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De lo que le sucedió a don Quijote
en la entrada de Barcelona, con otras cosas [*] que tienen más de lo
verdadero que de lo discreto
Tres días y tres noches estuvo don
Quijote con Roque, y si estuviera trecientos años, no le faltara qué mirar y admirar en
el modo de su vida: aquí amanecían [1],
acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin saber a
quién; dormían en pie, interrompiendo el sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era
poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces [2], aunque traían pocos, porque todos se
servían de pedreñales. Roque pasaba las noches apartado de los suyos, en partes y
lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba, porque los muchos bandos que el
visorrey de Barcelona había echado sobre su vida le traían inquieto y temeroso [3], y no se osaba fiar de ninguno, temiendo
que los mismos suyos o le habían de matar o entregar a la justicia. Vida, por cierto,
miserable y enfadosa.
En fin, por caminos desusados, por
atajos y sendas encubiertas, partieron Roque, don Quijote y Sancho con otros seis
escuderos a Barcelona. Llegaron a su playa la víspera de San Juan, en la noche [4], y abrazando Roque a don Quijote y a
Sancho, a quien dio los diez escudos prometidos, que hasta entonces no se los había dado,
los dejó, con mil ofrecimientos que de la una a la otra parte se hicieron.
Volvióse Roque, quedóse don
Quijote esperando el día, así a caballo como estaba, y no tardó mucho cuando comenzó a
descubrirse por los balcones del oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas
y las flores, en lugar de alegrar el oído [5]:
aunque al mesmo instante alegraron también el oído el son de muchas chirimías y
atabales, ruido de cascabeles, «¡trapa, trapa, aparta, aparta!» de corredores [6] que, al parecer, de la ciudad salían. Dio
lugar la aurora al sol, que, un rostro [*] mayor que el de una
rodela, por el más bajo horizonte poco a poco se iba levantando. |
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Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces
dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo [7], harto más que las lagunas de Ruidera que
en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales,
abatiendo las tiendas [8], se descubrieron
llenas de flámulas y gallardetes [9] que
tremolaban al viento y besaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y
chirimías, que cerca y lejos llenaban [*] el aire de suaves y
belicosos acentos. Comenzaron a moverse y a hacer [*] un modo de escaramuza [*] por las
sosegadas aguas, correspondiéndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de la
ciudad sobre hermosos caballos y con vistosas libreas salían. Los soldados de las galeras
disparaban infinita artillería, a quien respondían los que estaban en las murallas y
fuertes de la ciudad, y la artillería [*] gruesa con
espantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían los cañones de crujía de
las galeras [10]. El mar alegre, la
tierra jocunda [11], el aire claro, solo
tal vez turbio del humo de la artillería [12],
parece que iba infundiendo y engendrando gusto súbito en todas las gentes. No podía
imaginar Sancho cómo pudiesen tener tantos pies [13] aquellos bultos que por el mar se
movían. En esto llegaron corriendo, con grita, lililíes y algazara [14], los de las libreas adonde don Quijote
suspenso y atónito estaba, y uno dellos, que era el avisado de Roque [*][15], dijo en alta voz a don Quijote:
Bien sea venido a nuestra
ciudad el espejo, el farol, la estrella [*] y el norte de toda la
caballería andante, donde más largamente se contiene [16]; bien sea venido, digo, el valeroso don
Quijote de la Mancha: no el falso, no el ficticio, no el apócrifo que en falsas historias
estos días nos han mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió
Cide Hamete [*]
Benengeli, flor de los historiadores [*].
No respondió don Quijote palabra,
ni los caballeros esperaron a que la respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con
los demás que los seguían, comenzaron a hacer un revuelto caracol alderredor de don
Quijote, el cual, volviéndose a Sancho [17],
dijo: |
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Estos bien nos han conocido: yo apostaré que han leído nuestra historia, y aun la
del aragonés recién impresa.Volvió
otra [*] vez el
caballero que habló a don Quijote y díjole:
Vuesa merced, señor don
Quijote, se venga con nosotros, que todos somos sus servidores y grandes amigos de Roque
Guinart [*].
A lo que don Quijote respondió:
Si cortesías engendran
cortesías, la vuestra, señor caballero, es hija o parienta muy cercana de las del gran
Roque. Llevadme do quisiéredes, que yo no tendré otra voluntad que la vuestra, y más si
la queréis [*] ocupar en
vuestro servicio.
Con palabras no menos comedidas que
estas le respondió el caballero, y encerrándole todos en medio, al son de las chirimías
y de los atabales, se encaminaron con él a la ciudad; al entrar de la cual, el malo que
todo lo malo ordena [18], y los muchachos
que son más malos que el malo, dos dellos traviesos y atrevidos se entraron por toda la
gente y, alzando el uno de la cola [*] del rucio y el otro la de
Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas [19]. Sintieron los pobres animales las
nuevas espuelas y, apretando las colas, aumentaron su disgusto de manera que, dando mil
corcovos, dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote, corrido y afrentado, acudió a
quitar el plumaje de la cola de su matalote [20],
y Sancho, el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el atrevimiento
de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre más de otros mil que los
seguían.
Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con [*] el mismo aplauso y música
llegaron a la casa de su guía [21], que
era grande y principal, en fin como de caballero rico, donde le [*] dejaremos por agora, porque así
lo quiere Cide Hamete.
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