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A lo que le respondieron:
Gobernarás en tu casa; y si
vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y dejando de servir, dejarás de ser
escudero.
¡Bueno par Dios! dijo
Sancho Panza. Esto yo me lo dijera: no dijera más el profeta Perogrullo [43].
Bestia dijo don
Quijote, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que las respuestas que esta
cabeza ha dado correspondan a lo que se le pregunta?
Sí basta respondió
Sancho, pero quisiera yo que se declarara más [44] y me dijera más.
Con esto se acabaron las preguntas y
las respuestas, pero no se acabó la admiración en que todos quedaron, excepto los dos
amigos de don Antonio que el caso sabían. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar
luego, por no tener suspenso al mundo creyendo que algún hechicero y extraordinario
misterio en la tal cabeza se encerraba, y, así, dice que don Antonio Moreno, a imitación
de otra cabeza que vio en Madrid fabricada por un estampero [45], hizo esta en su casa para entretenerse
y suspender a los ignorantes. Y la fábrica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de
palo, pintada y barnizada como jaspe, y el pie sobre que se sostenía era de lo mesmo, con
cuatro garras de águila que dél salían para mayor firmeza del peso. La cabeza, que
parecía medalla y figura de emperador romano [46], y de color de bronce, estaba toda
hueca, y ni más ni menos la tabla de la mesa, en que se encajaba tan justamente, que
ninguna señal de juntura se parecía [47].
El pie de la tabla era ansimesmo hueco, que respondía [48] a la garganta y pechos de la cabeza, y
todo esto venía a responder a otro aposento que debajo de la estancia de la cabeza
estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y pechos de la medalla y figura
referida se encaminaba un cañón de hoja de lata muy justo, que de nadie podía ser
visto. En el aposento de abajo correspondiente al de arriba se ponía [*] el que había de
responder, pegada la boca con el mesmo cañón, de modo que, a modo de cerbatana [49], iba la voz de arriba abajo y de abajo
arriba, en palabras articuladas y claras, y de esta manera no era posible conocer el
embuste. Un sobrino de don Antonio, estudiante, agudo y discreto, fue el respondiente, el
cual estando avisado de su señor tío de los que habían de entrar con él en aquel día
en el aposento de la cabeza, le fue fácil responder con presteza y puntualidad a la
primera [*] pregunta; a las
demás respondió por conjeturas, y, como discreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete
[*]: que hasta diez o doce
días duró esta maravillosa máquina [50],
pero que divulgándose por la ciudad que don Antonio tenía en su casa una cabeza
encantada, que a cuantos le preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de
las despiertas centinelas de nuestra fe [51],
habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le mandaron que lo deshiciese [*] y no pasase más
adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase; pero en la opinión de don
Quijote y de Sancho Panza la cabeza quedó por encantada y por respondona, más a
satisfación de don Quijote que de Sancho. |
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Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a don Quijote y
dar lugar a que [*]
descubriese sus sandeces, ordenaron de correr sortija de allí a seis días [52], que no tuvo efecto por la ocasión que
se dirá adelante. Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie,
temiendo que si iba a caballo le habían de perseguir los mochachos, y, así, él y Sancho
[*], con otros dos criados
que don Antonio le dio, salieron a pasearse.
Sucedió, pues, que yendo por una
calle alzó los ojos don Quijote y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes:
«Aquí se imprimen libros [53]», de lo
que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna y deseaba
saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte,
corregir en otra, componer en esta, enmendar en aquella [54], y, finalmente, toda aquella máquina
que en las emprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón [55] y preguntaba qué era aquello que allí
se hacía; dábanle cuenta los oficiales; admirábase y pasaba adelante. Llegó en esto [*] a uno y preguntóle qué era
lo que hacía. El oficial le respondió:
Señor, este caballero que
aquí está y enseñóle a un hombre de muy buen talle y parecer y de alguna
gravedad ha traducido un libro toscano en nuestra lengua castellana [56], y estoyle yo componiendo, para darle a
la estampa.
¿Qué título tiene el libro?
preguntó don Quijote.
A lo que el autor respondió:
Señor, el libro, en toscano,
se llama Le bagatele.
¿Y qué responde le
bagatele en nuestro castellano? preguntó don Quijote.
Le bagatele [57] dijo el autor es como si en
castellano dijésemos los juguetes [*]; y aunque este libro
es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales. |
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Yo dijo don Quijote sé algún tanto del toscano [*] y me precio de cantar
algunas estancias del Ariosto [58]. Pero
dígame vuesa merced, señor mío, y no digo esto porque quiero examinar el ingenio de
vuestra merced, sino por curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez
nombrar piñata [59]? Sí, muchas veces
respondió el autor.
¿Y cómo la traduce vuestra
merced en castellano? preguntó don Quijote.
¿Cómo la había de traducir
replicó el autor sino diciendo olla?
¡Cuerpo de tal dijo don
Quijote, y qué adelante está vuesa merced en el toscano idioma! Yo apostaré una
buena apuesta que adonde diga en el toscano piache, dice vuesa merced en el
castellano place, y adonde diga più dice más, y el su
declara con arriba y el giù con abajo.
Sí declaro, por cierto
dijo el autor, porque esas son sus propias correspondencias.
Osaré yo jurar dijo don
Quijote que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los
floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí!
¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto,
me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas,
griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se
veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se veen con la lisura y tez
de la haz [60]; y el traducir de lenguas
fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que
copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este
ejercicio del traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre y que
menos provecho le trujesen. Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno el
doctor Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido [61], y el otro don Juan de Jáurigui, en su Aminta
[62], donde felizmente ponen en duda
cuál es la tradución o cuál el original. Pero dígame vuestra merced: este libro
¿imprímese por su cuenta o tiene ya vendido el privilegio a algún librero [63]?
Por mi cuenta lo imprimo
respondió el autor y pienso ganar mil ducados, por lo menos, con esta primera
impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos [64],
y se han de despachar a seis reales cada uno en daca las pajas [65]. |
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¡Bien está vuesa merced en la cuenta [66]!
respondió don Quijote. Bien parece que no sabe las entradas y salidas de los
impresores y las correspondencias que hay de unos a otros [67]. Yo le prometo que cuando se vea cargado
de dos mil cuerpos de libros vea tan molido su cuerpo, que se espante, y más si el libro
es un poco avieso y nonada picante [68].
Pues ¿qué? dijo el
autor. ¿Quiere vuesa merced que se lo [*] dé a un librero que me
dé por el privilegio tres maravedís, y aun piensa que me hace merced en dármelos [69]? Yo no imprimo mis libros para alcanzar
fama en el mundo, que ya en él soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin él
no vale un cuatrín la buena fama [70].
Dios le dé a vuesa merced
buena manderecha [71] respondió
don Quijote.
Y pasó adelante a otro cajón,
donde vio que estaban corrigiendo un pliego de un libro que se intitulaba Luz del alma
[72], y en viéndole dijo:
Estos tales libros, aunque hay
muchos deste género, son los que se deben imprimir, porque son muchos los pecadores que
se usan [73] y son menester infinitas
luces para tantos desalumbrados [74].
Pasó adelante y vio que asimesmo
estaban corrigiendo otro libro, y, preguntando su título, le respondieron que se llamaba
la Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un
tal, vecino de Tordesillas [75].
Ya yo tengo noticia deste
libro dijo don Quijote, y en verdad y en mi conciencia que pensé que ya
estaba quemado y hecho [*]
polvos por impertinente; pero su San Martín se le llegará como a cada puerco [76], que las historias fingidas tanto tienen
de buenas y de deleitables [*] cuanto se llegan a la
verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas
[77].
Y diciendo esto, con muestras de algún despecho,
se salió de la emprenta; y aquel mesmo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las
galeras que en la playa estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a causa que en su vida
las había visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella tarde había
de llevar a verlas a su huésped el famoso don Quijote de la Mancha [78], de quien ya el cuatralbo y todos los
vecinos de la ciudad tenían noticia; y lo que le sucedió en ellas se dirá en el
siguiente capítulo.
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