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De cosas sucedidas a Sancho en el
camino, y otras que no hay más que ver [1]
El haberse detenido Sancho con
Ricote no le dio lugar a que aquel día llegase al castillo del duque, puesto que llegó
media legua dél [2], donde le tomó la
noche algo escura y cerrada, pero como era verano no le dio mucha pesadumbre y, así, se
apartó del camino con intención de esperar la mañana; y quiso su corta y desventurada
suerte que buscando lugar donde mejor acomodarse cayeron él y el rucio en una honda y
escurísima sima [*] que entre
unos edificios muy antiguos estaba [3], y
al tiempo del caer se encomendó a Dios de todo corazón, pensando que no había de parar
hasta el profundo de los abismos: y no fue así, porque a poco más de tres estados dio
fondo el rucio [4], y él se halló encima
dél sin haber recebido lisión ni daño alguno [5].
Tentóse todo el cuerpo y recogió
el aliento, por ver si estaba sano o agujereado por alguna parte [6]; y viéndose bueno, entero y católico de
salud [7], no se hartaba de dar gracias a
Dios Nuestro Señor de la merced que le había hecho, porque sin duda pensó que estaba
hecho mil pedazos. Tentó asimismo con las manos por las paredes de la sima, por ver si
sería posible salir della sin ayuda de nadie, pero todas las halló rasas y sin asidero
alguno, de lo que Sancho se congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio se
quejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio [8], que a la verdad no estaba muy bien
parado. |
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¡Ay dijo entonces Sancho Panza, y cuán no pensados sucesos suelen
suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera que el que
ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus sirvientes y a sus
vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sin haber persona alguna que le
remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro [9]? Aquí habremos de perecer de hambre yo y
mi jumento, si ya no nos morimos antes, él de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A
lo menos no seré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha cuando
decendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quien le regalase
mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha [10]. Allí vio él visiones hermosas y
apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras [11]. ¡Desdichado de mí, y en qué han
parado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán [*] mis huesos, cuando el cielo
sea servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buen rucio con ellos,
por donde quizá se echará de ver quién somos, a lo menos de los que tuvieren noticia
que nunca Sancho Panza se apartó de su asno, ni su asno de Sancho Panza [12]. Otra vez digo: ¡miserables de
nosotros, que no ha querido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre
los nuestros [13], donde ya que no
hallara remedio nuestra desgracia, no faltara quien dello se doliera y en la hora última
de nuestro pasamiento nos cerrara los ojos [14]!
¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus buenos servicios! Perdóname
y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieres, que nos saque deste miserable trabajo
en que estamos puestos los dos [15], que
yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado
poeta [16], y de darte los piensos
doblados.
Desta manera se lamentaba Sancho
Panza, y su jumento le escuchaba sin responderle palabra alguna: tal era el aprieto y
angustia en que el pobre se hallaba [17].
Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables quejas y lamentaciones, vino
el día, con cuya claridad y resplandor vio Sancho que era imposible de toda imposibilidad
salir de aquel pozo sin ser ayudado, y comenzó a lamentarse y dar voces, por ver si
alguno le oía; pero todas sus voces eran dadas en desierto [18], pues por todos aquellos contornos no
había persona que pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar por muerto. |
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Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodó de modo que le puso en pie, que
apenas se podía tener; y sacando de las alforjas, que también habían corrido la mesma
fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio [*] a su jumento, que no le supo
mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:Todos los duelos con pan son buenos [19].
En esto descubrió a un lado de la
sima un agujero, capaz de caber por él una persona, si se agobiaba y encogía [20]. Acudió a él Sancho Panza y,
agazapándose, se entró por él y vio que por de dentro era espacioso y largo [21]; y púdolo ver porque por lo que se
podía llamar techo entraba un rayo de sol que lo descubría todo. Vio también que se
dilataba y alargaba por otra concavidad espaciosa, viendo lo cual volvió a salir adonde
estaba el jumento, y con una piedra comenzó a desmoronar la tierra del agujero, de modo
que en poco espacio [22] hizo lugar donde
con facilidad pudiese entrar el asno, como lo hizo; y cogiéndole del cabestro comenzó a
caminar por aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. A
veces iba a escuras y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.
«¡Válame Dios todopoderoso!»,
decía entre sí. «Esta que para mí es desventura, mejor fuera para aventura de mi amo
don Quijote. Él sí que tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y
por palacios de Galiana [23], y esperara
salir de esta escuridad y estrecheza a algún florido prado; pero yo sin ventura, falto de
consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se
ha de abrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme. Bien vengas mal,
si vienes solo [24].»
Desta manera y con estos
pensamientos le pareció que habría caminado poco más de media legua, al cabo de la cual
descubrió una confusa claridad, que pareció ser ya de día, y que por alguna parte
entraba, que daba indicio de tener fin abierto aquel, para él, camino de la otra vida. |
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Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de [*] don Quijote, que
alborozado y contento esperaba el plazo de la batalla que había de hacer con el robador
de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quien pensaba enderezar el tuerto y
desaguisado que malamente le tenían fecho.Sucedió, pues, que saliéndose una mañana a imponerse y
ensayarse [25] en lo que había de hacer
en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelón o arremetida a Rocinante [26], llegó a poner los pies tan junto a una
cueva, que a no tirarle fuertemente las riendas fuera imposible no caer en ella. En fin le
detuvo, y no cayó, y llegándose algo más cerca, sin apearse, miró aquella hondura, y
estándola mirando, oyó grandes voces dentro, y escuchando atentamente, pudo percebir y
entender que el que las daba decía:
¡Ah de arriba! ¿Hay algún
cristiano que me escuche o algún caballero caritativo que se duela de un pecador
enterrado en vida, a un [*]
desdichado desgobernado gobernador [27]?
Parecióle a don Quijote que oía la
voz de Sancho Panza, de que quedó suspenso y asombrado, y levantando la voz todo lo que
pudo dijo:
¿Quién está allá abajo [*]? ¿Quién se queja?
¿Quién puede estar aquí o
quién se ha de quejar respondieron, sino el asendereado de Sancho Panza,
gobernador, por sus pecados y por su mala andanza, de la ínsula Barataria, escudero que
fue del famoso caballero don Quijote de la Mancha?
Oyendo lo cual don Quijote, se le
dobló la admiración y se le [*]
acrecentó el pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto y
que estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo: |
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Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano que me
digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que haga por ti, que pues es
mi profesión favorecer y acorrer a los necesitados deste mundo, también lo seré [*][28] para acorrer y ayudar a los menesterosos
del otro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios.
Desa manera
respondieron, vuestra merced que me habla debe de ser mi señor don Quijote de
la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro [29], sin duda.
Don Quijote soy replicó
don Quijote, el que profeso socorrer y ayudar en sus necesidades a los vivos y a los
muertos [30]. Por eso dime quién eres,
que me tienes atónito: porque si eres mi escudero Sancho Panza y te has muerto, como no
te hayan llevado los diablos, y por la misericordia de Dios estés en el purgatorio [31], sufragios tiene nuestra santa madre la
Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo
solicitaré con ella por mi parte con cuanto mi hacienda alcanzare [32]; por eso acaba de declararte y dime
quién eres.
¡Voto a tal!
respondieron, y por el nacimiento de quien vuesa merced quisiere juro, señor
don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho Panza y que nunca me he muerto en
todos los días de mi vida, sino que, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que
es menester más espacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucio [*] conmigo, que no me
dejará mentir [33], pues, por más
señas, está aquí conmigo.
Y hay más, que no parece sino que
el jumento entendió lo que Sancho dijo, porque al momento comenzó a rebuznar tan recio,
que toda la cueva retumbaba. |
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¡Famoso testigo [34]! dijo
don Quijote. El rebuzno conozco como si le pariera, y tu voz oigo, Sancho mío [*]. Espérame: iré al castillo
del duque, que está aquí cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecados
te deben de haber puesto.Vaya
vuesa merced dijo Sancho y vuelva presto, por un solo Dios, que ya no lo puedo
llevar el estar aquí sepultado en vida y me estoy muriendo de miedo.
Dejóle don Quijote y fue al
castillo a contar a los duques el suceso de Sancho Panza, de que no poco se maravillaron,
aunque bien entendieron que debía de haber caído por la correspondencia de aquella gruta
[35] que de tiempos inmemoriales estaba
allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado el gobierno sin tener ellos aviso
de su venida. Finalmente, como dicen, llevaron sogas y maromas [36], y a costa de mucha gente y de mucho
trabajo sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol. Viole un
estudiante y dijo:
Desta manera habían de salir
de sus gobiernos todos los malos gobernadores: como sale este pecador del profundo del
abismo, muerto de hambre, descolorido y sin blanca, a lo que yo creo.
Oyólo Sancho y dijo:
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