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INTRODUCCIÓN
Al leer el texto del Quijote,
nos llama especialmente la atención un conjunto de palabras y frases
que comprendemos, pero que no se ajustan a nuestros hábitos lingüísticos
actuales, bien por su forma gramatical, bien por su significado
o simplemente por su ortografía. También nos chocan otras palabras
y algunas frases que ya no se entienden sin una explicación particular.
No debe creerse sencillamente que todos esos rasgos sean solo propios
de Cervantes. Por ello, al menos podemos preguntarnos qué usos cervantinos
estaban en perfecta sintonía con los de la mayoría de los escritores
contemporáneos suyos; cuáles miraban más al pasado, cuáles se proyectaban
al futuro; qué otros, de entre los que asoman a su texto, están
corrompidos por impresores o correctores, cuáles corresponden realmente
a sus hábitos, sin duda relativamente heterogéneos por formación,
quizá poco académica, por vivencias variadas a lo largo del tiempo
y de la geografía; cuáles, por fin, son difíciles de explicar.
Es diáfano que Cervantes está preocupado
continuamente por la explotación estilística de la lengua. Sin embargo,
desde el punto de vista histórico, hay que advertir que la del
Quijote corresponde sustancialmente a la de la época en que
vivió su autor, la segunda mitad del siglo XVI y el principio del
siglo XVII. Por ello, en el Quijote compiten formas lingüísticas
tradicionales con otras más modernas, como en tantos textos y autores
de entonces.
En ese sentido, es fundamental advertir
que hacia 1600 eran todavía muchos los usos que oscilaban entre
distintas posibilidades: cabía decir invidia y envidia,
podimos y pudimos, trujo y trajo, recebí
y recibí, andaba una manada de jacas y andaban
una manada de jacas, y todas esas y multitud de otras vacilaciones,
algunas de las cuales iremos señalando, se sentían en general como
igualmente legítimas y se empleaban indiferentemente. Esa común
indiferenciación afectaba también, desde luego, a autores y tipógrafos,
y, así, no solo está abundantemente documentada en los autógrafos
cervantinos, sino asimismo en los correctores y cajistas de la imprenta
en que el Quijote se publicó por primera vez. Quiere ello
decir que ante varias formas que alternaban entre sí (por ejemplo,
mesmo y mismo) los impresores no se sentían obligados
a respetar la que en cada caso aparecía concretamente en el original
que tenían a la vista, ni tampoco se preocupaban de alterarla siempre
de una manera uniforme: escribían con la misma libertad e indeterminación
con la que hablaban. Difícilmente, pues, podremos estar nunca seguros
de que Cervantes puso respeto y no respecto, el
color y no la color, etc., etc., en un determinado pasaje
de la novela.
Parece evidente que los rasgos más
característicos de la lengua de Cervantes deben atribuirse no tanto
a una gramática o a un léxico específico cuanto a la recreación
literaria y retórica de los materiales lingüísticos que manejaba.
Pero ahora, para facilitar la lectura, nos limitaremos a esquematizar
los rasgos del Quijote que más pueden sorprender a un lector
actual.
I. ORTOGRAFÍA
1. Como en los demás textos de los
siglos XVI y XVII, abundan las divergencias con la manera actual
de escribir y, probablemente en muchos casos, de pronunciar. Es
muy frecuente que en todos los escritos aparezcan palabras distintas
de la norma actual en las vocales inacentuadas. No debe pensarse
que se trata de vulgarismos. Sencillamente, es una característica
de la lengua clásica, que todavía no se había normalizado en este
aspecto. Hasta finales del siglo XVIII no se decide la norma escrita
por una de las formas que se pronunciaban. Actualmente las formas
que no son normativas nos producen la sensación de vulgarismo o
rusticidad, pero no sucedía eso en el Siglo de Oro. Entonces las
formas que hoy no se admiten como cultas alternaban con las que
se han impuesto.
La razón es que las vocales inacentuadas
se articulaban ya en latín con menor intensidad que las acentuadas
y confundían su timbre en diverso grado. Por eso, en algunas lenguas
románicas las vocales inacentuadas se confunden a menudo en el mismo
sonido (e en francés) o confluyen en varios (en catalán oriental
las vocales o, u inacentuadas se confunden en u
y la vocal media a y la palatal e se confunden
en una e neutra). En algunos dialectos del español y en el
español vulgar también las vocales inacentuadas tienden a confundirse
por diferentes causas, que no pueden detallarse aquí (ancina/encina,
siñor/señor, bueno/buenu). No es de extrañar que aparezcan todavía
en el Quijote formas como cerimonia/ceremonia, escrebir/escribir,
invidia/envidia, monesterio/monasterio, lición/leción, etc.
Por las mismas razones, algunas palabras presentan también una vacilación
en la vocal acentuada que procede del resultado de un hiato. Son
formas que vacilan ya desde la Edad Media entre mantener el hiato
o decidirse por una u otra vocal. Así sucede con mesmo/mismo
(en la Edad Media, meismo, a veces), todavía hoy en la lengua
popular mesmo; maese mantiene el hiato, normal en
el caso de que se encuentre la vocal a en el grupo, frente
a la reducción, más rara en esta ocasión, mase.
2. En algunas palabras se conserva
una -e final, normalmente por tratarse de términos cultos
o por arcaísmo literario (son frecuentes en los textos jurídicos
o poéticos del Siglo de Oro): «Cide Hamete»/Cid, interese/interés
(alternancia normal en este cultismo), felice/infelice,
frade (arcaísmo-dialectalismo usado para caracterizar un uso
del oriente peninsular), val («val de las estacas»)
en vez de valle es también un arcaísmo, porque el singular
de esta palabra se rehízo sobre el plural, como el de cael (valles/valle,
calles/calle).
3. En muchas palabras con grupos de
consonantes interiores se habían producido modificaciones en esos
grupos en la etapa que va desde el latín hasta el español medieval.
Sin embargo, muchas otras que entran en el español a finales de
la Edad Media conservan el grupo de consonantes latino. Se planteó
entonces el problema de cómo adaptar los grupos de las nuevas voces
al español. En algunos casos incluso se encuentran dobles formas:
una tradicional, con una consonante resultado del antiguo grupo
(en el que normalmente había una c) y otra culta, más moderna,
con un grupo de dos o de tres consonantes o simplemente con una
consonante diferente de la que había producido el grupo en la Edad
Media. Así, por ejemplo, el latín octuber evolucionó en la
Edad Media a ochubre, pero también mantenía la solución culta
octubre, que es la que ha triunfado, y la solución otuber,
que se ha perdido, como otras formas en el Siglo de Oro. Probablemente
durante todo el Siglo de Oro la pronunciación vacilaba en muchos
casos entre diferentes posibilidades y quizá también lo hiciera
la ortografía.
Algo parecido sucede hoy: la Real
Academia Española permite escribir septiembre o setiembre,
pero muchos hablantes siempre pronuncian setiembre, algunos
pocos solo septiembre, y muchos otros, setiembre o
septiembre, según hablen en situaciones coloquiales normales
o en momentos enfáticos (discursos, clases públicas, etc.). La Academia
regularizó en el siglo XVIII la ortografía y se decidió la mayor
parte de las veces por los grupos de dos consonantes: doctor,
lector, rector, ignominia. En el Quijote se
pueden encontrar, sin embargo, ejemplos que demuestran cómo varias
normas todavía luchaban con fuerza por imponerse en la lengua: aceptar/acetar,
efeto/efecto, aspeto/aspecto, asumpto/asunto, excepto/eceto;
letor/lector, repto/reto. En cambio: autores,
concetos, dieta, carreta, corretor,
escritor, escueto, respeto, sujeto.
Pero acto, afectación, docto, doctrina,
electo, efecto, octava, pacto, perfecta,
plectro, práctica, traductores, otubre,
afición.
En el mismo caso se encuentran las
palabras con grupos cultos en los que aparece una n o una
m (una nasal). Las reducciones populares compiten con el
mantenimiento del grupo -mn- o -gn- o de otros grupos
como -mpt- o -nst-: coluna, digno/dino,
indigno, maligno y malino; solene, solenizar,
significar, instante, prompta, asumpto,
etc.
En otros casos también se mantienen
las características latinas de las palabras cultas, como la x
(que se pronunciaba como ks), en competencia con la reducción
a s: excelente, examen. El mantenimiento del
hiato de vocales iguales, al menos en la escritura, en palabras
como comprehender, reprehender es un rasgo culto.
Es probable que se trate de una manera de escribir que no refleja
la pronunciación (existen formas como comprender, reprender).
Lo mismo sucede con el mantenimiento de la b que cerraba
una sílaba vocálica y era seguida de otra consonante. También es
un cultismo latino proprio (que mantiene el consonantismo
y el vocalismo latino).
Otros casos en los que aparece una
ortografía diferente para un mismo sonido es el de las consonantes
intervocálicas latinas -c + e, i- o -sc
+ e, i-. El resultado en español medieval se pronunciaba
igual, se escribiera con -c- o con -sc-, un sonido
antecesor de nuestra actual [s^]. Sin embargo, entraron
otras palabras cultas desde el latín con -sc + e,
i-. Es probable que algunas, por la influencia de la letra,
se pronunciaran con sz. Esto explica que en un momento en
el que la ortografía empieza a regularizarse, compitan soluciones
populares tradicionales regulares como trecientos y docientos
con las nuevas falsas regularizaciones, que triunfaron en algunos
casos (doscientos, trescientos). Por eso, puede entenderse
también que se mantengan grafías populares en cultismos como decender
o diciplina en los que después se restablecerá la grafía
culta sc. Las posibles explicaciones de muchas pequeñas divergencias
siempre giran en torno a la aceptación de soluciones cultas (a veces
fetichistamente guiadas por la ortografía) o al mantenimiento de
los esquemas tradicionales, cultos o populares.
II. MORFOLOGÍA
En el Quijote, como en la mayor
parte de los otros textos contemporáneos suyos, se documentan rasgos
frecuentes de la lengua del Siglo de Oro que han desaparecido después
y, también, se leen algunos arcaísmos a punto de desaparecer. Hay
que tener en cuenta que hoy se conservan algunas formas gramaticales
de aquella norma tradicional en zonas marginales del castellano
(áreas geográficas del leonés o aragonés), o en capas populares,
y que algunos elementos normales en el Siglo de Oro pueden parecernos
hoy dialectales o vulgares o arcaicos, pero entonces no indicaban
necesariamente ninguna de estas características; formaban parte
de las varias tendencias que luchaban por configurar una norma,
diferente de la actual, es cierto, y más débil, en cuanto que disponía
de menos medios de coacción, pero nada más.
4. Género de los sustantivos.
En un esquema parecido al actual hay que notar:
4.1. En los sustantivos referidos
a cosas el género es una concordancia arbitraria, que depende del
género que tenía en latín la palabra de donde proceden o de la terminación.
Por ello, la norma clásica era a veces diferente de la actual o,
por ello mismo, en otras lenguas románicas los mismos sustantivos
derivados del latín tienen diferente género que en español: a)
sustantivos con las concordancias femeninas que tenían en latín:
costumbre, estambre, lumbre, mansedumbre,
pesadumbre, vislumbre, fraude, puente,
reuma; además es femenino azumbre (arabismo que ya admitía
concordancias masculinas y femeninas en la Edad Media, como hoy,
aunque según la Real Academia se usa más como femenino; admiten
hoy también doble concordancia estambre, reuma y puente,
aunque se usan más con las masculinas; fraude sólo admite
concordancias masculinas).
b) Sustantivos de origen culto
que conservan las concordancias masculinas, al contrario de lo que
sucede en la actualidad: hipérboles, tribus, frasis.
c) Sustantivos que admiten concordancias masculinas o femeninas:
fin, pero casi siempre la fin del mundo; color,
dote, mar (todavía hoy se acepta la doble concordancia
para este último).
4.2. En algunos sustantivos que se refieren a personas predominan
todavía al contrario de lo que sucede en la actualidad
las concordancias femeninas impuestas por la etimología o por la
terminación: camarada, centinela, fantasma,
guarda, guía. Admite concordancias masculinas o femeninas
espía. |