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Don Quijote de la Mancha

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Segunda parte del ingenioso caballero
don Quijote de la Mancha

Capítulo XXXV+

 

—Pues en verdad, amigo Sancho —dijo el duque—, que si no os ablandáis más que una breva madura [44], que no habéis de empuñar el gobierno [45]. ¡Bueno sería que yo enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entrañas pedernalinas, que no se doblega a las lágrimas de las afligidas doncellas, ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios! En resolución, Sancho, o vos habéis de ser azotado [*] o os han de azotar, o no habéis de ser gobernador.

—Señor —respondió Sancho—, ¿no se me darían dos días de término para pensar lo que me está [*] mejor?

—No, en ninguna manera —dijo Merlín—. Aquí, en este instante y en este lugar, ha de quedar asentado lo que ha de ser deste negocio: o Dulcinea volverá a la cueva de Montesinos y a su prístino estado de labradora [46], o ya, en el ser que está, será llevada a los elíseos campos [47], donde estará esperando se cumpla el número del vápulo [48].

—Ea, buen Sancho —dijo la duquesa—, buen ánimo y buena correspondencia al pan que habéis comido del señor don Quijote, a quien todos debemos servir y agradar por su buena condición y por sus altas caballerías. Dad el sí, hijo, desta azotaina, y váyase el diablo para diablo [49] y el temor para mezquino, que un buen corazón quebranta mala ventura, como vos bien sabéis [50].

A estas razones respondió con estas disparatadas Sancho, que, hablando con Merlín, le preguntó:



—Dígame vuesa merced, señor Merlín: cuando llegó aquí el diablo correo y dio [*] a mi amo un recado del señor Montesinos, mandándole de su parte que le esperase aquí, porque venía a dar orden de que la señora doña Dulcinea del Toboso se desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos ni a sus semejas [51].

A lo cual respondió Merlín:

—El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandísimo bellaco: yo le envié en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino mío, porque Montesinos se está en su cueva entendiendo [*], o, por mejor decir, esperando su desencanto, que aún le falta la cola por desollar [52]. Si os debe algo o tenéis alguna cosa que negociar con él, yo os lo [*] traeré y pondré donde vos más quisiéredes. Y por agora acabad de dar el sí desta diciplina y creedme que os será de mucho provecho, así para el alma como para el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la haréis; para el cuerpo [*], porque yo sé que sois de complexión sanguínea, y no os podrá hacer daño sacaros un poco de sangre [53].

—Muchos médicos hay en el mundo: hasta los encantadores son médicos —replicó Sancho—. Pero pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo, digo que soy contento [54] de darme los tres mil y trecientos azotes, con condición [*] que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se me ponga tasa en los días ni en el tiempo, y yo procuraré salir de la deuda lo más presto que sea posible, porque goce el mundo de la hermosura [*] de la señora doña Dulcinea del Toboso, pues según parece, al revés de lo que yo pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser también condición [*] que no he de estar [*] obligado a sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotes fueren de mosqueo [55], se me han de tomar en cuenta. Iten [56], que si me errare en el número, el señor Merlín, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de contarlos y de avisarme los que me faltan o los [*] que me sobran.



—De las sobras [*] no habrá que avisar —respondió Merlín—, porque llegando al cabal número, luego quedará de improviso desencantada la señora Dulcinea [57], y vendrá a buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias [*] y aun premios por la buena obra. Así que no hay de qué tener escrúpulo de las sobras ni de las faltas, ni el cielo permita que yo engañe a nadie, aunque sea en un pelo de la cabeza.

—¡Ea, pues, a la mano de Dios [58]! —dijo Sancho—. Yo consiento en mi mala ventura: digo que yo acepto la penitencia, con las condiciones apuntadas.

Apenas dijo estas últimas palabras Sancho, cuando volvió a sonar la música de las chirimías y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y don Quijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en las mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron muestras de haber recebido grandísimo contento, y el carro comenzó a caminar; y al pasar la hermosa Dulcinea, inclinó la cabeza a los duques y hizo una gran reverencia a Sancho.

Y ya en esto se venía a más andar el alba, alegre y risueña; las florecillas de los campos se descollaban y erguían [59], y los líquidos cristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas, iban a dar tributo a los ríos que los esperaban [*]. La tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sí y todos juntos daban manifiestas señales que el día que al aurora venía pisando las faldas había de ser sereno y claro [60]. Y satisfechos los duques de la caza, y de haber conseguido su intención tan discreta y felicemente, se volvieron a su castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas [61], que para ellos no había veras que más gusto les diesen.


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