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¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar
esperando ahora, lector ilustre o quier plebeyo [1], este prólogo, creyendo hallar en él
venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel
que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona [2]! Pues en verdad que no te he de dar [*] este contento, que, puesto
que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de
padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno [3], del mentecato y del atrevido, pero no me
pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya [4]. Lo que no he podido dejar de sentir es
que me note de viejo y de manco [5], como
si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi
manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino [*][6] en la más alta ocasión que vieron los
siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros [7]. Si mis heridas no resplandecen en los
ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde
se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga [8], y es esto en mí de manera, que si ahora
me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella
facción prodigiosa [9] que sano ahora de
mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los
pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la
justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el
entendimiento, el cual suele mejorarse con los años. |
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He sentido también que me llame invidioso y que como a ignorante me describa qué cosa
sea la invidia [10]; que, en realidad de
verdad, de dos que hay [11], yo no
conozco sino a la santa, a la noble y bienintencionada. Y siendo esto así, como lo es, no
tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del
Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo,
que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa [12]. Pero en efecto le agradezco a este
señor autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son
buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo [13].Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los
términos de mi modestia, sabiendo que no se ha de añadir [*] aflición al
afligido [14] y que la que debe de tener
este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro [15], encubriendo su nombre, fingiendo su
patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si por ventura llegares a
conocerle [16], dile de mi parte que no
me tengo por agraviado, que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las
mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro
con que gane tanta fama como dineros y tantos dineros cuanta fama; y para confirmación
desto, quiero que en tu [*]
buen donaire y gracia le cuentes este cuento:
Había en Sevilla un loco que dio en el más
gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo [17], y fue que hizo un cañuto de caña
puntiagudo en el fin [18], y en cogiendo
algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le cogía el suyo, y
el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte
que, soplándole, le ponía redondo como una pelota; y en teniéndolo desta suerte, le
daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre
eran muchos: «¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un
perro?». ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro [19]?
Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector
amigo, este, que también es de loco y de perro: |
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Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un
pedazo de losa de mármol o un canto no muy liviano, y en topando algún perro descuidado,
se le ponía junto y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro y, dando
ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que
descargó la carga fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó
el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiólo su amo,
asió de una vara de medir y salió al loco [20]
y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía: «Perro ladrón, ¿a mi podenco
[21]? ¿No viste, cruel, que era podenco
mi perro?». Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho [*] una alheña [22]. Escarmentó el loco y retiróse, y en
más de un mes no salió a la plaza [23];
al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde
estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a
descargar la piedra, decía: «Este es podenco: ¡guarda [24]!». En efeto [*], todos cuantos perros
topaba, aunque fuesen alanos o gozques [25],
decía que eran podencos, y, así, no soltó más el canto. Quizá de esta suerte le
podrá acontecer a este historiador, que no se atreverá a soltar más la presa de su
ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que las peñas.Dile también que de la amenaza que me hace que me ha de
quitar la ganancia con su libro [26], no
se me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso de La perendenga, le
respondo que me viva el veinte y cuatro mi señor [27], y Cristo con todos [28]. Viva el gran conde de Lemos [29], cuya cristiandad y liberalidad, bien
conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame la suma
caridad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas [30], y siquiera no haya emprentas en el
mundo [31], y siquiera se impriman contra
mí más libros que tienen [*]
letras las coplas de Mingo Revulgo [32].
Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía ni otro género de aplauso, por
sola su bondad, han tomado a su cargo el hacerme merced y favorecerme, en lo que me tengo
por más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en
su cumbre. La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar
a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí,
aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de
los altos y nobles espíritus, y, por el consiguiente, favorecida.
Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a
ti, sino advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te
ofrezco es cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te
doy a don Quijote dilatado, y finalmente muerto y sepultado [33], porque ninguno se atreva a levantarle
nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta también que un hombre honrado haya
dado noticia destas discretas locuras, sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la
abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía [34], aun de las malas, se estima en algo.
Olvidábaseme [*] de
decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea
[35].
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