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Que trata de la aventura que más
pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido
La mujer de don Antonio Moreno
cuenta la historia que recibió [*] grandísimo
contento de ver a Ana Félix en su casa. Recibióla con mucho agrado, así enamorada de su
belleza como de su discreción, porque en lo uno y en lo otro era estremada la morisca, y
toda la gente de la ciudad, como a campana tañida [1], venían a verla.
Dijo don Quijote a don Antonio que
el parecer que habían tomado en la libertad de don Gregorio no era bueno, porque tenía
más de peligroso que de conveniente, y que sería mejor que le pusiesen a él en
Berbería con sus armas y caballo, que él le sacaría a pesar de toda la morisma, como
había hecho don Gaiferos a su esposa Melisendra [2].
Advierta vuesa merced
dijo Sancho, oyendo esto que el señor don Gaiferos sacó a su esposa de
tierra firme y la llevó a Francia por tierra firme; pero aquí, si acaso sacamos a don
Gregorio, no tenemos por dónde traerle a España, pues está la mar en medio [3].
Para todo hay remedio, si no
es para la muerte [4] respondió don
Quijote, pues llegando el barco [*] a la marina, nos
podremos embarcar en él, aunque todo el mundo lo impida.
Muy bien lo pinta y facilita
vuestra merced dijo Sancho, pero del dicho al hecho hay gran trecho, y yo me
atengo al renegado, que me parece muy hombre de bien y de muy buenas entrañas.
Don Antonio dijo que si el renegado
no saliese bien del caso, se tomaría el espediente [5] de que el gran don Quijote pasase en
Berbería.
De allí a dos días partió el
renegado en un ligero barco de seis remos por banda, armado de valentísima chusma, y de
allí a otros dos se partieron las galeras a Levante, habiendo pedido el general al
visorrey fuese servido de avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en
el caso de Ana Félix; quedó el visorrey [*] de hacerlo así como se lo
pedía. |
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Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus armas,
porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el pelear [6], y no se hallaba sin ellas un punto, vio
venir hacia él un caballero, armado asimismo de punta en blanco [7], que en el escudo traía pintada una luna
resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas voces,
encaminando sus razones a don Quijote, dijo:
Insigne caballero y jamás
como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna [8], cuyas inauditas hazañas quizá te le
habrán traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus
brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin
comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso: la cual verdad si tú la confiesas
de llano en llano [9], escusarás tu
muerte y el trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no
quiero otra satisfación sino que, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras,
te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año [10], donde has de vivir sin echar mano a la
espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu
hacienda y a la salvación de tu alma [11];
y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi cabeza y serán tuyos los despojos de
mis armas y caballo, y pasará a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está
mejor y respóndeme luego, porque hoy todo el día traigo [*] de término para despachar
este negocio [12].
Don Quijote quedó suspenso y
atónito, así de la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna como de la causa por que
le desafiaba, y con reposo y ademán severo le respondió:
Caballero de la Blanca Luna,
cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi noticia, yo osaré [*] jurar que jamás habéis
visto a la ilustre Dulcinea [*],
que, si visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda, porque
su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya
comparar se pueda; y, así, no diciéndoos que mentís, sino que no acertáis en lo
propuesto, con las condiciones que habéis referido aceto vuestro desafío, y luego [13], porque no se pase el día que traéis
determinado, y solo exceto [14] de las
condiciones la de que se pase a mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé cuáles ni
qué tales sean: con las mías me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte
del campo que quisiéredes [15], que yo
haré lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. |
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Habían descubierto de la ciudad [16] al
Caballero de la Blanca Luna y díchoselo al visorrey, y que [*] estaba hablando con
don Quijote de la Mancha. El visorrey, creyendo sería alguna nueva aventura fabricada por
don Antonio Moreno o por otro algún caballero de la ciudad, salió luego a la playa, con
don Antonio y con otros muchos caballeros que le acompañaban, a tiempo cuando don Quijote
volvía las riendas a Rocinante para tomar del campo lo necesario.Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de
volverse a encontrar [17], se puso en
medio, preguntándoles qué era la causa que les movía a hacer tan de improviso batalla.
El Caballero de la Blanca Luna respondió que era precedencia [*] de hermosura [18], y en breves razones le dijo las mismas
que había dicho a don Quijote, con la acetación de las condiciones del desafío hechas
por entrambas partes. Llegóse el visorrey a don Antonio y preguntóle paso [19] si sabía quién era el tal Caballero de
la Blanca Luna o si era alguna burla que querían hacer a don Quijote. Don Antonio le
respondió que ni sabía quién era, ni si era de burlas ni de veras el tal desafío. Esta
respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejaría o no pasar adelante en la batalla;
pero no pudiéndose persuadir a que fuese sino burla, se apartó diciendo:
Señores caballeros, si aquí
no hay otro remedio sino confesar o morir, y el señor don Quijote está en sus trece, y
vuestra merced el de la Blanca Luna en sus catorce [20], a la mano de Dios, y dense [21].
Agradeció el de la Blanca Luna con
corteses y discretas razones al visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo
lo mesmo; el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea, como tenía
de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían, tornó a tomar otro poco
más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo; y sin tocar trompeta ni otro
instrumento bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo
punto las riendas a sus caballos [22], y
como era más ligero el de [*]
la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera [23], y allí le encontró con tan poderosa
fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito) [24], que dio con Rocinante y con don Quijote
por el suelo una peligrosa caída. Fue luego sobre él y, poniéndole la lanza sobre la
visera, le dijo: |
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Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro
desafío [25].Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera,
como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
Dulcinea del Toboso es la más
hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que
mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me
has quitado la honra [26].
Eso no haré yo, por cierto
dijo el de la Blanca Luna: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura
de la señora Dulcinea del Toboso, que solo me contento con que el gran don Quijote se
retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como
concertamos antes de entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don
Antonio, con otros muchos que allí estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondió
que como no le pidiese cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría
como caballero puntual y verdadero [27].
Hecha esta confesión, volvió las
riendas el de la Blanca Luna y, haciendo mesura con la cabeza al visorrey [28], a medio galope se entró en la ciudad.
Mandó el visorrey a don Antonio que
fuese tras él y que en todas maneras supiese quién era. Levantaron a don Quijote,
descubriéronle el rostro y halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro
malparado, no se pudo mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía
qué decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que
toda aquella máquina era cosa de encantamento [29]. Veía a su señor rendido y obligado a
no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las
esperanzas de sus nuevas promesas deshechas [*], como se deshace el humo
con el viento. Temía si quedaría o no contrecho Rocinante [30], o deslocado su amo, que no fuera poca
ventura si deslocado quedara [31].
Finalmente, con una silla de manos que mandó traer el visorrey [32], le llevaron a la ciudad, y el visorrey
se volvió también a ella con deseo de saber quién fuese el Caballero de la Blanca Luna
que de tan mal talante había dejado a don Quijote [33].
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