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Así debe de ser respondió
Altisidora, mas hay otra cosa que también me admira, quiero decir, me admiró
entonces, y fue que al primer voleo [23]
no quedaba pelota en pie ni de provecho para servir otra vez, y así menudeaban libros
nuevos y viejos, que era una maravilla. A uno dellos, nuevo, flamante y bien encuadernado,
le dieron un papirotazo [24], que le
sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: «Mirad qué libro
es ese». Y el diablo le respondió: «Esta es la Segunda parte de la historia de don
Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un
aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas». «Quitádmele de ahí
respondió el otro diablo y metedle en los abismos del infierno, no le vean
más mis ojos.» «¿Tan malo es? respondió el otro.» «Tan malo replicó el
primero, que si de propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara.»
Prosiguieron su juego, peloteando otros libros, y yo, por haber oído nombrar a don
Quijote, a quien tanto adamo y quiero, procuré que se me quedase en la memoria esta
visión.
Visión debió de ser, sin
duda dijo don Quijote, porque no hay otro yo en el mundo, y ya esa historia
anda por acá de mano en mano, pero no para en ninguna, porque todos la dan del pie [25]. Yo no me he alterado en oír que ando
como cuerpo fantástico por las tinieblas del abismo [26], ni por la claridad de la tierra, porque
no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere buena, fiel y verdadera, tendrá
siglos de vida; pero si fuere mala, de su parto a la sepultura no será muy largo el
camino.
Iba Altisidora a proseguir en
quejarse de don Quijote, cuando le dijo don Quijote:
Muchas veces os he dicho,
señora, que a mí me pesa de que hayáis colocado en mí vuestros pensamientos, pues de
los míos antes pueden ser agradecidos que remediados: yo nací para ser de Dulcinea del
Toboso, y los hados (si los hubiera) me dedicaron para ella, y pensar que otra alguna
hermosura ha de ocupar el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente
desengaño es este para que os retiréis en los límites de vuestra honestidad, pues nadie
se puede obligar a lo imposible. |
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Oyendo lo cual Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo:
¡Vive el señor don [*] bacallao, alma de
almirez, cuesco de dátil [27], más
terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito [28], que si arremeto a vos, que os tengo de
sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don vencido y don molido a palos, que yo me he
muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido, que no soy yo mujer
que por semejantes camellos [29] había
de dejar que me doliese un negro de la uña, cuanto más morirme.
Eso creo yo muy bien
dijo Sancho, que esto del morirse los enamorados es cosa de risa: bien lo
pueden ellos decir, pero hacer, créalo Judas [30].
Estando en estas pláticas, entró
el músico, cantor y poeta que había cantado las dos ya referidas estancias, el cual,
haciendo una gran reverencia a don Quijote, dijo:
Vuestra merced, señor
caballero, me cuente y tenga en el número de sus mayores servidores, porque ha muchos
días que le soy muy aficionado, así por su fama como por sus hazañas.
Don Quijote le respondió:
Vuestra merced me diga quién
es, porque mi cortesía responda a sus merecimientos.
El mozo respondió que era el
músico y panegírico de la noche antes [31].
Por cierto replicó don
Quijote que vuestra merced tiene estremada voz, pero lo que cantó no me parece que
fue muy a propósito, porque ¿qué tienen que ver las estancias de Garcilaso con la
muerte desta señora? |
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No se maraville vuestra merced deso respondió el músico, que ya entre
los intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como quisiere [32] y hurte de quien quisiere [33], venga o no venga a pelo de su intento,
y ya no hay necedad [*]
que canten o escriban que no se atribuya a licencia poética.Responder quisiera don Quijote, pero estorbáronlo el
duque y la duquesa, que entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce
plática, en la cual dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de nuevo
admirados a los duques, así con su simplicidad como con su agudeza. Don Quijote les
suplicó le diesen licencia para partirse aquel mismo día, pues a los vencidos
caballeros, como él, más les convenía [*] habitar una zahúrda
que no reales palacios [34]. Diéronsela
de muy buena gana, y la duquesa le preguntó si quedaba en su gracia Altisidora. Él le
respondió:
Señora mía, sepa vuestra
señoría que todo el mal desta doncella nace de ociosidad [35], cuyo remedio es la ocupación honesta y
continua [36]. Ella me ha dicho aquí que
se usan randas en el infierno, y pues ella las debe de saber hacer, no las deje de la
mano, que ocupada en menear los palillos no se menearán [*] en su imaginación la
imagen o imágines de lo que bien quiere; y esta es la verdad, este mi parecer y este es
mi consejo.
Y el mío añadió
Sancho, pues no he visto en toda mi vida randera que por amor se haya muerto, que
las doncellas ocupadas más ponen sus pensamientos en acabar sus tareas que en pensar en
sus amores. Por mí lo digo, pues mientras estoy cavando no me acuerdo de mi oíslo [37], digo, de mi Teresa Panza, a quien
quiero más que a las pestañas [*] de mis ojos.
Vos decís muy bien, Sancho
dijo la duquesa, y yo haré que mi Altisidora se ocupe de aquí adelante en
hacer alguna labor blanca, que la sabe hacer por estremo. |
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No hay para qué, señora respondió Altisidora, usar dese remedio, pues
la consideración de las crueldades que conmigo ha usado este malandrín mostrenco me le
borrarán de la memoria sin otro artificio alguno; y con licencia de vuestra grandeza me
quiero quitar de aquí, por no ver delante de mis ojos ya no su triste figura, sino su fea
y abominable catadura.
Eso me parece dijo el
duque a lo que suele decirse:
Porque aquel que dice injurias,
cerca está de perdonar [38].
Hizo Altisidora muestra de limpiarse
las lágrimas con un pañuelo y, haciendo reverencia a sus señores, se salió del
aposento.
Mándote yo [39] dijo Sancho, pobre doncella,
mándote, digo, mala ventura, pues las has habido con una alma de esparto y con un
corazón de encina. ¡A fee que si las hubieras conmigo, que otro gallo te cantara [40]!
Acabóse la plática, vistióse don Quijote,
comió con los duques y partióse aquella tarde.
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