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Cómo
Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraña aventura que en el castillo
sucedió a don Quijote
Dicen que en el propio original
desta historia se lee que llegando Cide Hamete a escribir este capítulo no le tradujo su
intérprete como él le había escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí
mismo por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de don
Quijote [1], por parecerle que siempre
había de hablar dél y de Sancho, sin osar estenderse a otras digresiones y episodios
más graves y más entretenidos; y decía que el ir siempre atenido el entendimiento, la
mano y la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas personas era
un trabajo incomportable [2], cuyo fruto
no redundaba en el de su autor, y que por huir deste inconveniente había usado en la
primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente
y la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que las
demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que no podían dejar
de escribirse [3]. También pensó, como
él dice, que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote, no
la darían a las novelas, y pasarían por ellas o con priesa o con enfado, sin advertir la
gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bien al descubierto, cuando por
sí solas, sin arrimarse a las locuras de don Quijote ni a las sandeces de Sancho,
salieran a luz. Y, así, en esta segunda parte no quiso ingerir [*] novelas sueltas ni pegadizas
[4], sino algunos episodios que lo
pareciesen [5], nacidos de los mesmos
sucesos que la verdad ofrece, y aun estos limitadamente y con solas las palabras que
bastan a declararlos [*];
y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo
habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie
su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de
escribir [6].
Y luego prosigue la historia,
diciendo que en acabando de comer don Quijote el día que dio los consejos a Sancho,
aquella tarde se los dio escritos, para que él buscase quien se los leyese, pero apenas
se los hubo dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicó con
la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de don Quijote; y
así, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a Sancho con mucho
acompañamiento al lugar que para él había de ser ínsula [7].
Acaeció, pues, que el que le
llevaba a cargo era un mayordomo del duque, muy discreto y muy gracioso que no puede
haber gracia donde no hay discreción, el cual había hecho la persona de la condesa
Trifaldi con el donaire [*]
que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus señores de cómo se había de
haber con Sancho [8], salió con su
intento maravillosamente. Digo, pues, que acaeció que así como Sancho vio al tal
mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y volviéndose a su señor
le dijo: |
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Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy en justo y en
creyente [9], o vuestra merced me ha de
confesar que el rostro deste mayordomo del duque, que aquí está, es el mesmo de la
Dolorida.
Miró don Quijote atentamente al
mayordomo y, habiéndole mirado, dijo a Sancho:
No hay para qué te lleve el
diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente, que no sé lo que quieres decir: que el rostro
de la Dolorida es el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida, que a
serlo, implicaría contradición muy grande [10],
y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería entrarnos en intricados
laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos
libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores [11].
No es burla, señor
replicó Sancho, sino que denantes le oí hablar, y no pareció sino que la
voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien, yo callaré, pero no dejaré de
andar advertido de aquí adelante, a ver si descubre [*] otra señal que confirme o
desfaga mi sospecha [12].
Así lo has de hacer, Sancho
dijo don Quijote, y darásme aviso de todo lo que en este caso descubrieres y
de todo aquello que en el gobierno te sucediere.
Salió, en fin, Sancho acompañado
de mucha gente, vestido a lo letrado, y encima un gabán muy ancho de chamelote de aguas
leonado [13], con una montera de lo
mesmo, sobre un macho a la jineta [14], y
detrás dél, por orden del duque, iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda
y flamantes. Volvía Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya
compañía iba tan contento, que no se trocara con el emperador de Alemaña.
Al despedirse de los duques, les
besó las manos, y tomó la bendición de su señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho
la recibió con pucheritos [15].
Deja, lector amable, ir en paz y
enhorabuena al buen Sancho, y espera dos fanegas de risa que te ha de causar el saber
cómo se portó en su cargo, y en tanto atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella
noche, que si con ello no rieres, por lo menos desplegarás [*] los labios con risa de
jimia, porque los sucesos de don Quijote o se han de celebrar con admiración o con risa [16]. |
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Cuéntase, pues, que apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote sintió su soledad
[17], y si le fuera posible revocarle la
comisión y quitarle el gobierno, lo hiciera. Conoció la duquesa su melancolía y
preguntóle que de qué estaba triste, que si era por la ausencia de Sancho, que
escuderos, dueñas y doncellas había en su casa que le servirían muy a satisfación de
su deseo.
Verdad es, señora mía
respondió don Quijote, que siento la ausencia de Sancho, pero no es esa la
causa principal que me hace parecer que estoy triste, y de los muchos ofrecimientos que
Vuestra Excelencia me hace solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me
hacen, y en lo demás suplico a Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y
permita que yo solo sea el que me sirva.
En verdad dijo la
duquesa, señor don Quijote, que no ha de ser así, que le han de servir cuatro
doncellas de las mías, hermosas como unas flores.
Para mí respondió don
Quijote no serán ellas como flores, sino como espinas que me puncen el alma. Así
entrarán ellas en mi aposento, ni cosa que lo parezca, como volar [18]. Si es que vuestra grandeza quiere
llevar adelante el hacerme merced sin yo merecerla, déjeme que yo me las haya conmigo y
que yo me sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla en medio de mis deseos y
de mi honestidad; y no quiero perder esta costumbre por la liberalidad que vuestra alteza
quiere mostrar conmigo. Y, en resolución, antes dormiré vestido que consentir que nadie
me desnude.
No más, no más, señor don
Quijote replicó la duquesa. Por mí digo que daré orden que ni aun una mosca
entre en su estancia, no que una doncella [19]:
no soy yo persona que por mí se ha de descabalar la decencia del señor don Quijote [20], que, según se me ha traslucido, la que
más campea entre sus muchas virtudes es la de la honestidad. Desnúdese vuesa merced y
vístase a sus solas y a su modo como y cuando quisiere, que no habrá quien lo impida,
pues dentro de su aposento hallará los vasos necesarios al menester del que duerme a
puerta cerrada [21], porque ninguna
natural necesidad le obligue a que la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y
sea su nombre estendido por toda la redondez de la tierra, pues mereció ser amada de tan
valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el corazón de Sancho
Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus diciplinas, para que vuelva a
gozar el mundo de la belleza de tan gran señora. |
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A lo cual dijo don Quijote:
Vuestra altitud ha hablado
como quien es, que en la boca de las buenas señoras no ha de haber ninguna que sea mala [22]; y más venturosa y más conocida será
en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza que por todas las alabanzas que
puedan darle los más elocuentes de la tierra.
Agora bien, señor don Quijote
replicó la duquesa, la hora de cenar se llega y el duque debe de esperar:
venga vuesa merced y cenemos, y acostaráse temprano, que el viaje que ayer hizo de
Candaya no fue tan corto que no haya causado algún molimiento.
No siento ninguno, señora
respondió don Quijote, porque osaré jurar a Vuestra Excelencia que en mi
vida he subido sobre bestia más reposada ni de mejor paso que Clavileño, y no sé yo
qué le pudo mover a Malambruno para deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura y
abrasarla así sin más ni más.
A eso se puede imaginar
respondió la duquesa que arrepentido del mal que había hecho a la Trifaldi y
compañía, y a otras personas, y de las maldades [*] que como hechicero y
encantador debía de haber cometido, quiso concluir con todos los instrumentos de su
oficio, y como a principal y que más le traía desasosegado, vagando de tierra en tierra,
abrasó a Clavileño, que con sus abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda
eterno el valor del gran don Quijote de la Mancha.
De nuevo nuevas gracias dio don
Quijote a la duquesa, y en cenando don Quijote se retiró en su aposento solo, sin
consentir que nadie entrase con él a servirle: tanto se temía de encontrar ocasiones que
le moviesen o forzasen a perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba,
siempre puesta en la imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de los andantes
caballeros. Cerró tras sí la puerta, y a la luz de dos velas de cera se desnudó, y al
descalzarse, ¡oh desgracia indigna de tal persona!, se le soltaron, no suspiros [*] ni otra cosa que
desacreditasen la limpieza de su policía [23],
sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó hecha celosía [24]. Afligióse en estremo el buen señor, y
diera él por tener allí un adarme de seda verde una onza de plata [25] (digo seda verde porque las medias eran
verdes). |
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Aquí exclamó Benengeli y, escribiendo, dijo: «¡Oh pobreza, pobreza! ¡No sé yo con
qué razón se movió aquel gran poeta cordobés a llamarte dádiva santa
desagradecida [26]! Yo, aunque
moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos, que la santidad
consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y pobreza [27]; pero, con todo eso, digo que ha de
tener mucho de Dios el que se viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de
pobreza de quien dice uno de sus mayores santos: Tened todas las cosas como si no
las tuviésedes [28]; y a esto
llaman pobreza de espíritu. Pero tú, segunda pobreza [29], que eres de la que yo hablo, ¿por qué
quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con la otra gente? ¿Por qué
los obligas a dar pantalia [*]
a los zapatos [30] y a que los botones de
sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas y otros de vidro [31]? ¿Por qué sus cuellos por la mayor
parte han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?». Y en esto se echará de
ver que es antiguo el uso del almidón y de los cuellos abiertos [32]. Y prosiguió: «¡Miserable del bien
nacido que va dando pistos a su honra [33],
comiendo mal y a puerta cerrada [34],
haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber
comido cosa que le obligue a limpiárselos [35]!
¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra espantadiza [36] y piensa que desde una legua se le
descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la
hambre de su estómago!».
Todo esto se le renovó a don
Quijote en la soltura de sus puntos, pero consolóse con ver que Sancho le había dejado
unas botas de camino [37], que pensó
ponerse otro día. Finalmente, él se recostó [*] pensativo y pesaroso [*], así de la falta que
Sancho le hacía como de la inreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los puntos
aunque fuera con seda de otra color, que es una de las mayores señales de miseria que un
hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza [38]. Mató las velas; hacía calor y no
podía dormir; levantóse del lecho y abrió un poco la ventana de una reja que daba sobre
un hermoso jardín [39], y al abrirla [*] sintió y oyó que andaba y
hablaba gente en el jardín. Púsose a escuchar atentamente. Levantaron la voz los de
abajo, tanto, que pudo oír estas razones: |
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No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que desde el punto que este
forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé cantar, sino llorar;
cuanto más que el sueño de mi señora tiene más de ligero que de pesado, y no querría
que nos hallase aquí por todo el tesoro del mundo; y puesto caso que durmiese y no
despertase, en vano sería mi canto si duerme y no despierta para oírle este nuevo [*] Eneas, que ha llegado a mis
regiones para dejarme escarnida [*][40].
No des en eso, Altisidora
amiga [41] respondieron, que
sin duda la duquesa y cuantos hay en esta casa [*] duermen, si no es el
señor de tu corazón y el despertador de tu alma, porque ahora sentí que abría la
ventana de la reja de su estancia, y sin duda debe de estar despierto. Canta, lastimada
mía, en tono bajo y suave, al son de tu harpa [*], y cuando la duquesa nos
sienta, le echaremos la culpa al calor que hace.
No está en eso el punto, ¡oh
Emerencia! respondió la Altisidora, sino en que no querría que mi canto
descubriese mi corazón, y fuese juzgada de los que no tienen noticia de las fuerzas
poderosas de amor por doncella antojadiza y liviana [42]. Pero venga lo que viniere, que más
vale vergüenza en cara que mancilla en corazón [43].
Y en esto se sintió [*] tocar una harpa
suavísimamente. Oyendo lo cual quedó don Quijote pasmado, porque en aquel instante se le
vinieron a la memoria las infinitas aventuras semejantes a aquella, de ventanas, rejas y
jardines, músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros de
caballerías había leído [44]. Luego
imaginó que alguna doncella de la duquesa estaba dél enamorada, y que la honestidad la
forzaba a tener secreta su voluntad; temió no le rindiese y propuso en su pensamiento el
no dejarse vencer; y encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a su señora
Dulcinea del Toboso, determinó de escuchar la música, y para dar a entender que allí
estaba dio un fingido estornudo, de que no poco se alegraron las doncellas, que otra cosa
no deseaban sino que don Quijote las oyese. Recorrida, pues, y afinada la harpa [45], Altisidora dio principio a este romance
[46]: |
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¡Oh tú, que estás en tu lecho,
entre sábanas de holanda,
durmiendo a pierna tendida
de la noche a la mañana,
caballero el más valiente
que ha producido la Mancha,
más honesto y más bendito
que el oro fino de Arabia!
Oye a una triste doncella
bien crecida y mal lograda [47],
que en la luz de tus dos soles
se siente abrasar el alma.
Tú buscas tus aventuras
y ajenas desdichas hallas;
das las feridas y niegas
el remedio de sanarlas [*][48].
Dime, valeroso joven,
que Dios prospere tus ansias,
si te criaste en la Libia
o en las montañas de Jaca [49],
si sierpes te dieron leche [50],
si a dicha fueron tus amas [51]
la aspereza de las selvas
y el horror de las montañas.
Muy bien puede Dulcinea,
doncella rolliza y sana,
preciarse de que ha rendido
a una tigre y fiera [*]
brava.
Por esto será famosa
desde Henares a Jarama [*],
desde el Tajo a Manzanares,
desde Pisuerga hasta Arlanza [52].
Trocárame [*] yo por ella
y diera encima una saya
de las más gayadas mías [53],
que de oro le adornan franjas.
¡Oh, quién se viera en tus brazos
o, si no, junto a tu cama,
rascándote la cabeza
y matándote la caspa [54]!
Mucho pido y no soy digna
de merced tan señalada:
los pies quisiera traerte [55],
que a una humilde esto le basta.
¡Oh, qué de cofias te diera,
qué de escarpines de plata,
qué de calzas de damasco,
qué de herreruelos de Holanda!
¡Qué de finísimas perlas,
cada cual como una agalla,
que a no tener compañeras
«las solas» fueran llamadas [56]!
No mires de tu Tarpeya
este incendio que me abrasa,
Nerón manchego del mundo,
ni le avives con tu saña [57].
Niña soy, pulcela tierna [58];
mi edad de quince no pasa:
catorce tengo y tres meses [59],
te juro en Dios y en mi ánima.
No soy renca, ni soy coja,
ni tengo nada de manca [60];
los cabellos, como lirios,
que, en pie, por el suelo arrastran;
y aunque es mi boca aguileña
y la nariz algo chata [61],
ser mis dientes de topacios [62]
mi belleza al cielo ensalza.
Mi voz, ya ves, si me escuchas,
que a la que es más dulce iguala,
y soy de disposición [*]
algo menos que mediana [63].
Estas y otras gracias mías [*]
son despojos de tu aljaba [64];
desta casa soy doncella
y Altisidora me llaman [65].
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Aquí dio fin el canto de la malferida Altisidora y comenzó el
asombro del requirido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sí: «¡Que
tengo de ser tan desdichado andante que no ha de haber doncella que me mire que de mí [*] no se enamore! ¡Que tenga de
ser tan corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso que no la han de dejar a solas
gozar de la incomparable firmeza mía! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís,
emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce [*] a quince años? Dejad,
dejad a la miserable que triunfe [66], se
goce y ufane con la suerte que Amor quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi
alma. Mirad, caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique [67], y para todas las demás soy de
pedernal; para ella [*] soy
miel, y para vosotras acíbar; para mí sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la
honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás, las feas, las necias, las livianas y
las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arrojó la naturaleza al
mundo. Llore o cante Altisidora, desespérese Madama [68], por quien me aporrearon en el castillo
del moro encantado, que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o asado [69], limpio, bien criado y honesto, a pesar
de todas las potestades hechiceras de la tierra».
Y con esto cerró de golpe la
ventana y, despechado y pesaroso como si le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se
acostó en su lecho, donde le dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran
Sancho Panza, que quiere dar principio a su famoso gobierno.
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