 |
|
Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se
daban vagar unas a otras [1]
Cuando don Quijote se vio en la
campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que
estaba en su centro [2] y que los
espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías [3], y volviéndose a Sancho le dijo:
La libertad, Sancho, es uno de
los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse
los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad [*] así como por la honra se
puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que
puede venir a los hombres [4]. Digo esto,
Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos
hemos tenido; pues en mitad [*]
de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve [5] me parecía a mí que estaba metido entre
las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran
míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son
ataduras que no dejan campear al ánimo libre [6].
¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de
agradecerlo a otro que al mismo cielo [7]!
Con todo eso dijo
Sancho que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede [*] sin agradecimiento de nuestra
parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como
píctima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón [8], para lo que se ofreciere, que no siempre
hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas
donde nos apaleen. |
|
En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero [9], cuando vieron, habiendo andado poco más
de una legua, que encima de la yerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban
comiendo hasta una docena de hombres vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas como
sábanas blancas con que cubrían alguna cosa que debajo estaba: estaban empinadas y
tendidas [10] y de trecho a trecho
puestas. Llegó [*] don
Quijote a los que comían y, saludándolos primero cortésmente, les preguntó que qué
era lo que aquellos lienzos cubrían. Uno dellos le respondió:Señor, debajo destos lienzos están unas imágines
de relieve y entalladura [*]
que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea [11]; llevámoslas cubiertas [*], porque no se desfloren [12], y en hombros, porque no se quiebren.
Si sois [*] servidos respondió don
Quijote, holgaría de verlas, pues imágines que con tanto recato se llevan [*] sin duda deben de ser buenas.
¡Y cómo si lo son [*]! dijo otro. Si
no, dígalo lo que cuesta [*],
que en verdad que no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados [13]; y porque vea vuestra merced esta
verdad, espere vuestra merced y verla ha por vista de ojos [14].
Y, levantándose, dejó de comer y
fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que mostró ser la de San Jorge puesto a
caballo, con una serpiente enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca [15], con la fiereza que suele pintarse. Toda
la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don Quijote, dijo:
Este caballero fue uno de los
mejores andantes que tuvo la milicia divina: llamóse don San Jorge [16] y fue además defendedor de doncellas.
Veamos esta otra. |
|
Descubrióla [*] el
hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el
pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:Este caballero también fue de los aventureros
cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho,
en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser
entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.
No debió de ser eso
dijo Sancho, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y
tener, seso es menester [17].
Rióse don Quijote y pidió que
quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió la imagen del Patrón de las Españas
a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y en viéndola,
dijo don Quijote:
Este sí que es caballero, y
de las escuadras de Cristo: este se llama don San Diego Matamoros [18], uno de los más valientes santos y
caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.
Luego descubrieron otro lienzo y
pareció que encubría la caída de San Pablo del caballo abajo [19], con todas las circunstancias que en el
retablo de su conversión suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que
Cristo le hablaba y Pablo respondía:
Este dijo don
Quijote fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo
y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero andante por la vida y santo a pie
quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a
quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro que le enseñase el
mismo Jesucristo [20].
No había más imágines, y, así,
mandó don Quijote que las volviesen a cubrir y dijo a los que las llevaban: |
|
Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto [21], porque estos santos y caballeros
profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas, sino que la diferencia que
hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y
peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece
fuerza [22], y yo hasta agora no sé lo
que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso [*] saliese de los que padece,
mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio [23], podría ser que encaminase mis pasos
por mejor camino del que llevo.
Dios lo oiga y el pecado sea
sordo [24] dijo Sancho a esta
ocasión.
Admiráronse los hombres así de la
figura como de las razones de don Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir
quería. Acabaron de comer, cargaron con sus imágines y, despidiéndose de don Quijote,
siguieron su viaje.
Quedó Sancho de nuevo, como si
jamás hubiera conocido a su señor, admirado de lo que sabía, pareciéndole que no
debía de haber historia en el mundo ni suceso que no lo tuviese cifrado en la uña [25] y clavado en la memoria, y díjole:
En verdad, señor nuestramo [26], que si esto que nos ha sucedido hoy se
puede llamar aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que en todo el discurso de
nuestra peregrinación nos ha [*]
sucedido: della habemos salido sin palos y sobresalto [*] alguno, ni hemos echado
mano a las espadas, ni hemos batido la tierra con los cuerpos [27], ni quedamos hambrientos. Bendito sea
Dios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos. |
|
Tú dices bien, Sancho dijo don Quijote, pero has de advertir que no
todos los tiempos son unos, ni corren de una misma suerte, y esto que el vulgo suele
llamar comúnmente agüeros, que no se fundan sobre natural razón alguna, del que es
discreto han de ser tenidos y juzgados por [*] buenos acontecimientos
[28]. Levántase uno destos agoreros por
la mañana, sale de su casa, encuéntrase con un fraile de la orden del bienaventurado [*] San Francisco y, como
si hubiera encontrado con un grifo [29],
vuelve las espaldas y vuélvese a su casa. Derrámasele al otro mendoza la sal encima de
la mesa [30], y derrámasele a él la
melancolía por el corazón, como si estuviese obligada la naturaleza a dar señales de
las venideras desgracias con cosas tan de poco momento como las referidas. El discreto [*] y cristiano no ha de andar
en puntillos con lo que quiere hacer el cielo [31]. Llega Cipión a África, tropieza en
saltando en tierra, tiénenlo por mal agüero sus soldados, pero él, abrazándose con el
suelo, dijo: «No te me podrás huir, África, porque te tengo asida y entre mis brazos [32]». Así que, Sancho, el haber encontrado
con estas imágines ha sido para mí felicísimo acontecimiento.Yo así lo creo respondió Sancho y
querría que vuestra merced me dijese qué es la causa porque dicen los españoles cuando
quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra
España [*]!». ¿Está por
ventura España abierta y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es esta [33]?
Simplicísimo eres, Sancho
respondió don Quijote, y mira que este gran caballero de la cruz bermeja [34] háselo dado Dios a España por patrón
y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han
tenido, y, así, le invocan y llaman como a defensor [*] suyo en todas las
batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas derribando,
atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera [*] traer muchos ejemplos que
en las verdaderas historias españolas se cuentan [35]. |
|
Mudó Sancho plática y dijo a su amo:
Maravillado estoy, señor, de
la desenvoltura de Altisidora, la doncella de la duquesa: bravamente la debe de tener
herida y traspasada aquel que llaman «Amor», que dicen que es un rapaz ceguezuelo que,
con estar lagañoso o, por mejor decir, sin vista [36], si toma por blanco un corazón, por
pequeño que sea, le acierta y traspasa de parte a parte con sus flechas. He oído decir
también que en la vergüenza y recato de las doncellas se despuntan y embotan las
amorosas saetas [37], pero en esta
Altisidora más parece que se aguzan que despuntan.
Advierte, Sancho dijo
don Quijote, que el amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus
discursos, y tiene la misma condición que la muerte, que así acomete los altos
alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores [38], y cuando toma entera posesión de una
alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza; y, así, sin ella declaró
Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusión que lástima.
¡Crueldad notoria! dijo
Sancho. ¡Desagradecimiento inaudito! Yo de mí sé decir que me rindiera y
avasallara la más mínima razón amorosa suya. ¡Hideputa, y qué corazón de mármol,
qué entrañas de bronce y qué alma de argamasa! Pero no puedo pensar qué es lo que vio
esta doncella en vuestra merced que así la rindiese y avasallase: qué gala, qué brío,
qué donaire, qué rostro, que cada cosa por sí destas o todas juntas la enamoraron [*]; que en verdad en
verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde la punta del pie hasta el
último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para enamorar; y
habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y principal parte que
enamora [39], no teniendo vuestra merced
ninguna, no sé yo de qué se enamoró la pobre.
|
|
|
|