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En esto se cerró más la noche y
comenzaron a discurrir muchas luces por el bosque, bien así como discurren por el cielo
las exhalaciones secas de la tierra que parecen a nuestra vista estrellas que corren [34]. Oyóse asimismo un espantoso ruido, al
modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que suelen traer los carros de bueyes, de
cuyo chirrío áspero y continuado se dice que huyen los lobos y los osos, si los hay por
donde pasan [35]. Añadióse a toda esta
tempestad otra que las aumentó todas, que fue que parecía verdaderamente que a las
cuatro partes del bosque se estaban dando a un mismo tiempo cuatro rencuentros o batallas,
porque allí sonaba el duro estruendo de espantosa artillería, acullá se disparaban
infinitas escopetas, cerca casi sonaban las voces [*] de los combatientes, lejos
se reiteraban los lililíes agarenos [36].
Finalmente, las cornetas, los
cuernos, las bocinas, los clarines, las trompetas, los tambores, la artillería, los
arcabuces, y sobre todo el temeroso ruido de los carros [37], formaban todos juntos un son tan
confuso y tan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo su corazón
para sufrirle; pero el de Sancho vino a tierra y dio con él desmayado en las faldas de la
duquesa [38], la cual le recibió en
ellas y a gran priesa mandó que le echasen agua en el rostro. Hízose así, y él volvió
en su acuerdo [39] a tiempo que ya un
carro de las rechinantes ruedas llegaba a aquel puesto.
Tirábanle cuatro perezosos bueyes,
todos cubiertos de paramentos negros [40];
en cada cuerno traían atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del carro
venía hecho un asiento alto, sobre el cual venía sentado un venerable viejo con una
barba más blanca que la mesma nieve, y tan luenga, que le pasaba de la cintura; su
vestidura era una ropa larga de negro bocací [41], que por venir el carro lleno de
infinitas luces se podía bien divisar y discernir todo lo que en él venía. Guiábanle
dos feos demonios vestidos del mesmo bocací, con tan feos rostros, que Sancho,
habiéndolos visto una vez, cerró los ojos por no verlos otra. Llegando, pues, el carro a
igualar al puesto, se levantó de su alto asiento el viejo venerable y, puesto en pie,
dando una gran voz dijo:
Yo soy el sabio Lirgandeo. |
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Y pasó el carro adelante, sin hablar más palabra. Tras este pasó otro carro de la misma
manera con otro viejo entronizado, el cual, haciendo que el carro se detuviese, con voz no
menos grave que el otro dijo:
Yo soy el sabio Alquife, el
grande amigo de Urganda la Desconocida.
Y pasó adelante.
Luego, por el mismo continente [42], llegó otro carro, pero el que venía
sentado en el trono no era viejo como los demás, sino hombrón robusto y de mala
catadura; el cual, al llegar, levantándose en pie como los otros, dijo con voz más ronca
y más endiablada:
Yo soy Arcalaús el encantador
[43], enemigo mortal de Amadís de Gaula
y de toda su parentela.
Y pasó adelante. Poco desviados de
allí hicieron alto estos tres carros, y cesó el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se
oyó otro, no ruido [*], sino un son
de una suave y concertada música formado, con que Sancho se alegró, y lo tuvo a buena
señal, y, así, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un paso se apartaba:
Señora, donde hay música no
puede haber cosa mala [44].
Tampoco donde hay luces y
claridad respondió la duquesa.
A lo que replicó Sancho:
Luz da el fuego, y claridad
las hogueras, como lo vemos en las que nos cercan y bien podría ser que nos abrasasen;
pero la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.
Ello dirá dijo don
Quijote, que todo lo escuchaba.
Y dijo bien, como se muestra en el capítulo
siguiente.
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