 |
|
De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona
Era fresca la mañana y daba
muestras de serlo asimesmo el día en que don Quijote salió de la venta, informándose
primero cuál era el más derecho camino para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal
era el deseo que tenía de sacar mentiroso a aquel nuevo historiador que tanto decían que
le vituperaba [1].
Sucedió, pues, que en más de seis
días no le sucedió cosa digna de ponerse en escritura, al cabo de los cuales, yendo
fuera de camino, le tomó la noche entre unas espesas encinas o alcornoques [2], que en esto no guarda la puntualidad Cide
Hamete que en otras cosas suele.
Apeáronse de sus bestias amo y
mozo, y, acomodándose a los troncos de los árboles, Sancho, que había merendado aquel
día, se dejó entrar de rondón por las puertas del sueño [3]; pero don Quijote, a quien desvelaban sus
imaginaciones mucho más que la hambre, no podía pegar sus ojos, antes iba y venía con
el pensamiento por mil géneros de lugares. Ya le parecía hallarse en la cueva de
Montesinos [*], ya ver
brincar y subir sobre su pollina a la convertida [*] en labradora
Dulcinea, ya que le sonaban en los oídos las palabras del sabio Merlín que le referían
las condiciones y diligencias que se habían de [*] hacer y tener en el
desencanto de Dulcinea. Desesperábase de ver la flojedad y caridad poca de Sancho su
escudero, pues, a lo que creía, solos cinco azotes se había dado, número desigual [4] y pequeño para los infinitos que le
faltaban; y desto recibió tanta pesadumbre y enojo, que hizo este discurso:
Si nudo gordiano cortó el
Magno Alejandro, diciendo «Tanto monta cortar como desatar [5]», y no por eso dejó de ser universal
señor de toda la Asia, ni más ni menos podría suceder ahora en el desencanto de
Dulcinea, si yo azotase a Sancho a pesar suyo; que si la condición deste remedio está en
que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, ¿qué se me da a mí que se los dé él o
que se los dé otro, pues la sustancia está en que él los reciba, lleguen por do
llegaren? |
|
Con esta imaginación se llegó a Sancho, habiendo primero tomado las riendas de
Rocinante, y, acomodándolas [*] en modo que pudiese
azotarle con ellas, comenzóle a quitar las cintas (que es opinión que no tenía más que
la delantera) en que se sustentaban los greguescos; pero apenas hubo llegado, cuando
Sancho despertó en todo su acuerdo [6] y
dijo:¿Qué es esto?
¿Quién me toca y desencinta [7]?
Yo soy respondió don
Quijote, que vengo a suplir tus faltas y a remediar mis trabajos: véngote a azotar,
Sancho, y a descargar en parte la deuda a que te [*] obligaste. Dulcinea perece,
tú vives en descuido, yo muero deseando; y, así, desatácate por tu voluntad [8], que la mía es de darte en esta soledad [9] por lo menos dos mil azotes.
Eso no dijo
Sancho, vuesa merced se esté quedo; si no, por Dios verdadero que nos han de oír
los sordos. Los azotes a que yo me obligué han de ser voluntarios, y no por fuerza, y
ahora no tengo gana de azotarme: basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y
mosquearme cuando en voluntad me viniere [10].
No hay dejarlo a tu cortesía,
Sancho dijo don Quijote, porque eres duro de corazón y, aunque villano,
blando de carnes.
Y, así, procuraba y pugnaba por
desenlazarle; viendo lo cual Sancho Panza, se puso en pie y, arremetiendo a su amo, se
abrazó con él a brazo partido [11] y,
echándole [*] una
zancadilla [*], dio con
él en el suelo boca arriba, púsole la rodilla derecha sobre el pecho y con las manos le
tenía las manos de modo que ni le dejaba rodear ni alentar [12]. Don Quijote le decía:
¿Cómo, traidor? ¿Contra tu
amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan te atreves? |
|
Ni quito rey ni pongo rey respondió Sancho, sino ayúdome a mí, que
soy mi señor [13]. Vuesa merced me
prometa que se estará quedo y no tratará de azotarme por agora, que yo le dejaré libre
y desembarazado; donde no,
aquí morirás, traidor,
enemigo de doña Sancha [14].
Prometióselo don Quijote y juró
por vida de sus pensamientos no tocarle en el pelo de la ropa y que dejaría en toda su
voluntad y albedrío el azotarse cuando quisiese.
Levantóse Sancho y desvióse de
aquel lugar un buen espacio; y yendo a arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en
la cabeza y, alzando las manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas.
Tembló de miedo, acudió a otro árbol, y sucedióle lo mesmo. Dio voces llamando a don
Quijote que le favoreciese. Hízolo [*] así don Quijote, y
preguntándole qué le había sucedido y de qué tenía miedo, le respondió Sancho que
todos aquellos árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos don Quijote
y cayó luego en la cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho:
No tienes de qué tener miedo,
porque estos pies y piernas que tientas y no vees sin duda son de algunos forajidos y
bandoleros que en estos árboles están ahorcados, que por aquí los suele ahorcar la
justicia, cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a
entender que debo de estar cerca de Barcelona [15].
Y así era la verdad como él lo
había imaginado.
Al partir [*][16], alzaron los ojos y vieron los racimos
de aquellos árboles, que eran cuerpos de bandoleros [*][17]. Ya en esto amanecía, y si los muertos
los habían espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos que de
improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se
detuviesen, hasta que llegase su capitán. |
|
Hallóse don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol, y
finalmente sin defensa alguna, y, así, tuvo por bien de cruzar las manos e [*] inclinar la cabeza, guardándose
para mejor sazón y coyuntura.Acudieron
los bandoleros a espulgar al rucio [18] y
a no dejarle ninguna cosa de cuantas en las alforjas [*] y la maleta traía, y
avínole bien a Sancho que en una ventrera [*] que tenía ceñida [19] venían los escudos del duque y los que
habían sacado de su tierra; y, con todo eso, aquella buena gente le escardara y le mirara
hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera escondido [20], si no llegara en aquella sazón su
capitán, el cual mostró ser de hasta edad de treinta y cuatro años, robusto, más que
de mediana proporción, de mirar grave y color morena. Venía sobre un poderoso caballo,
vestida la acerada cota [21] y con cuatro
pistoletes (que en aquella tierra se llaman pedreñales [22]) a los lados. Vio que sus escuderos, que
así llaman a los que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a Sancho Panza; mandóles
que no lo hiciesen, y fue luego obedecido, y así se escapó la ventrera. Admiróle ver
lanza arrimada al árbol, escudo en el suelo, y a don Quijote armado y pensativo, con la
más triste y melancólica figura que pudiera formar la misma tristeza. Llegóse [*] a él, diciéndole:
No estéis tan [*] triste, buen hombre, porque no
habéis caído en las manos de algún cruel Osiris [*][23], sino en las de Roque Guinart [24], que tienen más de compasivas [*] que de rigurosas.
No es mi tristeza
respondió don Quijote por haber caído [*] en tu poder, ¡oh
valeroso Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren!, sino por haber
sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin [*] el freno [25], estando yo obligado, según la orden de
la andante caballería que profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela
de mí mismo; porque te hago saber, ¡oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi caballo,
con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy fácil rendirme, porque yo soy don Quijote
de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe.
Luego Roque Guinart conoció [26] que la enfermedad de don Quijote tocaba
más en locura que en valentía; y aunque algunas veces le había oído nombrar, nunca
tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante humor reinase en corazón
de hombre [27], y holgóse en estremo de
haberle encontrado para tocar de cerca lo que de lejos dél había oído, y, así, le
dijo: |
|
Valeroso caballero, no os despechéis ni tengáis a siniestra fortuna esta en que os
halláis, que podía [*] ser
que en estos tropiezos vuestra torcida suerte se enderezase: que el cielo, por estraños y
nunca vistos rodeos, de los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer
los pobres [28].
Ya le iba a dar las gracias don
Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un ruido como de tropel de caballos, y no era
sino uno solo, sobre el cual venía a toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte
años, vestido de damasco verde, con pasamanos de oro [*], greguescos y saltaembarca [*], con sombrero terciado
a la valona [29], botas enceradas y
justas [30], espuelas, daga y espada
doradas [*], una escopeta
pequeña en las manos y dos pistolas a los lados. Al ruido, volvió Roque la cabeza y vio
esta hermosa figura, la cual, en llegando a él, dijo:
En tu busca [*] venía, ¡oh valeroso Roque!,
para hallar en ti, si no remedio, a lo menos alivio en mi desdicha; y por no tenerte
suspenso, porque sé que no me has conocido, quiero decirte quién soy: yo soy [*] Claudia Jerónima, hija de
Simón Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel [*] Torrellas, que asimismo lo
es tuyo, por ser uno de los de tu contrario bando [31], y ya sabes que este Torrellas tiene un
hijo que don Vicente Torrellas se llama, o a lo menos se llamaba no ha dos horas. Este,
pues, por abreviar el cuento de mi desventura, te diré en breves palabras la que me ha
causado. Viome, requebróme, escuchéle, enamoréme, a hurto de mi padre, porque no hay
mujer, por retirada que esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en
ejecución y efecto sus atropellados deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo
y yo le di la palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe ayer que,
olvidado de lo que me debía, se casaba con otra, y que esta mañana iba a desposarse,
nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y por no estar mi padre en el lugar,
le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y apresurando el paso a este caballo, alcancé
a don Vicente obra de una legua de aquí [32],
y, sin ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le disparé esta escopeta [*], y por añadidura
estas dos pistolas, y a lo que creo le debí de encerrar más de dos balas en el cuerpo,
abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese mi honra. Allí le dejo entre
sus criados, que no osaron ni pudieron ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me
pases a Francia, donde tengo parientes con quien viva, y asimesmo a rogarte defiendas a mi
padre, porque los muchos de don Vicente [33]
no se atrevan a tomar en él desaforada venganza.
|
|
|
|