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Aun eso está por averiguar, si tiene limpias o no las manos este galán dijo
Sancho.Y volviéndose al
hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de aquella mujer. El cual, todo
turbado, respondió:
Señores, yo soy un pobre
ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía deste lugar de vender, con perdón sea
dicho [*], cuatro puercos,
que me llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían. Volvíame a
mi aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo
lo cuece [38], hizo que yogásemos juntos
[39]; paguéle lo soficiente [40], y ella, mal contenta [41], asió de mí y no me ha dejado hasta
traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, para el juramento que hago [42] o pienso hacer; y esta es toda la
verdad, sin faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó
si traía consigo algún dinero en plata; él dijo que hasta veinte ducados tenía en el
seno, en una bolsa de cuero. Mandó que la sacase y se la entregase así como estaba a la
querellante; él lo hizo temblando; tomóla la mujer [*], y haciendo mil
zalemas a todos [43] y rogando a Dios por
la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por las huérfanas menesterosas y
doncellas, y con esto [*]
se salió del juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero miró
si era de plata la moneda que llevaba dentro. |
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Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las lágrimas, y los
ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
Buen hombre, id tras aquella
mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo,
porque luego partió como un rayo y fue a lo que se le mandaba. Todos los presentes
estaban suspensos, esperando el fin de aquel pleito, y de allí a poco [*] volvieron el hombre
y la mujer, más asidos y aferrados que la vez primera, ella la saya levantada y en el
regazo puesta la bolsa [44], y el hombre
pugnando por quitársela [*];
mas no era posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo:
¡Justicia de Dios y del
mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca vergüenza y el poco temor deste
desalmado, que en mitad de poblado y en mitad de la calle me ha querido quitar la bolsa
que vuestra merced mandó darme.
¿Y háosla quitado?
preguntó el gobernador.
¿Cómo quitar?
respondió la mujer. Antes me dejara yo quitar la vida que me quiten la bolsa.
¡Bonita es la niña [45]! ¡Otros gatos
me han de echar a las barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos,
mazos y escoplos [46], no serán
bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de leones!: ¡antes el ánima de en
mitad en mitad de las carnes!
Ella tiene razón dijo
el hombre, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que las mías no son
bastantes para quitársela, y déjola [*]. |
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Entonces el gobernador dijo a la mujer:
Mostrad, honrada y valiente,
esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el
gobernador se la volvió al hombre y dijo a la esforzada, y no forzada:
Hermana mía, si el mismo
aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aun la
mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza.
Andad con Dios, y mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas
a la redonda, so pena de docientos azotes. ¡Andad luego, digo, churrillera, desvergonzada
y embaidora [47]!
Espantóse la mujer y fuese
cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al hombre:
Buen hombre, andad con Dios a
vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí adelante, si no le queréis perder, procurad
[*] que no os venga en [*] voluntad de yogar con
nadie.
El hombre le dio las gracias lo peor
que supo [48], y fuese, y los
circunstantes quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo
gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al duque, que con gran
deseo lo estaba esperando.
Y quédese aquí el buen Sancho, que es mucha la
priesa que nos da su amo, alborotado [*] con la música de
Altisidora.
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