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Don Quijote de la Mancha

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Segunda parte del ingenioso caballero
don Quijote de la Mancha

Capítulo XLIX+
 

—Ahora, señor gobernador —respondió el mozo con muy buen donaire—, estemos a razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar a la cárcel y que en ella me echan grillos y cadenas y que me meten en un calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él lo cumple como se le manda. Con todo esto, si yo no quiero dormir, y estarme [*] despierto toda la noche sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?

—No, por cierto —dijo el secretario—, y el hombre ha salido con su intención.

—De modo —dijo Sancho— que no dejaréis de dormir por otra cosa que por vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.

—No, señor —dijo el mozo—, ni por pienso.

—Pues andad con Dios —dijo Sancho—, idos a dormir a vuestra casa, y Dios os dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os dé con la burla en los cascos [43].

Fuese el mozo y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco vinieron dos corchetes que traían [*] a un hombre asido y dijeron:

—Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea, que viene vestida [*] en hábito de hombre.

Llegáronle a los ojos dos o tres [*] lanternas, a cuyas luces descubrieron un rostro de una mujer, al parecer de diez y seis [*] o pocos más años, recogidos los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa [*] como mil perlas. Miráronla de arriba abajo y vieron que venía con unas medias de seda encarnada con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar [44]; los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla [*] de lo mesmo [45] suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro y blanco [46], y los zapatos eran blancos y de hombre; no traía espada ceñida, sino una riquísima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la moza parecía [*] bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho [47] fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía ordenado por ellos, y, así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el caso. Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza y preguntóle quién era, adónde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella, puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:



—No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera secreto. Una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona facinorosa, sino una doncella desdichada, a quien la fuerza [*] de unos celos ha hecho [*] romper el decoro que a la honestidad se debe [48].

Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:

—Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos empacho pueda decir lo que quisiere.

Mandólo así el gobernador [*], apartáronse todos, si no fueron el mayordomo, maestresala [*] y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió diciendo:

—Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas deste lugar [49], el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.

—Eso no lleva camino —dijo el mayordomo—, señora, porque yo conozco muy bien a Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y más que decís que es vuestro padre y luego añadís que suele ir muchas veces en casa de vuestro padre.

—Ya yo había dado en ello —dijo Sancho.

—Ahora, señores, yo estoy turbada y no sé lo que me digo —respondió la doncella—, pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana [50], que todos [*] vuesas mercedes deben de conocer.

—Aun eso lleva camino [51] —respondió el mayordomo—, que yo conozco a Diego de la Llana y sé que es un hidalgo principal y rico y que tiene un hijo y una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este [*] lugar que pueda decir que ha visto el rostro de su hija, que la tiene tan encerrada, que no da lugar al sol que la vea, y, con todo esto, la fama dice que es en estremo hermosa.



—Así es la verdad [*]—; respondió la doncella—, y esa hija soy yo; si la fama miente o no en mi hermosura, ya os habréis, señores, desengañado, pues me habéis visto.

Y en esto comenzó a llorar tiernamente, viendo lo cual el secretario se llegó al oído del maestresala y le dijo muy paso [52]:

—Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo de importancia, pues en tal traje y a tales horas, y siendo tan principal, anda fuera de su casa.

—No hay dudar en eso —respondió el maestresala—, y más que esa sospecha la confirman sus lágrimas.

Sancho la consoló con las mejores razones que él supo y le pidió que sin temor alguno les dijese lo que le había sucedido, que todos procurarían remediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles.

—Es el caso, señores —respondió ella—, que mi padre me ha tenido encerrada diez años ha, que son los mismos que a mi madre [*] come la tierra. En casa dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol [*] del cielo de día [53], y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son calles, plazas ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que por entrar de ordinario en mi casa se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío. Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada. Quisiera yo ver el mundo, o a lo menos el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sí mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas [54] y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor que yo, que me dijese qué cosas eran aquellas, y otras muchas que yo no he visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal rogara...

Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:



—Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido, que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.

—Pocas me quedan por decir —respondió la doncella—, aunque muchas lágrimas sí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo otros descuentos que los semejantes [55].

Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y llegó otra vez su lanterna para verla de nuevo [*], y parecióle que no eran lágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las subía de punto y las llegaba a perlas orientales [56], y estaba deseando que su desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesperábase el gobernador de la tardanza que tenía la moza en dilatar [*] su historia, y díjole que acabase de tenerlos más suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre interrotos sollozos y mal formados suspiros [57], dijo:

—No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi hermano que me vistiese en hábitos [*] de hombre con uno de sus vestidos y que me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese; él, importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo y, poniéndome este vestido y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido [58], porque él no tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche, debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa y, guiados de nuestro mozo y desbaratado discurso [59], hemos [*] rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente y mi hermano me dijo: «Hermana, esta debe de ser la ronda: aligera los pies y pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, que nos será mal contado [60]». Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no digo a correr, sino a volar; yo a menos [*] de seis pasos caí, con el sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia, que me trujo ante [*] vuestras mercedes, adonde por mala y antojadiza me veo avergonzada ante tanta [*] gente.

—¿En efecto, señora —dijo Sancho—, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de vuestra casa?

—No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino solo el deseo de ver mundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este [*] lugar.



Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó de su hermana. No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa adornada que con sus [*] mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran rubios y enrizados. Apartáronse con él gobernador [*], mayordomo y maestresala, y sin que lo oyese su hermana le preguntaron cómo venía en aquel traje, y él, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que su hermana había contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala. Pero el gobernador les dijo:

—Por cierto, señores, que esta ha sido una gran rapacería [61], y para contar esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas ni tantas lágrimas y suspiros, que con decir «Somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención [62], solo por curiosidad, sin otro designio alguno», se acabara el cuento, y no gemidicos y lloramicos, y darle [63].

—Así es la verdad —respondió la doncella—, pero sepan vuesas mercedes que la turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el término que debía [64].

—No se ha perdido nada —respondió Sancho—. Vamos, y dejaremos a vuesas mercedes en casa de su padre: quizá no los habrá echado menos. Y de aquí adelante no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa, y la mujer y la gallina, por andar se pierden aína, y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista [65]. No digo más.

El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de volverlos a su casa, y, así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja [66], al momento bajó una criada, que los estaba esperando y les abrió la puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados así de su gentileza y hermosura como del deseo que tenían de ver mundo de noche y sin salir del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.

Quedó el maestresala traspasado su corazón y propuso de luego otro día pedírsela por mujer a su padre [67], teniendo por cierto que no se la negaría, por ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a su tiempo [68], dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido se le podía negar.

Con esto se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se verá adelante.


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