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Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchare leer
[1]
Al salir de Barcelona, volvió don
Quijote a mirar el sitio donde había caído y dijo [*]:
¡Aquí fue Troya [2]! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía,
se llevó mis alcanzadas glorias, aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y
revueltas, aquí se escurecieron mis hazañas, aquí finalmente cayó mi ventura para
jamás levantarse!
Oyendo lo cual Sancho, dijo:
Tan de valientes corazones es,
señor mío, tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades [3]; y esto lo juzgo por mí mismo, que si
cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a pie no estoy triste,
porque he oído decir que esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha y
antojadiza, y sobre todo ciega [4], y,
así, no vee lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza.
Muy filósofo [*] estás, Sancho
respondió don Quijote, muy a lo discreto hablas. No sé quién te lo enseña
[5]. Lo que te sé decir es que no hay
fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen
acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele
decirse: que cada uno es artífice de su ventura [6]. Yo lo he sido de la mía, pero no con la
prudencia necesaria, y, así, me han [*] salido al gallarín mis
presunciones [7], pues debiera pensar que
al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de
Rocinante [8]. Atrevíme, en fin; hice lo
que pude, derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder la virtud de
cumplir mi palabra. Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y con
mis manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero pedestre [*][9], acreditaré mis palabras cumpliendo la
que di de mi promesa [10]. Camina, pues,
amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el año del noviciado [11], con cuyo encerramiento cobraremos
virtud nueva para volver al nunca de mí olvidado ejercicio de las armas. |
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Señor respondió Sancho, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que
me mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de algún árbol,
en lugar de un ahorcado [12], y ocupando
yo las espaldas del rucio, levantados los pies del suelo, haremos las jornadas como
vuestra merced las pidiere y midiere, que pensar que tengo de caminar a pie y hacerlas
grandes es pensar en lo escusado.Bien has dicho, Sancho respondió don Quijote: cuélguense mis
armas por trofeo [13], y al pie dellas o
alrededor dellas grabaremos en los árboles lo que en el trofeo de las armas de Roldán
estaba escrito:
Nadie las mueva [*]
que estar no pueda
con Roldán a prueba [14].
Todo eso me parece de perlas
respondió Sancho, y si no fuera por la falta que para el camino nos había de
hacer Rocinante, también fuera bien dejarle colgado.
¡Pues ni él ni las armas
replicó don Quijote quiero que se ahorquen, porque no se diga que a buen
servicio, mal galardón [15]!
Muy bien dice vuestra merced
respondió Sancho, porque, según [*] opinión de discretos, la
culpa del asno no se ha de echar a la albarda [16]; y pues deste suceso vuestra merced
tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten sus iras por las ya rotas y
sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinante, ni por la blandura de mis pies,
queriendo que caminen más de lo justo.
En estas razones y pláticas se les
pasó todo aquel día, y aun otros cuatro, sin sucederles cosa que estorbase su camino; y
al quinto día, a la entrada de un lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente
que por ser fiesta se estaba allí solazando [17].
Cuando llegaba a ellos don Quijote, un labrador alzó la voz diciendo:
Alguno destos dos señores que
aquí vienen, que no conocen las partes, dirá lo que se ha de hacer en nuestra apuesta. |
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Sí diré, por cierto respondió don Quijote, con toda rectitud, si es
que alcanzo [*] a
entenderla.
Es, pues, el caso dijo
el labrador, señor bueno [18], que
un vecino deste lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino
que no pesa más que cinco. Fue la condición que habían de correr una carrera de cien
pasos con pesos iguales; y habiéndole preguntado al desafiador cómo se había de igualar
el peso, dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a
cuestas, y así se igualarían las once arrobas del flaco con las once del gordo.
Eso no dijo a esta
sazón Sancho, antes que don Quijote respondiese, y a mí, que ha pocos días que
salí de ser gobernador y juez, como todo el mundo sabe, toca averiguar estas dudas y dar
parecer en todo pleito.
Responde en buen hora
dijo don Quijote, Sancho amigo, que yo no estoy para dar migas a un gato [19], según traigo alborotado y trastornado
el juicio.
Con esta licencia, dijo Sancho a los
labradores, que estaban muchos alrededor dél la boca abierta, esperando la sentencia de
la suya:
Hermanos, lo que el gordo pide
no lleva camino ni tiene sombra de justicia alguna. Porque si es verdad lo que se dice,
que el desafiado puede escoger las armas, no es bien que este las escoja [*] tales que le impidan ni
estorben el salir vencedor; y, así, es mi parecer que el gordo desafiador se escamonde [20], monde, entresaque, pula y atilde, y
saque seis arrobas de sus carnes de aquí o de allí de su cuerpo, como mejor le pareciere
y estuviere, y desta manera, quedando en cinco arrobas de peso, se igualará y ajustará
con las cinco de su contrario, y así podrán correr igualmente [21]. |
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¡Voto a tal dijo un labrador [*] que escuchó la sentencia
de Sancho que este señor ha hablado como un bendito y sentenciado como un
canónigo! Pero a buen seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus
carnes, cuanto más seis arrobas.
Lo mejor es que no corran
respondió otro, porque el flaco no se muela con el peso, ni el gordo se
descarne; y échese la mitad de la apuesta [*] en vino, y llevemos
estos señores a la taberna de lo caro, y sobre mí la capa cuando llueva [22].
Yo, señores respondió
don Quijote [*], os lo
agradezco, pero no puedo detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me
hacen parecer [*] descortés
y caminar más que de paso.
Y, así, dando de las espuelas a
Rocinante, pasó adelante, dejándolos admirados de haber visto y notado así su estraña
figura como la discreción de su criado, que por tal juzgaron a Sancho; y otro de los
labradores dijo:
Si el criado es tan discreto,
¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris
han de venir a ser alcaldes de corte [23].
Que todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos
se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o [*] con una mitra en la cabeza.
Aquella noche la pasaron amo y mozo
en mitad del campo, al cielo raso y descubierto; y otro día, siguiendo su camino, vieron
que hacia ellos venía un hombre de a pie [*], con unas alforjas al
cuello y una azcona o chuzo en la mano [24],
propio talle de correo de a pie [25]; el
cual, como llegó junto a don Quijote, adelantó el paso y medio corriendo llegó a él, y
abrazándole por el muslo derecho, que no alcanzaba a más, le dijo con muestras de mucha
alegría:
¡Oh, mi señor don Quijote de
la Mancha, y qué gran contento ha de llegar al corazón de mi señor el duque cuando sepa
que vuestra merced vuelve a su castillo, que todavía se está en él con mi señora la
duquesa! |
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No os conozco, amigo respondió don Quijote, ni sé quién sois, si vos
no me lo decís.
Yo, señor don Quijote
respondió el correo, soy Tosilos, el lacayo del duque mi señor, que no quise
pelear con vuestra merced sobre el casamiento de la hija de doña Rodríguez.
¡Válame Dios! dijo don
Quijote. ¿Es posible que sois vos el que los encantadores [*] mis enemigos
transformaron en ese lacayo que decís, por defraudarme de la honra de aquella batalla?
Calle, señor bueno
replicó el cartero, que no hubo encanto alguno, ni mudanza de rostro ninguna:
tan lacayo Tosilos entré en la estacada como Tosilos lacayo salí della [26]. Yo pensé casarme sin pelear, por
haberme parecido bien la moza; pero sucedióme al revés mi pensamiento, pues así como
vuestra merced se partió de nuestro castillo, el duque mi señor me hizo dar cien palos
por haber contravenido a las ordenanzas que me tenía dadas antes de entrar en la batalla,
y todo ha parado en que la muchacha es ya monja, y doña Rodríguez se ha vuelto a
Castilla, y yo voy ahora a Barcelona a llevar un pliego de cartas al virrey que le envía
mi amo [27]. Si vuestra merced quiere un
traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé
cuántas rajitas de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed
[28], si acaso está durmiendo.
Quiero el envite dijo
Sancho, y échese el resto de la cortesía [29], y escancie el buen Tosilos, a despecho
y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias [30]. |
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En fin dijo don Quijote, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo y
el mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es encantado, y este
Tosilos, contrahecho [31]. Quédate con
él y hártate, que yo me iré adelante poco a poco, esperándote a que vengas.Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus
rajas [32], y, sacando un panecillo, él
y Sancho se sentaron sobre la yerba verde y en buena paz compaña [*][33] despabilaron y dieron fondo con todo el
repuesto de las alforjas, con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas,
solo porque olía a queso. Dijo Tosilos a Sancho:
Sin duda este tu amo, Sancho
amigo, debe de ser un loco.
¿Cómo debe? respondió
Sancho. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura [34]. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a
él, pero ¿qué aprovecha? Y más agora que va rematado [35], porque va vencido del Caballero de la
Blanca Luna.
Rogóle Tosilos le contase lo que le había
sucedido, pero Sancho le respondió que era descortesía dejar que su amo le esperase, que
otro día, si se encontrasen, habría lugar para ello. Y levantándose, después de
haberse sacudido el sayo y las migajas de las barbas, antecogió al rucio y, diciendo «a
Dios», dejó a Tosilos y alcanzó a su [*] amo, que a la sombra de un árbol
le estaba esperando.
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