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Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de
Sancho Panza
«Pensar que en esta vida las cosas
della han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado, antes parece que ella
anda todo [*] en redondo, digo,
a la redonda: la primavera sigue al verano [1],
el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la
primavera [*],
y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su
fin ligera más que el viento [*][2], sin esperar renovarse si no es en la
otra, que no tiene términos que la limiten.» Esto dice Cide Hamete, filósofo
mahomético [3], porque esto de entender
la ligereza e [*] instabilidad de
la vida presente, y de la duración [*] de la eterna que se espera,
muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido [4]; pero aquí nuestro autor lo dice por la
presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el
gobierno de Sancho [5].
El cual, estando la séptima noche
de los días de su gobierno en su cama, no harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar
pareceres y de hacer estatutos y pragmáticas, cuando el sueño, a despecho y pesar de la
hambre, le comenzaba a cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y de voces,
que no parecía sino que toda la ínsula se hundía [6]. Sentóse en la cama y estuvo atento y
escuchando por ver si daba en la cuenta de lo que podía ser la causa de tan grande
alboroto, pero no solo no lo supo, pero [7]
añadiéndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y atambores quedó
más confuso y lleno de temor y espanto [*]; y levantándose en pie se
puso unas chinelas, por la humedad del suelo, y sin ponerse sobrerropa de levantar [8], ni cosa que se pareciese, salió a la
puerta de su aposento a tiempo cuando vio venir por unos corredores más de veinte
personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas desenvainadas, gritando
todos a grandes voces:
¡Arma, arma, señor
gobernador, arma [9], que han entrado
infinitos enemigos en la ínsula, y somos perdidos si vuestra industria [*] y valor no nos socorre! |
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Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho [*] estaba, atónito y embelesado
de lo que oía y veía, y cuando llegaron a él, uno le dijo:
¡Ármese luego vuestra
señoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula se pierda!
¿Qué me tengo de armar
respondió Sancho, ni qué sé yo de armas ni de socorros? Estas cosas mejor
será dejarlas para mi amo don Quijote, que en dos paletas las despachará y pondrá en
cobro, que yo, pecador fui a Dios, no se me entiende nada destas priesas [*].
¡Ah, señor gobernador!
dijo otro. ¿Qué relente es ese [10]?
Ármese vuesa merced, que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa
plaza y sea nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el serlo, siendo
nuestro gobernador.
Ármenme norabuena
replicó Sancho.
Y al momento le trujeron dos paveses
[11], que venían proveídos dellos, y le
pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés delante y otro
detrás, y por unas concavidades que traían hechas le sacaron los brazos, y le liaron muy
bien con unos cordeles, de modo que quedó emparedado y entablado, derecho como un huso,
sin poder doblar las rodillas ni menearse un solo paso. Pusiéronle en las manos una
lanza, a la cual se arrimó para poder tenerse en pie. Cuando así le tuvieron, le dijeron
que caminase y los guiase y animase a todos, que siendo él su norte, su lanterna y su
lucero [12], tendrían buen fin sus
negocios.
¿Cómo tengo de caminar,
desventurado yo respondió Sancho, que no puedo jugar las choquezuelas de las
rodillas [13], porque me lo impiden estas
tablas que tan cosidas [*]
tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en brazos y ponerme atravesado o en
pie en algún postigo [14], que yo le
guardaré o con esta lanza o con mi cuerpo. |
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Ande, señor gobernador dijo otro, que más el miedo que las tablas le
impiden el paso: acabe y menéese [15],
que es tarde y los enemigos crecen y las voces se aumentan y el peligro carga.Por cuyas persuasiones y vituperios
probó el pobre gobernador [*]
a moverse, y fue dar [*]
consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó que se había hecho pedazos. Quedó como
galápago, encerrado y cubierto con sus conchas [16], o como medio tocino metido entre dos
artesas [17], o bien así como barca que
da al través en la arena [18]; y no por
verle caído aquella gente burladora le tuvieron compasión alguna, antes, apagando las
antorchas, tornaron a reforzar las voces y a reiterar el «¡arma!» con tan gran [*] priesa, pasando por encima
del pobre Sancho, dándole infinitas cuchilladas [*] sobre los paveses, que si
él no se recogiera y encogiera metiendo la cabeza entre los paveses, lo pasara muy mal el
pobre gobernador [*], el cual, en
aquella estrecheza recogido, sudaba y trasudaba y de todo corazón se encomendaba a Dios
que de aquel peligro le sacase.
Unos tropezaban en él, otros
caían, y tal hubo que [*]
se puso encima un buen espacio y desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos
y a grandes voces decía:
¡Aquí de los nuestros, que
por esta parte cargan más los enemigos! ¡Aquel portillo se guarde, aquella puerta se
cierre, aquellas escalas se tranquen [*][19]! ¡Vengan alcancías [20], pez y resina en calderas de aceite
ardiendo! ¡Trinchéense las calles con colchones [21]!
En fin, él nombraba con todo
ahínco todas las baratijas e instrumentos y pertrechos de guerra con que suele defenderse
el asalto de una ciudad [22], y el molido
Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí: «¡Oh, si Nuestro Señor [*] fuese servido que se
acabase ya de perder esta ínsula y me viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!».
Oyó el cielo su petición, y cuando menos lo esperaba oyó voces que decían:
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