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De
cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia
Real y verdaderamente, todos los que
gustan de semejantes historias como esta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su
autor primero, por la curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas della [1], sin dejar cosa, por menuda que fuese,
que no la sacase a luz distintamente. Pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones,
responde a las tácitas [*][2], aclara las dudas, resuelve los
argumentos; finalmente, los átomos del más curioso deseo manifiesta. ¡Oh autor
celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso!
Todos juntos y cada uno de por sí viváis siglos infinitos, para gusto y general
pasatiempo de los vivientes.
Dice, pues, la historia que así
como Sancho vio desmayada a la Dolorida, dijo:
Por la fe de hombre de bien
juro, y por el siglo de todos mis pasados los Panzas [3], que jamás he oído ni visto, ni mi amo
me ha contado, ni en su pensamiento ha cabido, semejante aventura como esta. Válgate mil
satanases, por no maldecirte por encantador y gigante [4], Malambruno, ¿y no hallaste otro género
de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo y no fuera mejor y a
ellas les estuviera más a cuento quitarles la mitad de las narices, de medio arriba,
aunque hablaran gangoso, que no ponerles barbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para
pagar a quien las rape.
Así es la verdad, señor
respondió una de las doce, que no tenemos hacienda para mondarnos, y, así,
hemos tomado algunas [*] de
nosotras por remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y
aplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como fondo de
mortero de piedra [5]; que puesto que hay
en Candaya mujeres que andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas [6] y hacer otros menjurjes tocantes a
mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamás quisimos admitirlas, porque las
más oliscan a terceras, habiendo dejado de ser primas [7]; y si por el señor don Quijote no somos
remediadas, con barbas nos llevarán a la sepultura. |
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Yo me pelaría las mías dijo don Quijote en tierra de moros [8], si no remediase las vuestras.
A este punto volvió de su desmayo
la Trifaldi y dijo:
El retintín desa promesa [9], valeroso caballero, en medio de mi
desmayo llegó a mis oídos y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos mis
sentidos; y, así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable, vuestra
graciosa promesa se convierta en obra.
Por mí no quedará [*]; respondió don
Quijote. Ved, señora, qué es lo que tengo de hacer, que el ánimo está muy pronto
para serviros [10].
Es el caso respondió la
Dolorida que desde aquí al reino de Candaya, si se va por tierra, hay cinco mil
leguas, dos más a menos; pero si se va por el aire y por la línea recta, hay tres mil y
[*] docientas y veinte y
siete. Es también de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al
caballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura harto mejor y con menos
malicias que las que son de retorno [11],
porque ha de ser aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres
robada a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la
frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza, que parece que los
mesmos diablos le llevan [12]. Este tal
caballo, según es tradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; prestósele
a Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes y robó, como se ha dicho, a
la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejando embobados a cuantos desde
la tierra los miraban; y no le prestaba sino a quien él quería o mejor se lo pagaba; y
desde el gran Pierres [*]
hasta ahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacado Malambruno con
sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus viajes, que los hace por
momentos [13] por diversas partes del
mundo, y hoy está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí [14]; y es lo bueno que el tal caballo ni
come ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por los aires [15] sin tener alas, que el que lleva encima
[*] puede llevar [*] una taza llena de agua
en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano y reposado [16], por lo cual la linda Magalona se
holgaba mucho de andar caballera en él. |
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A esto dijo Sancho:
Para andar reposado y llano,
mi rucio, puesto que no anda por los aires; pero por la tierra, yo le cutiré con cuantos
portantes hay en el mundo [17].
Riéronse todos, y la Dolorida
prosiguió:
Y este tal caballo, si es que
Malambruno quiere dar fin a nuestra desgracia, antes que sea media hora entrada la noche
estará en nuestra presencia, porque él me significó que la señal que me daría por
donde yo entendiese que había hallado el caballero que buscaba sería enviarme el caballo
donde fuese con comodidad y presteza.
¿Y cuántos caben en ese
caballo? preguntó Sancho.
La Dolorida respondió:
Dos personas, la una en la
silla y la otra en las ancas, y por la mayor parte estas tales dos personas son caballero
y escudero, cuando falta alguna robada doncella.
Querría yo saber, señora
Dolorida dijo Sancho, qué nombre tiene ese caballo.
El nombre respondió la
Dolorida no es como el caballo de Belerofonte [*], que se llamaba Pegaso,
ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni como el del furioso Orlando, cuyo
nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni
Frontino, como el de Rugero, ni Bootes ni Pirítoo [*], como dicen que se llaman
los del Sol [18], ni tampoco se llama
Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de los godos, entró en
la batalla donde perdió la vida y el reino [19].
Yo apostaré dijo
Sancho que pues no le han dado ninguno desos famosos nombres de caballos tan
conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo, Rocinante, que en ser propio excede a
todos los que se han nombrado [20]. |
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Así es respondió la barbada condesa, pero todavía le cuadra mucho,
porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño y con la
clavija que trae en la frente y con la ligereza con que camina; y, así, en cuanto al
nombre bien puede competir con el famoso Rocinante.
No me descontenta el nombre
replicó Sancho; pero ¿con qué freno o con qué jáquima se gobierna [21]?
Ya he dicho respondió
la Trifaldi que con la clavija, que volviéndola a una parte o a otra el caballero
que va encima le hace caminar como quiere, o ya por los aires, o ya rastreando y casi
barriendo la tierra, o por el medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las
acciones bien ordenadas [22].
Ya lo querría ver
respondió Sancho, pero pensar que tengo de subir en él, ni en la silla ni en
las ancas, es pedir peras al olmo [23].
¡Bueno es que apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la
mesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin cojín ni
almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las barbas a nadie: cada cual
se rape como más le viniere a cuento, que yo no pienso acompañar a mi señor en tan
largo viaje. Cuanto más que yo no debo de hacer al caso para el rapamiento destas barbas
como lo soy para el desencanto de mi señora Dulcinea.
Sí sois, amigo
respondió la Trifaldi, y tanto, que sin vuestra presencia entiendo que no
haremos nada.
¡Aquí del rey [24]! dijo Sancho. ¿Qué tienen
que ver los escuderos con las aventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama
de las que acaban y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen
los historiadores «El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero con ayuda de
fulano su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla...». Pero ¡que escriban a
secas «Don Paralipómenon de las Tres Estrellas [25] acabó la aventura de los seis vestiglos
[*]», sin nombrar la
persona de su escudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!
Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buen provecho le haga,
que yo me quedaré aquí en compañía de la duquesa mi señora, y podría ser que cuando
volviese hallase mejorada la causa de la señora Dulcinea en tercio y quinto [26], porque pienso en los ratos ociosos y
desocupados darme una tanda de azotes, que no me la cubra pelo [27]. |
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Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho, porque os lo
rogarán buenos [28], que no han de
quedar por vuestro inútil temor tan poblados los rostros destas señoras, que cierto
sería mal caso.
¡Aquí del rey otra vez!
replicó Sancho. Cuando esta caridad se hiciera por algunas doncellas
recogidas o por algunas niñas de la doctrina [29], pudiera el hombre aventurarse [*] a cualquier trabajo;
pero que lo sufra por quitar las barbas a dueñas, ¡mal año!, mas que las viese yo a
todas con barbas, desde la mayor hasta la menor y de la más melindrosa hasta la más
repulgada [30].
Mal estáis con las dueñas,
Sancho amigo dijo la duquesa, mucho os vais tras [*] la opinión [*] del boticario toledano;
pues a fe que no tenéis razón, que dueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de
dueñas, que aquí está mi doña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.
Mas que la diga Vuestra
Excelencia dijo Rodríguez [*], que Dios sabe la verdad
de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos las dueñas, también nos
parió nuestras madres [*][31] como a las otras mujeres; y pues Dios
nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo, y no a las
barbas de nadie.
Ahora bien, señora Rodríguez
dijo don Quijote, y señora Trifaldi y compañía, yo espero en el cielo que
mirará con buenos ojos vuestras cuitas y que [*] Sancho hará lo que yo
le mandare. ¡Ya viniese Clavileño y ya me viese con Malambruno!, que yo sé que no
habría navaja que con más facilidad rapase a vuestras mercedes como mi espada raparía
de los hombros la cabeza de Malambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre [32]. |
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¡Ay! dijo a esta sazón la Dolorida, con benignos ojos miren a vuestra
grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes, e infundan [*] en vuestro ánimo toda
prosperidad y valentía para ser escudo y amparo [*] del vituperoso y abatido
género dueñesco, abominado de boticarios, murmurado de escuderos y socaliñado de pajes
[33], que mal haya la bellaca que en la
flor de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña. ¡Desdichadas de nosotras
las dueñas, que aunque vengamos por línea recta, de varón en varón, del mismo Héctor
el troyano, no dejarán de echaros [*] un vos nuestras
señoras [34], si pensasen por ello ser
reinas! ¡Oh gigante Malambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus
promesas!, envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe; que si
entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura [35]!
Dijo esto con tanto [*] sentimiento la Trifaldi,
que sacó las lágrimas de los ojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de
Sancho, y propuso en su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del
mundo, si es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.
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