 |
|
Pues en verdad, amigo Sancho
dijo el duque, que si no os ablandáis más que una breva madura [44], que no habéis de empuñar el gobierno
[45]. ¡Bueno sería que yo enviase a mis
insulanos un gobernador cruel, de entrañas pedernalinas, que no se doblega a las
lágrimas de las afligidas doncellas, ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos
encantadores y sabios! En resolución, Sancho, o vos habéis de ser azotado [*] o os han de azotar, o no
habéis de ser gobernador.
Señor respondió
Sancho, ¿no se me darían dos días de término para pensar lo que me está [*] mejor?
No, en ninguna manera
dijo Merlín. Aquí, en este instante y en este lugar, ha de quedar asentado
lo que ha de ser deste negocio: o Dulcinea volverá a la cueva de Montesinos y a su
prístino estado de labradora [46], o ya,
en el ser que está, será llevada a los elíseos campos [47], donde estará esperando se cumpla el
número del vápulo [48].
Ea, buen Sancho dijo la
duquesa, buen ánimo y buena correspondencia al pan que habéis comido del señor
don Quijote, a quien todos debemos servir y agradar por su buena condición y por sus
altas caballerías. Dad el sí, hijo, desta azotaina, y váyase el diablo para diablo [49] y el temor para mezquino, que un buen
corazón quebranta mala ventura, como vos bien sabéis [50].
A estas razones respondió con estas
disparatadas Sancho, que, hablando con Merlín, le preguntó: |
|
Dígame vuesa merced, señor Merlín: cuando llegó aquí el diablo correo y dio [*] a mi amo un recado del señor
Montesinos, mandándole de su parte que le esperase aquí, porque venía a dar orden de
que la señora doña Dulcinea del Toboso se desencantase, y hasta agora no hemos visto a
Montesinos ni a sus semejas [51]. A lo cual respondió Merlín:
El Diablo, amigo Sancho, es un
ignorante y un grandísimo bellaco: yo le envié en busca de vuestro amo, pero no con
recado de Montesinos, sino mío, porque Montesinos se está en su cueva entendiendo [*], o, por mejor decir,
esperando su desencanto, que aún le falta la cola por desollar [52]. Si os debe algo o tenéis alguna cosa
que negociar con él, yo os lo [*]
traeré y pondré donde vos más quisiéredes. Y por agora acabad de dar el sí desta
diciplina y creedme que os será de mucho provecho, así para el alma como para el cuerpo:
para el alma, por la caridad con que la haréis; para el cuerpo [*],
porque yo sé que sois de complexión sanguínea, y no os podrá hacer daño sacaros un
poco de sangre [53].
Muchos médicos hay en el
mundo: hasta los encantadores son médicos replicó Sancho. Pero pues todos me
lo dicen, aunque yo no me lo veo, digo que soy contento [54] de darme los tres mil y trecientos
azotes, con condición [*]
que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se me ponga tasa en los
días ni en el tiempo, y yo procuraré salir de la deuda lo más presto que sea posible,
porque goce el mundo de la hermosura [*] de la señora doña
Dulcinea del Toboso, pues según parece, al revés de lo que yo pensaba, en efecto es
hermosa. Ha de ser también condición [*] que no he de
estar [*] obligado a
sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotes fueren de mosqueo [55], se me han de tomar en cuenta. Iten [56], que si me errare en el número, el
señor Merlín, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de contarlos y de avisarme los que
me faltan o los [*] que me
sobran. |
|
De las sobras [*]
no habrá que avisar respondió Merlín, porque llegando al cabal número,
luego quedará de improviso desencantada la señora Dulcinea [57], y vendrá a buscar, como agradecida, al
buen Sancho, y a darle gracias [*]
y aun premios por la buena obra. Así que no hay de qué tener escrúpulo de las sobras ni
de las faltas, ni el cielo permita que yo engañe a nadie, aunque sea en un pelo de la
cabeza.¡Ea, pues, a la
mano de Dios [58]! dijo
Sancho. Yo consiento en mi mala ventura: digo que yo acepto la penitencia, con las
condiciones apuntadas.
Apenas dijo estas últimas palabras
Sancho, cuando volvió a sonar la música de las chirimías y se volvieron a disparar
infinitos arcabuces, y don Quijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en
la frente y en las mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron
muestras de haber recebido grandísimo contento, y el carro comenzó a caminar; y al pasar
la hermosa Dulcinea, inclinó la cabeza a los duques y hizo una gran reverencia a Sancho.
Y ya en esto se venía a más andar
el alba, alegre y risueña; las florecillas de los campos se descollaban y erguían [59], y los líquidos cristales de los
arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas, iban a dar tributo a los ríos
que los esperaban [*].
La tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sí y todos
juntos daban manifiestas señales que el día que al aurora venía pisando las faldas
había de ser sereno y claro [60]. Y
satisfechos los duques de la caza, y de haber conseguido su intención tan discreta y
felicemente, se volvieron a su castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas [61], que para ellos no había veras que más
gusto les diesen.
|
|
|
|