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De
la cerdosa aventura que le aconteció [*] a don Quijote [1]
Era la noche algo escura, puesto que la luna
estaba en el cielo [2], pero no en parte
que pudiese ser vista, que tal vez la señora Diana se va a pasear a los antípodas [3] y deja los montes negros y los valles
escuros. Cumplió don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar
al segundo, bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño
desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados
[4]. Los de don Quijote le desvelaron de
manera que despertó a Sancho y le dijo:
Maravillado estoy, Sancho, de la libertad
de tu condición: yo imagino que eres hecho de mármol o de duro bronce, en quien no cabe
movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas [*], yo me desmayo de ayuno
cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto. De buenos criados es conllevar las
penas de sus señores y sentir sus sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la
serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna
vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí,
y con buen ánimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos azotes a buena
cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te lo suplico, que no quiero
venir contigo a los brazos como la otra vez [5],
porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas dado, pasaremos lo que resta de
la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu firmeza, dando desde agora principio al
ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.
Señor respondió Sancho, no
soy yo religioso para que desde la mitad de mi sueño me levante y me dicipline, ni menos
me parece [*] que del
estremo del dolor de los azotes se pueda pasar al de la música [6]. Vuesa merced me deje dormir y no me
apriete en lo del azotarme, que me hará hacer juramento de no tocarme jamás al pelo del
sayo, no que al de mis carnes [7].
¡Oh alma endurecida [*]! ¡Oh escudero sin
piedad! ¡Oh pan mal empleado [8] y
mercedes mal consideradas las que te he hecho [*] y pienso de hacerte! Por
mí te has visto gobernador y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser conde o
tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto
tarde en pasar este año [9], que yo
«post tenebras spero lucem [10]». |
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No entiendo eso replicó Sancho: solo entiendo que en tanto que duermo
ni tengo temor ni esperanza, ni trabajo ni gloria [11]; y bien haya el que inventó el sueño,
capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que
ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor y, finalmente,
moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con
el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído
decir, y es que se parece a la muerte [12],
pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.Nunca te he oído hablar, Sancho dijo don
Quijote, tan elegantemente como ahora; por donde vengo a conocer ser verdad el
refrán que tú algunas veces sueles decir: «No con quien naces, sino con quien paces [13]».
¡Ah, pesia [*] tal replicó
Sancho, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que ensarta refranes, que también a
vuestra merced se le caen de la boca de dos en dos mejor que a mí, sino que debe de haber
entre los míos y los suyos esta diferencia, que los de vuestra merced vendrán a tiempo y
los míos a deshora; pero, en efecto, todos son refranes.
En esto estaban, cuando sintieron un sordo
estruendo y un áspero ruido, que por todos aquellos valles se estendía. Levantóse en
pie don Quijote y puso mano a la espada, y Sancho se agazapó debajo del rucio,
poniéndose a los lados el lío de las armas y la albarda de su jumento, tan temblando de
miedo como alborotado don Quijote. De punto en punto iba creciendo el ruido y llegándose
cerca a los dos temerosos: a lo menos, al uno, que al otro ya se sabe su valentía.
Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a
vender a una feria más de seiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas,
y era tanto el ruido que llevaban, y el gruñir y el bufar, que ensordecieron los oídos
de don Quijote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser podía. Llegó de tropel la
estendida y gruñidora piara [14], y sin
tener respeto a la autoridad de don Quijote, ni a la de Sancho, pasaron por cima de los
dos, deshaciendo las trincheas de Sancho [15]
y derribando no solo a don Quijote, sino llevando por añadidura a Rocinante. El tropel,
el gruñir, la presteza con que llegaron los animales inmundos, puso en confusión y por
el suelo a la albarda, a las armas, al rucio, a Rocinante, a Sancho y a don Quijote. |
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Levantóse Sancho como mejor pudo y pidió a su amo la espada [16], diciéndole que quería matar media
docena de aquellos señores y descomedidos puercos, que ya había conocido que lo eran.
Don Quijote le dijo:Déjalos estar,
amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que a un
caballero andante vencido le coman adivas [17]
y le piquen avispas y le hollen puercos [18].
También debe de ser castigo del cielo
respondió Sancho que a los escuderos de los caballeros vencidos los puncen
moscas, los coman piojos y les embista [*] la hambre. Si los
escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quien servimos, o parientes suyos muy
cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta
generación [19]; pero ¿qué tienen que
ver los Panzas con los Quijotes? Ahora bien, tornémonos a acomodar y durmamos lo poco que
queda de la noche, y amanecerá Dios y medraremos [20].
Duerme tú, Sancho respondió don
Quijote, que naciste para dormir; que yo, que nací [*] para velar, en el
tiempo que falta de aquí al día daré rienda a mis pensamientos y los desfogaré en un
madrigalete que, sin que tú lo sepas, anoche compuse en la memoria [21].
A mí me parece respondió
Sancho que los pensamientos que dan [*] lugar a hacer coplas no
deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere, que yo dormiré cuanto pudiere.
Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se
acurrucó y durmió a sueño suelto, sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo
estorbase. Don Quijote, arrimado a un tronco de una haya, o de un alcornoque (que Cide
Hamete Benengeli no distingue el árbol que era [22]), al son de sus mesmos suspiros [*] cantó de esta suerte:
Amor, cuando yo pienso
en el mal que me das terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando así acabar mi mal inmenso;
mas en llegando al paso
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegría siento,
que la vida se esfuerza, y no le paso.
Así el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida [23].
¡Oh condición no oída
la que conmigo muerte y vida trata!
Cada verso destos acompañaba con muchos suspiros
y no pocas lágrimas, bien como aquel cuyo corazón tenía [*] traspasado con el dolor del
vencimiento y con la ausencia de Dulcinea. |
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Llegóse en esto el día, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho, despertó y
esperezóse, sacudiéndose y estirándose los perezosos miembros; miró el destrozo que
habían hecho los puercos en su repostería y maldijo la piara, y aun más adelante [24]. Finalmente, volvieron los dos a su
comenzado camino y al declinar de la tarde vieron que hacia ellos venían hasta diez
hombres [*] de a
caballo y cuatro o cinco de a pie. Sobresaltóse el corazón de don Quijote y azoróse el
de Sancho, porque la gente que se les llegaba traía lanzas y adargas y venía muy a punto
de guerra [25]. Volvióse don Quijote a
Sancho y díjole:Si yo pudiera,
Sancho, ejercitar mis armas y mi promesa no me hubiera atado los brazos, esta máquina que
sobre nosotros viene la tuviera yo por tortas y pan pintado [26]; pero podría ser fuese otra cosa de la
que tememos.
Llegaron en esto los de a caballo y, arbolando
las lanzas [27], sin hablar palabra
alguna rodearon a don Quijote y se las pusieron a las espaldas y pechos, amenazándole de
muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en la boca en señal de que callase, asió del
freno de Rocinante y le sacó del camino, y los demás de a pie, antecogiendo a Sancho y
al rucio, guardando todos maravilloso silencio, siguieron los pasos del que llevaba a don
Quijote, el cual dos o tres veces quiso preguntar adónde le llevaban o qué querían,
pero apenas comenzaba a mover los labios, cuando se los iban a cerrar con los hierros [*] de las lanzas; y a
Sancho le acontecía lo mismo, porque apenas daba muestras de hablar, cuando uno de los de
a pie con un aguijón le punzaba, y al rucio ni más ni menos, como si hablar quisiera.
Cerró la noche, apresuraron el paso, creció en los dos presos el miedo, y más cuando
oyeron que de cuando en cuando les decían:
¡Caminad, trogloditas [28]!
¡Callad, bárbaros!
¡Pagad, antropofagos [29]! |
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¡No os quejéis, scitas [*][30], ni abráis los ojos, Polifemos
matadores [31], leones [*] carniceros [32]! Y otros nombres semejantes a estos, con que atormentaban los oídos de los
miserables amo y mozo. Sancho iba diciendo entre sí: «¿Nosotros tortolitas [*]? ¿Nosotros
barberos ni [*]
estropajos? ¿Nosotros perritas, a quien dicen cita, cita [33]? No me contentan nada estos nombres: a
mal viento va esta parva [34]; todo el
mal nos viene junto, como al perro los palos [35],
¡y ojalá parase en ellos lo que amenaza esta aventura tan desventurada!».
Iba don Quijote embelesado [36], sin poder atinar con cuantos discursos
hacía qué serían aquellos nombres llenos de vituperios que les ponían, de los cuales
sacaba en limpio no esperar ningún bien y temer mucho mal. Llegaron en esto, un hora casi
de la noche, a un castillo que bien conoció don Quijote que era el del duque, donde
había poco que habían estado.
¡Válame [*] Dios! dijo así como
conoció la estancia, ¿y qué será esto? Sí, que en esta casa todo es cortesía y
buen comedimiento; pero para los vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.
Entraron al patio principal del castillo y
viéronle aderezado y puesto de manera que les acrecentó la admiración y les dobló el
miedo, como se verá en el siguiente capítulo.
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