
o el pronombre, debe funcionar como complemento directo de la frase
para que tenga sentido lo que leemos: «La cual [Marcela], fuera
de ser cruel, y un poco arrogante y un mucho desdeñosa, la mesma
envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna»; «El sabio a cuyo
cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas le habrá
parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo»; «Algunos
huéspedes que aquí la han leído, les ha contentado mucho»; «Quien
lo contrario dijere, le haré yo conocer que miente»; «El ventero,
que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus locuras
como su liberalidad». Puede creerse que todos estos anacolutos desaparecen
si consideramos que los posibles sujetos son complementos directos
sin la preposición a, como podía suceder en el Siglo de Oro.
En ocasiones, puede pensarse que la a está embebida («a algunos»,
algunos). Por fin, como se ve en los refranes («quien
a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija»), puede pensarse
en un relativo referido a persona, sin a, en función de complemento
directo.
15.2. En otras ocasiones, el sujeto
aparente inicial no funciona como complemento directo de la oración,
sino que se conecta con ella a través de la referencia de un posesivo:
«Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre peras podremos
escoger sus nombres» (compárese: «tantos maestros, tantos presentados
y tantos teólogos, en quien vuestra merced pudiera escoger como
entre peras»).
15.3. Hay veces en las que el candidato
a sujeto («el cual») se relaciona con su posible oración
lejanamente por medio de referencias pronominales entre otras palabras
( «dél»/«castillo»). En este caso, el anacoluto es muy abrupto:
«dio orden a todos sus criados del modo que habían de tratar a don
Quijote, el cual, como llegó con la Duquesa a las puertas del castillo,
al instante salieron dél dos lacayos».
15.4. Suelen enumerarse otros anacolutos,
difíciles de individualizar, que se relacionan en general con las
siguientes cuestiones: repetición de conjunciones (que,
y), repetición de diversas palabras o fragmentos de frase, construcciones
extrañas, etc. En general, cada caso exige una explicación distinta.
Es probable que algunas repeticiones se deban a fragmentos deturpados.
En otros casos, son retóricas y no deben rechazarse, por más que
nos disgusten.
16. Repetición de las conjunciones
«que»,« y», «si».
16.1. a) Algunos autores han
criticado la frecuente repetición de la conjunción que. Sin
embargo, parece que su empleo introduce claridad en las largas parrafadas,
por un lado; por otro, es un rasgo general del coloquio en español,
y así figura en el Quijote: «¿Quién duda sino que en
los venideros tiempos, cuando salga a la luz la verdadera historia
de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no
ponga...?»; «Señor caballero..., suplico a vuestra merced... que,
porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por
nosotros jamás vista ni oída... que vuestra merced sea servido
de mostrarnos algún retrato de esa señora»; «Ahora acabo de creer,
Sancho bueno, que aquel castillo o venta que es encantado
sin duda». b) Idénticas observaciones se pueden indicar para
el qué interrogativo: «me preguntó que qué buscaba».
16.2. La repetición de la conjunción
y puede obedecer a diferentes causas. En primer lugar, no
hay que olvidar las posibles erratas. En segundo lugar, se toleraba
la presencia de y en miembros oracionales mejor que en la
actualidad. En tercer lugar, en algún caso, además de servir como
copulativa tenía matices adversativos o consecutivos o servía
para puntualizar (precisamente), etc.: «y lo
primero que hizo fue limpiar unas armas»... (precisamente,
lo primero que hizo..., así, lo primero...); «Le
dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo
que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad
con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro,
la tornó a hacer de nuevo...» (la conjunción que hemos señalado
en cursiva subraya la precisión temporal «en un punto»).
16.3. También puede repetirse la conjunción
si, cuando es interrogativa indirecta, en condiciones parecidas
a que (proporciona claridad o énfasis al discurso): «Este
caballero quiere saber si ciertas cosas que le pasaron en
una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas, o verdaderas».
17. Referencias pronominales, elipsis,
zeugma. En el Quijote, como en cualquier texto del Siglo
de Oro, las elipsis (las omisiones de palabras que se entienden
por el contexto o porque otras se refieren a ellas) son frecuentes.
Era el gusto de la época. Cervantes empieza el capítulo cuarto de
la Primera parte con la expresión: «La del alba sería», donde debe
entenderse «hora», pues había acabado el capítulo anterior en «le
dejó ir a la buen hora». Naturalmente que en el discurso
los lectores podemos seguir el hilo, porque quedan múltiples índices,
generalmente pronominales, que apuntan a los elementos desaparecidos,
antes nombrados. Ejemplos: «Todas las aventuras hasta aquí
sucedidas han sido contingibles y versisímiles, pero esta [aventura]
desta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera».
Quizá actualmente no nos agradan tanto estos procedimientos, pero
no son extraños a la lengua. La extrañeza se produce porque en la
frase de muchos escritores del Siglo de Oro las referencias eran
más libres que en la actualidad. Ello dificulta a veces el entendimiento
del texto. En el Quijote descubrimos:
17.1. El excesivo alejamiento entre
un elemento de la frase y el pronombre que se refiere a él provoca
ambigüedad, cuando menos. Así, en el prólogo se habla de la «historia
de don Quijote» y bastantes líneas después de un morisco, a quien
«por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen
hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la
tradujo toda [la historia]»; «¿Quién fuera el de corazón tan duro
que con estas razones no se ablandara o, al menos, hasta
oír las que el triste y lastimado mancebo decir quería?».
17.2. No siempre alude el pronombre
al mismo significado del elemento al que se refiere: «Por no estar
mi padre en el lugar, le tuve de ponerme en el traje
que ves». En esta frase, se menciona lugar con el valor de
pueblo y luego el pronombre le alude a lugar,
en la estructura «tuve (lugar)» equivalente a tuve
ocasión; «Os ruego que escuchéis el cuento, que
no le tiene, de mis desventuras», donde cuento vale
por narración en primer lugar y luego, en «no le
tiene», se refiere a través del pronombre «le» a cantidad,
número o, incluso, quizá, «mil millones». Estas referencias,
diferentes semánticamente, pertenecen a la misma categoría gramatical,
pero también el mismo pronombre puede referirse a una forma que
encubra categorías gramaticales diferentes, como falta, por
ejemplo, que es presente del verbo faltar y un sustantivo.
18. Doble regente y un único regido.
Es frecuente en el Siglo de Oro, y en el Quijote sucede lo
mismo, que una palabra que exige una preposición determinada unida
a un complemento, se coordine con otra palabra que exige otra preposición
diferente y las dos juntas con una única preposición rijan un único
complemento. Es un procedimiento que critica la Real Academia Española,
pero muy frecuente y normal en el lenguaje hablado: «Esta raza maldita,
nacida en el mundo para escurecer y aniquilar las hazañas de los
buenos y para dar luz y levantar los fechos de los
malos» (se da luz a y se levantan los fechos: al unir las
dos construcciones, desaparece el régimen preposicional de la primera);
«¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce
palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar
las historias de los caballeros andantes?» (la norma exige: «se
pone lengua en las historias y se censuran las historias»;
al juntar ambas construcciones, desaparece el régimen de poner
lengua en); «Don Quijote defrauda ... el amparo de los
huérfanos... y otras cosas deste jaez que tocan, atañen y dependen
y son anejas a la orden de la caballería andante» (esta serie de
verbos con diferentes regímenes preposicionales no debe coordinarse;
los verbos tocar, atañer y ser anejo rigen
a, pero depender rige de).
19. Negación
19.1. Es normal que las oraciones
completivas dependientes de verbos o frases que significan temor,
duda, prohibición, negación
y similares aparezcan con no, aun en casos en los que ahora
no se utilizan. Así sucedía en la Edad Media, así sucede en muchas
lenguas y así sucede todavía en ciertas estructuras del español
(hemos perdido la esperanza de encontrar ninguna solución,
es decir, alguna solución): «Viendo Sancho que sacaba
tan malas veras... con temor de que su amo no pasase
adelante» (con
temor de que pasase); «se duda que no ha de
haber» (que ha de haber).
19.2. En la coordinación negativa
se omite la partícula ni en el primer miembro cuando el verbo
está pospuesto o lleva negación: «El necio en su casa ni en la ajena
sabe nada» (ni en su casa ni en la ajena); «Sin
ella en la tierra ni en el cielo» (ni en la tierra ni en el
cielo).
19.3. Aparecen también no (tampoco)
y, junto o separado, nonada (nada): «También
los cautivos del rey que son de rescate no salen al trabajo»;
«Debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada
apasionados».
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