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De
los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la
ínsula, con otras cosas bien consideradas
Con el felice y gracioso suceso de
la aventura de la Dolorida quedaron tan contentos los duques, que determinaron pasar con
las burlas adelante, viendo el acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen por veras
[1]; y así, habiendo dado la traza y
órdenes que sus criados y sus vasallos habían de guardar con Sancho en el gobierno de la
ínsula prometida, otro día [2], que fue
el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se adeliñase y
compusiese para ir a ser gobernador [3],
que ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de mayo [4]. Sancho se le humilló y le dijo:
Después que bajé del cielo [5], y después que desde su alta cumbre
miré la tierra y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan
grande de ser gobernador, porque ¿qué grandeza es mandar en un grano de mostaza, o qué
dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres tamaños como avellanas, que a mi
parecer no había más en toda la tierra [6]?
Si vuestra [*] señoría
fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media legua,
la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo.
Mirad, amigo Sancho
respondió el duque: yo no puedo dar parte del cielo a nadie, aunque no sea
mayor que una uña, que a solo Dios están reservadas esas mercedes y gracias. Lo que
puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada y
sobremanera fértil y abundosa, donde, si vos os sabéis dar maña, podéis con las
riquezas de la tierra granjear las del cielo [7]. |
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Ahora bien [8] respondió
Sancho, venga esa ínsula, que yo pugnaré [*] por ser tal gobernador,
que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por codicia que yo tenga de salir
de mis casillas ni de levantarme a mayores [9],
sino por el deseo que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.
Si una vez lo probáis, Sancho
dijo el duque, comeros heis las manos tras el gobierno [10], por ser dulcísima cosa el mandar y ser
obedecido. A buen seguro que cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será
sin duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen como quiera, y que le
duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado de serlo.
Señor replicó
Sancho, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.
Con vos me entierren [11], Sancho, que sabéis de todo
respondió el duque, y yo espero que seréis tal gobernador como vuestro
juicio promete; y quédese esto aquí, y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de
ir al gobierno de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que
habéis de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.
Vístanme dijo
Sancho como quisieren, que de cualquier manera que vaya vestido seré Sancho Panza.
Así es verdad dijo el
duque, pero los trajes se han de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa,
que no sería bien que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un
sacerdote. Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la
ínsula que os doy tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las
armas. |
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Letras respondió Sancho, pocas tengo, porque aun no sé el abecé [*], pero bástame tener el Christus
en la memoria para ser buen gobernador [12].
De las armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante [13].
Con tan buena memoria
dijo el duque, no podrá Sancho errar en nada.
En esto llegó don Quijote y,
sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que Sancho se había de partir a su gobierno,
con licencia del duque le tomó por la mano y se fue con él a su estancia, con intención
de aconsejarle cómo se había de haber en su oficio [14].
Entrados, pues, en su aposento,
cerró tras sí la puerta y hizo casi por fuerza que Sancho se sentase junto a él, y con
reposada voz le dijo:
Infinitas gracias doy al
cielo, Sancho amigo, de que antes y primero que yo haya encontrado con alguna buena dicha
te haya salido a ti a recebir y a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte
te tenía librada la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme [15], y tú, antes de tiempo, contra la ley
del razonable discurso, te vees premiado de tus deseos. Otros cohechan, importunan,
solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden, y llega otro y, sin
saber cómo ni cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y
aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. Tú,
que para mí sin duda alguna eres un porro, sin madrugar ni trasnochar y sin hacer
diligencia alguna, con solo el aliento que te ha tocado de la andante caballería, sin
más ni más te vees gobernador de una ínsula, como quien no dice nada. Todo esto digo,
¡oh Sancho!, para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que des
gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas, y después las darás a la grandeza
que en sí encierra la profesión de la caballería andante. Dispuesto, pues, el corazón
a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo!, atento a este tu Catón [16], que quiere aconsejarte y ser norte y
guía que te encamine y saque a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte,
que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones. |
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»[*]Primeramente, ¡oh hijo!,
has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría y siendo sabio no podrás
errar en nada [17].»Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres,
procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse
[18]. Del conocerte saldrá el no
hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey [19], que si esto haces, vendrá [*] a ser feos pies de la rueda
de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra [20].
Así es la verdad
respondió Sancho, pero fue cuando muchacho; pero después, algo hombrecillo,
gansos fueron los que guardé, que no puercos. Pero esto paréceme a mí que no hace al
caso, que no todos los que gobiernan vienen de casta de reyes [21].
Así es verdad replicó
don Quijote, por lo cual los no de principios nobles deben acompañar la gravedad
del cargo que ejercitan [*]
con una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración
maliciosa, de quien no hay estado que se escape [22].
»Haz gala, Sancho, de la humildad
de tu linaje [23], y no te desprecies de
decir que vienes de labradores [24],
porque viendo que no te corres [25],
ninguno se pondrá a correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador
soberbio. Inumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma
dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos [*], que te cansaran.
»Mira, Sancho: si tomas por medio a
la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que
padres y agüelos tienen [*]
príncipes y señores [26], porque la
sangre se hereda y la virtud se aquista [27],
y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.
»Siendo esto así, como lo es, que
si acaso [*] viniere a
verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no le deseches [*] ni le afrentes, antes le has
de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se
desprecie de lo que él hizo y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien
concertada [28]. |
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»Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de
mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural
rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar
una mujer rústica y tonta.
»Si acaso enviudares, cosa que
puede [*] suceder, y con el
cargo mejorares de consorte, no la tomes tal que te sirva de anzuelo y de caña de pescar,
y del no quiero de tu capilla [29],
porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar
cuenta el marido en la residencia universal [30],
donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho
cargo en la vida [31].
»Nunca te guíes por la ley del
encaje [32], que suele tener mucha cabida
con los ignorantes que presumen de agudos.
»Hallen en ti más compasión las
lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico [33].
»Procura descubrir la verdad por
entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del
pobre.
»Cuando pudiere y debiere tener
lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la
fama del juez riguroso que la del compasivo.
»Si acaso doblares la vara de la
justicia [34], no sea con el peso de la
dádiva, sino con el de la misericordia.
»Cuando te sucediere juzgar algún
pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas [*] en la verdad del caso.
»No te ciegue la pasión propia en
la causa ajena, que los yerros que en ella hicieres las más veces serán sin remedio, y
si le tuvieren, será a costa de tu crédito, y aun de tu hacienda. |
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»Si alguna mujer hermosa viniere [*] a pedirte justicia, quita
los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia
de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus
suspiros.
»Al que has de castigar con obras
no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la
añadidura de las malas razones.
»Al culpado que cayere debajo de tu
juridición considérale hombre [*] miserable [35], sujeto a las condiciones de la
depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la
contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque aunque los atributos de Dios todos son
iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la
justicia.
»Si estos preceptos y estas reglas sigues,
Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad
indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos,
vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te
alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos [*] las tiernas y delicadas
manos de tus terceros netezuelos [36].
Esto que hasta aquí te he dicho son documentos [*] que han de adornar tu
alma [37]; escucha ahora los que han de
servir para adorno del cuerpo.
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