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Donde
se cuenta la que dio de su mala andanza [1]
la dueña Dolorida
Detrás de los tristes músicos comenzaron a
entrar por el jardín adelante hasta cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras,
todas vestidas de unos monjiles anchos, al parecer de anascote batanado [2], con unas tocas blancas de delgado
canequí [3], tan luengas, que solo el
ribete del monjil descubrían. Tras ellas venía la condesa Trifaldi, a quien traía de la
mano el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra bayeta por
frisar, que a venir frisada descubriera cada grano del grandor de un garbanzo de los
buenos de Martos [4]. La cola o falda, o
como llamarla quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de
tres pajes asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática figura con
aquellos tres ángulos acutos que las tres puntas formaban [5]; por lo cual cayeron todos los que la
falda puntiaguda miraron que [6] por ella
se debía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa «de las Tres
Faldas», y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se llamó [*] la condesa Lobuna, a causa
que se criaban en su condado muchos lobos, y que si como eran lobos fueran zorras, la
llamaran la condesa Zorruna, por ser costumbre en aquellas partes tomar los señores la
denominación de sus nombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero
esta condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el Trifaldi.
Venían las doce dueñas y la señora a paso de
procesión [7], cubiertos los rostros con
unos velos negros, y no trasparentes como el de Trifaldín, sino tan apretados, que
ninguna cosa se traslucían [*][8].
Así como acabó de parecer el dueñesco
escuadrón, el duque, la duquesa y don Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la
espaciosa procesión miraban [9]. Pararon
las doce dueñas y hicieron calle, por medio de la cual la Dolorida se adelantó, sin
dejarla de la mano Trifaldín; viendo lo cual el duque, la duquesa y don Quijote se
adelantaron obra de doce pasos a recebirla [10].
Ella, puesta [*] las rodillas
en el suelo [11], con voz antes basta y
ronca que sutil y delicada [*],
dijo: |
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Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este su criado, digo,
a esta su criada, porque, según soy de dolorida, no acertaré a responder a lo que debo [12], a causa que mi estraña y jamás vista
desdicha me ha llevado el entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, pues
cuanto más le busco, menos le hallo.Sin
él estaría respondió el duque, señora condesa, el que no descubriese por
vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es merecedor de toda la nata de la
cortesía y de toda la flor de las bien criadas ceremonias [13].
Y levantándola de la mano la llevó a sentar [*] en una silla junto a la
duquesa, la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento.
Don Quijote callaba y Sancho andaba muerto por
ver el rostro de la Trifaldi y de alguna de sus muchas dueñas, pero no fue posible hasta
que ellas de su grado y voluntad se descubrieron.
Sosegados todos y puestos en silencio, estaban
esperando quién le había de romper, y fue la dueña Dolorida, con estas palabras:
Confiada estoy, señor poderosísimo,
hermosísima señora y discretísimos circunstantes, que ha de hallar mi cuitísima [14] en vuestros valerosísimos pechos
acogimiento, no menos plácido que generoso y doloroso, porque ella es tal, que es
bastante a enternecer los mármoles y a ablandar los diamantes y a molificar los aceros de
los más endurecidos corazones del mundo [15];
pero antes que salga a la plaza de vuestros oídos (por no decir orejas) [16], quisiera que me hicieran sabidora si
está en este gremio, corro y compañía el acendradísimo caballero don Quijote de la
Manchísima y su escuderísimo Panza.
El Panza antes que otro respondiese,
dijo Sancho aquí está y el don Quijotísimo asimismo, y, así, podréis,
dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis [17], que todos estamos prontos y
aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos. |
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En esto se levantó don Quijote y, encaminando sus razones a la Dolorida dueña, dijo:Si vuestras cuitas, angustiada señora, se pueden
prometer alguna esperanza [*]
de remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí están las mías,
que, aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestro servicio. Yo soy don Quijote
de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda suerte de menesterosos [18]; y siendo esto así, como lo es, no
habéis menester, señora, captar benevolencias, ni buscar preámbulos, sino a la llana y
sin rodeos [19] decid [*] vuestros males, que oídos os
escuchan que sabrán, si no remediarlos, dolerse dellos.
Oyendo lo cual la Dolorida dueña hizo señal de
querer arrojarse a los pies de don Quijote, y aun se arrojó, y pugnando por abrazárselos
decía:
Ante [*] estos pies y piernas me arrojo,
¡oh caballero invicto!, por ser los que son basas y colunas de la andante caballería:
estos pies quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia,
¡oh valeroso andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas de
los Amadises [20], Esplandianes y
Belianises!
Y dejando a don Quijote, se volvió a Sancho
Panza y, asiéndole de las manos, le dijo:
¡Oh tú, el más leal escudero que jamás
sirvió a caballero andante en los presentes ni en los pasados siglos, más luengo en
bondad que la barba de Trifaldín, mi acompañador, que está presente! Bien puedes
preciarte que en servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de
caballeros que han tratado las armas en el mundo [21]. Conjúrote, por lo que debes a tu
bondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luego favorezca a esta
humilísima y desdichadísima condesa. |
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A lo que respondió Sancho:De que
sea mi bondad, señora mía [*], tan larga y grande
como la barba de vuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso: barbada y con bigotes
tenga yo mi alma cuando desta vida vaya [22],
que es lo que importa, que de las barbas de acá poco o nada me curo [23], pero sin esas socaliñas ni plegarias [24] yo rogaré a mi amo, que sé que me [*] quiere bien, y más agora
que me ha menester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todo lo
que pudiere. Vuesa merced desembaúle su cuita [25], y cuéntenosla, y deje hacer, que todos
nos entenderemos.
Reventaban de risa con estas cosas los duques,
como aquellos que habían tomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la
agudeza y disimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar [*], dijo:
Del famoso reino de Candaya, que cae entre
la gran Trapobana y el mar del Sur, dos leguas más allá del cabo Comorín [26], fue señora la reina doña Maguncia,
viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio tuvieron y procrearon a
la infanta Antonomasia, heredera del reino [27],
la cual dicha infanta Antonomasia se crió y creció debajo de mi tutela y doctrina, por
ser yo la más antigua y la más principal dueña de su madre. Sucedió, pues, que yendo
días y viniendo días la niña Antonomasia llegó a edad de catorce años con tan gran
perfeción de hermosura, que no la pudo subir más de punto la naturaleza. ¡Pues digamos
agora que la discreción era mocosa [28]!
Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si ya los hados
invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre de la vida [29]. Pero no habrán, que no han de permitir
los cielos que se haga tanto mal a la tierra como sería llevarse en agraz el racimo del
más hermoso veduño del suelo [30]. De
esta hermosura, y no como se debe encarecida de mi torpe lengua, se enamoró un número
infinito de príncipes así naturales como estranjeros, entre los cuales osó levantar los
pensamientos al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,
confiado en su mocedad y en su bizarría y en sus muchas habilidades y gracias, y
facilidad y felicidad de ingenio. Porque hago saber a vuestras grandezas, si no lo tienen
por enojo, que tocaba una guitarra, que la hacía hablar, y más que era poeta y gran
bailarín, y sabía hacer una jaula de pájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la
vida, cuando se viera en estrema necesidad [31];
que todas estas partes y gracias son bastantes a derribar una montaña, no que una
delicada doncella [32]. Pero toda su
gentileza y buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna parte
para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras [33] no usara del remedio de rendirme a mí
primero. Primero quiso el malandrín y desalmado vagamundo granjearme la voluntad y
cohecharme el gusto [34], para que yo,
mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. En resolución, él me
aduló el entendimiento y me rindió la voluntad con no sé qué dijes y brincos que me
dio [35]; pero lo que más me hizo
postrar y dar conmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche desde
una reja que caía a una callejuela donde él estaba, que si mal no me acuerdo decían:
De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere
y por más tormento quiere
que se sienta y no se diga [36].
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Parecióme la trova de perlas, y su voz, de almíbar [37], y después acá, digo, desde entonces,
viendo el mal en que caí por estos y otros semejantes versos, he considerado que de las
buenas y concertadas repúblicas se habían de desterrar los poetas, como aconsejaba
Platón [38], a lo menos los lascivos,
porque escriben unas coplas, no como las del marqués de Mantua [39], que entretienen y hacen llorar los
niños y a las mujeres, sino unas agudezas que a modo de blandas espinas os atraviesan el
alma y como rayos os hieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cantó:
Ven, muerte, tan escondida,
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me torne a dar la vida [40].
Y deste jaez otras coplitas y estrambotes [41], que cantados encantan y escritos
suspenden. Pues ¿qué cuando se humillan a componer un género de verso que en Candaya se
usaba entonces, a quien ellos llamaban «seguidillas [42]»? Allí era el brincar de las almas, el
retozar de la risa, el desasosiego de los cuerpos y finalmente el azogue de todos los
sentidos. Y, así, digo, señores míos, que los tales trovadores con justo título los
debían desterrar a las islas de los Lagartos [43]. Pero no tienen ellos la culpa, sino los
simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera la buena dueña que
debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, ni había de creer ser verdad
aquel decir «vivo muriendo, ardo en el yelo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza,
pártome y quédome [44]», con otros
imposibles desta ralea, de que están sus escritos llenos. Pues ¿qué cuando prometen el
fénix de Arabia, la corona de Ariadna [*], los caballos del Sol, del
Sur las perlas, de Tíbar el oro [*]
y de Pancaya el bálsamo [45]? Aquí es
donde ellos alargan más la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jamás piensan ni
pueden cumplir. Pero ¿dónde me divierto [46]?
¡Ay de mí, desdichada! ¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas
faltas, teniendo tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, otra vez, sin ventura!, que no
me rindieron los versos, sino mi simplicidad, no me ablandaron las músicas, sino mi
liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el camino y desembarazaron
la senda a los pasos de don Clavijo, que este es el nombre del referido caballero. Y así,
siendo yo la medianera [47], él se
halló una y muy muchas veces en la estancia de la por mí y no por él engañada
Antonomasia, debajo del título de verdadero esposo; que, aunque pecadora, no consintiera
que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela de sus zapatillas [48]. ¡No, no, eso no: el matrimonio ha de
ir adelante en cualquier negocio destos que por mí se tratare! Solamente hubo un daño en
este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo un caballero particular, y
la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho, del reino. Algunos días estuvo
encubierta y solapada en la sagacidad de mi recato esta maraña, hasta que me pareció que
la iba descubriendo a más andar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo
temor nos hizo entrar en bureo a los tres [49],
y salió dél que antes que se saliese a luz el mal recado don Clavijo pidiese ante el
vicario por su mujer a Antonomasia, en fe de una cédula que de ser su esposa la infanta
le había hecho [50], notada por mi
ingenio con tanta fuerza [51], que las de
Sansón no pudieran romperla. Hiciéronse las diligencias, vio el vicario la cédula,
tomó el tal vicario la confesión a la señora, confesó de plano, mandóla depositar en
casa de un alguacil de corte muy honrado... [52]
A esta sazón dijo Sancho:
También en Candaya hay alguaciles de
corte, poetas y seguidillas, por lo que puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno.
Pero dése vuesa merced priesa, señora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el
fin desta tan larga historia.
Sí haré respondió la condesa.
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