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De
la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que
se lea y de que se note [1]
Cuenta, pues, la historia, que
Sancho no durmió aquella siesta, sino que, por cumplir su palabra, vino en comiendo a ver
a la duquesa, la cual, con el gusto que tenía de oírle, le hizo sentar junto a sí en
una silla baja, aunque Sancho, de puro bien [*] criado, no quería sentarse [2]; pero la duquesa le dijo que se sentase
como gobernador y hablase como escudero, puesto que por entrambas cosas merecía el mismo
escaño del Cid Ruy Díaz Campeador [3].
Encogió Sancho los hombros,
obedeció y sentóse, y todas las doncellas y dueñas de la duquesa le rodearon [*] atentas, con grandísimo
silencio, a escuchar lo que diría; pero la duquesa fue la que habló primero, diciendo:
Ahora que estamos solos y que
aquí no nos oye nadie, querría yo que el señor gobernador me asolviese ciertas dudas
que tengo [4], nacidas de la historia que
del gran don Quijote anda ya impresa. Una de las cuales dudas es que pues el buen Sancho
nunca vio a Dulcinea [*],
digo, a la señora Dulcinea del Toboso, ni le llevó la carta del señor don Quijote,
porque se quedó en el libro de memoria en Sierra Morena [5], cómo se atrevió a fingir la respuesta
y aquello de que la halló ahechando trigo, siendo todo burla y mentira, y tan en daño de
la buena opinión de la sin par Dulcinea, y cosas todas [*] que no vienen bien con
la calidad y fidelidad de los buenos escuderos. |
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A estas razones, sin responder con alguna, se levantó [*] Sancho de la silla, y con
pasos quedos, el cuerpo agobiado [6] y el
dedo puesto sobre los labios, anduvo por toda la sala levantando los doseles; y luego esto
hecho, se volvió a sentar [*]
y dijo:
Ahora, señora mía, que he
visto que no nos escucha nadie de solapa [7],
fuera de los circunstantes, sin temor ni sobresalto responderé a lo que se me ha
preguntado y a todo aquello que se me preguntare. Y lo primero que digo es que yo tengo a
mi señor don Quijote por loco rematado, puesto que [*] algunas veces dice cosas que a
mi parecer, y aun de todos aquellos que le escuchan, son tan discretas y por tan buen
carril encaminadas, que el mesmo Satanás no las podría decir mejores; pero, con todo
esto, verdaderamente y sin escrúpulo a mí se me ha asentado que es un mentecato. Pues
como yo tengo esto en el magín, me atrevo a hacerle creer lo que no lleva pies ni cabeza
[8], como fue aquello de la respuesta de
la carta, y lo de habrá seis o ocho días, que aún no está en historia [9], conviene a saber: lo del encanto de mi
señora doña [*] Dulcinea,
que le he dado a entender que está encantada, no siendo más verdad que por los cerros de
Úbeda [10].
Rogóle la duquesa que le contase
aquel [*] encantamento o
burla, y Sancho se lo contó todo del mesmo modo que había pasado, de que no poco gusto
recibieron los oyentes; y prosiguiendo en su plática, dijo la duquesa:
De lo que el buen Sancho me ha
contado me anda brincando un escrúpulo en el alma, y un cierto susurro llega a mis
oídos, que me dice: «Pues don Quijote de la Mancha es loco, menguado y mentecato, y
Sancho Panza su escudero lo conoce, y, con todo eso, le sirve y le sigue y va atenido a
las vanas promesas suyas, sin duda alguna debe de ser él más loco y tonto que su amo; y
siendo esto así, como lo es, mal contado te será [11], señora duquesa, si al tal Sancho Panza
le das ínsula que gobierne, porque el que no sabe gobernarse a sí ¿cómo sabrá
gobernar a otros [12]?». |
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Par Dios, señora dijo Sancho, que ese escrúpulo viene con parto
derecho [13]; pero dígale vuesa merced
que hable claro, o como quisiere, que yo conozco que dice verdad, que si yo fuera
discreto, días ha que había de haber dejado a mi amo. Pero esta fue mi suerte y esta mi
malandanza: no puedo más, seguirle tengo; somos de un mismo lugar, he comido su pan,
quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel, y, así, es
imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadón [14]. Y si vuestra altanería no quisiere que
se me dé el prometido gobierno, de menos me hizo Dios [15], y podría ser que el no dármele
redundase en pro de mi conciencia, que, maguera tonto, se me entiende aquel refrán [16] de «por su mal le nacieron alas a la
hormiga [17]», y aun podría ser que se
fuese más aína Sancho escudero al cielo [18]
que no Sancho gobernador. Tan buen pan hacen aquí como en Francia [19], y de noche todos los gatos son pardos,
y asaz de desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado, y no hay
estómago que sea un palmo mayor que otro, el cual se puede llenar, como suele decirse, de
paja y de heno; y las avecitas del campo tienen a Dios por su proveedor y despensero, y
más calientan cuatro varas de paño de Cuenca que otras cuatro de límiste de Segovia [20], y al dejar este mundo y meternos la
tierra adentro por tan estrecha senda va el príncipe como el jornalero, y no ocupa más
pies de tierra el cuerpo del papa que el del sacristán, aunque sea más alto el uno que
el otro, que al entrar en el hoyo todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y
encoger, mal que nos pese y a buenas noches [21].
Y torno a decir que si vuestra señoría no me quisiere dar la ínsula por tonto, yo
sabré no dárseme nada por discreto; y yo he oído decir que detrás de la cruz está el
diablo, y que no es oro todo lo que reluce, y que de entre los bueyes, arados y coyundas
sacaron al labrador Bamba para ser rey de España [22], y de entre los brocados, pasatiempos y
riquezas sacaron a Rodrigo para ser comido de culebras, si es que las trovas de los
romances antiguos no mienten.
¡Y cómo que no mienten [23]! dijo a esta sazón doña
Rodríguez la dueña, que era una de las escuchantes, que un romance hay que dice
que metieron al rey Rodrigo vivo vivo en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y
que de allí a dos días dijo el rey desde dentro de la tumba, con voz doliente y baja:
Ya me comen, ya me comen
por do más pecado había [24];
y según esto mucha razón tiene
este señor en decir que quiere más ser [*] labrador que rey, si
le han de comer sabandijas [25]. |
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No pudo la duquesa tener la risa oyendo la simplicidad de su dueña, ni dejó de admirarse
en oír las razones y refranes de Sancho, a quien dijo:
Ya sabe el buen Sancho que lo
que una vez promete un caballero procura cumplirlo, aunque le cueste la vida. El duque mi
señor y marido, aunque no es de los andantes [26], no por eso deja de ser caballero, y,
así, cumplirá la palabra de la prometida ínsula, a pesar de la invidia y de la malicia
del mundo. Esté Sancho de buen ánimo, que cuando menos lo piense se verá sentado en la
silla de su ínsula y en la de su estado, y empuñará su gobierno, que con otro de
brocado de tres altos lo deseche [27]. Lo
que yo le encargo es que mire cómo gobierna sus vasallos, advirtiendo que todos son
leales [*] y bien nacidos.
Eso de gobernarlos bien
respondió Sancho no hay para qué encargármelo, porque yo soy caritativo de
mío y tengo compasión de los pobres, y a quien cuece y amasa, no le hurtes hogaza [28]; y para mi santiguada que no me han de
echar dado falso [29]: soy perro viejo y
entiendo todo tus, tus [30], y sé
despabilarme a sus tiempos [31], y no
consiento que me anden musarañas ante los ojos [32], porque sé dónde me aprieta el zapato;
dígolo porque los buenos tendrán conmigo mano y concavidad [33], y los malos, ni pie ni entrada [34]. Y paréceme a mí que en esto de los
gobiernos todo es comenzar, y podría ser que a quince días de gobernador me comiese las
manos tras [*] el oficio [35] y supiese más dél que de la labor del
campo, en que me he criado.
Vos tenéis razón [*], Sancho dijo la
duquesa, que nadie nace enseñado [36],
y de los hombres se hacen los obispos [37],
que no de las piedras. Pero volviendo a la plática que poco ha tratábamos del encanto de
la señora Dulcinea, tengo por cosa cierta y más que averiguada que aquella imaginación
que Sancho tuvo de burlar a su señor y darle a entender que la labradora era Dulcinea, y
que si su señor no la conocía, debía de ser por estar encantada, toda fue invención de
alguno de los encantadores que al señor don Quijote persiguen. Porque real y
verdaderamente yo sé de buena parte [38]
que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso, y que el
buen Sancho, pensando ser el engañador, es el engañado, y no hay poner más duda en esta
verdad que en las cosas que nunca vimos [39];
y sepa el señor Sancho Panza que también tenemos acá encantadores que nos quieren bien,
y nos dicen lo que pasa por el mundo pura y sencillamente [*], sin enredos ni
máquinas [40], y créame Sancho que la
villana brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que está encantada como la madre que la
parió, y cuando menos nos pensemos, la habemos de ver en su propia figura, y entonces
saldrá Sancho del engaño en que vive. |
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Bien puede ser todo eso dijo Sancho Panza, y agora quiero creer lo que
mi amo cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a la señora
Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y hábito que yo dije que la había visto cuando la
encanté por solo mi gusto; y todo debió de ser al revés, como vuesa merced, señora
mía, dice, porque de mi ruin ingenio no se puede ni debe presumir que fabricase en un
instante tan agudo embuste, ni creo yo que mi amo es tan loco, que con tan flaca y magra
persuasión como la mía creyese una cosa tan fuera de todo término. Pero, señora, no
por esto será bien que vuestra bondad me tenga por malévolo, pues no está obligado un
porro como yo a taladrar los pensamientos y malicias de los pésimos encantadores: yo
fingí aquello por escaparme de las riñas de mi señor don Quijote, y no con intención
de ofenderle; y si ha salido al revés, Dios está en el cielo, que juzga los corazones [41].
Así es la verdad dijo
la duquesa, pero dígame agora Sancho qué es esto que dice de la cueva de
Montesinos, que gustaría saberlo.
Entonces Sancho Panza le contó
punto por punto lo que queda dicho acerca de la tal aventura. Oyendo lo cual la duquesa,
dijo:
Deste suceso se puede inferir
que pues el gran don Quijote dice que vio allí a la mesma labradora que Sancho vio a la
salida del Toboso, sin duda es Dulcinea, y que andan por aquí los encantadores muy listos
y demasiadamente curiosos [42].
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