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De
la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos
Levantado, pues, en pie don Quijote,
temblando de los pies a la cabeza como azogado, con presurosa y turbada lengua dijo:
El lugar donde estoy, y la
presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa
merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como
por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer
[1], que son la lengua, entraré con la
mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos
que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bienintencionadas otras circunstancias
requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme reprehendido en público y tan
ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión [2], pues las primeras [3] mejor asientan sobre la blandura que
sobre la aspereza, y no es bien que sin [*] tener
conocimiento del pecado que se reprehende llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y
tonto [4]. Si no, dígame vuesa merced [*] por cuál de las
mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera y me manda que me vaya a mi casa
a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o
los tengo. ¿No hay más sino a trochemoche [5]
entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y habiéndose criado algunos en la
estrecheza de algún pupilaje [6], sin
haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito,
meterse de rondón [7] a dar leyes a la
caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asumpto vano o es
tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos dél,
sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad [8]? Si me tuvieran por tonto los caballeros,
los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta inreparable
[*]; pero de que me
tengan por sandio los estudiantes [9],
que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite:
caballero soy, y caballero he de morir, si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo
de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la
hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de
mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio
desprecio la hacienda, pero no la honra [10].
Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y
atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros
andantes lo sean, y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos
continentes [11]. Mis intenciones siempre
las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto
entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo
vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes. |
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¡Bien, por Dios! dijo Sancho. No diga más vuestra merced, señor y amo
mío, en su abono, porque no hay más que decir, ni más que pensar, ni más que
perseverar en el mundo [12]. Y más que
negando este señor, como ha negado, que no ha habido en el mundo, ni los hay, caballeros
andantes, ¿qué mucho que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho?
¿Por ventura dijo el
eclesiástico sois vos, hermano, aquel Sancho Panza que dicen, a quien vuestro amo
tiene prometida una ínsula?
Sí soy respondió
Sancho, y soy quien la merece tan bien [*] como otro cualquiera; soy
quien «júntate a los buenos, y serás uno de ellos», y soy yo de aquellos «no con
quien naces, sino con quien paces», y de los «quien a buen árbol se arrima, buena
sombra le cobija [13]». Yo me he
arrimado a buen señor, y ha muchos meses que ando en [*] su compañía, y he de ser
otro como él [14], Dios queriendo; y
viva él y viva yo, que ni a él le faltarán [*] imperios que mandar, ni a
mí ínsulas que gobernar.
No, por cierto, Sancho amigo
dijo a esta sazón el duque, que yo, en nombre del señor don Quijote, os
mando el gobierno de una que tengo de nones [15],
de no pequeña calidad.
Híncate de rodillas [*], Sancho dijo don
Quijote, y besa los pies a Su Excelencia por la merced que te ha hecho.
Hízolo así Sancho, lo cual visto
por el eclesiástico, se levantó de la mesa [*] mohíno además [16], diciendo:
Por el hábito que tengo que
estoy por decir que es tan sandio Vuestra Excelencia como estos pecadores. ¡Mirad si no
han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras [17]! Quédese Vuestra Excelencia con ellos,
que en tanto que estuvieren en casa, me estaré yo en la mía, y me escusaré de
reprehender lo que no puedo remediar. |
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Y sin decir más ni comer más se fue, sin que fuesen parte a detenerle los ruegos de los
duques, aunque el duque no le dijo mucho, impedido de la risa que su impertinente cólera
le había causado; acabó de reír, y dijo a don Quijote:
Vuesa merced, señor Caballero
de los Leones, ha respondido por sí tan altamente, que no le queda cosa por satisfacer [*] deste que aunque parece
agravio, no lo es en ninguna manera, porque así como no agravian las mujeres, no agravian
los eclesiásticos, como vuesa merced mejor sabe.
Así es respondió don
Quijote, y la causa es que el que no puede ser agraviado no puede agraviar [*] a nadie.
Las mujeres, los niños y los eclesiásticos, como no pueden defenderse aunque sean
ofendidos, no pueden ser afrentados. Porque entre el agravio y la afrenta hay esta
diferencia, como mejor Vuestra Excelencia sabe: la afrenta viene de parte de quien la
puede hacer, y la hace, y la sustenta [18];
el agravio puede venir de cualquier parte, sin que afrente. Sea ejemplo: está uno en la
calle descuidado; llegan diez con mano armada, y, dándole de palos, pone mano a la espada
y hace su deber, pero la muchedumbre de los contrarios se le opone, y no le deja salir con
su intención, que es de vengarse; este tal queda agraviado, pero no afrentado. Y lo mesmo
confirmará otro ejemplo: está uno vuelto de espaldas; llega otro y dale de palos, y, en
dándoselos, huye y no [*]
espera, y el otro le sigue y no alcanza; este que recibió los palos recibió agravio, mas
no afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada. Si el que le dio los palos, aunque se
los dio a hurtacordel [19], pusiera mano
a su espada y se estuviera quedo, haciendo rostro a su enemigo [20], quedara el apaleado agraviado y
afrentado juntamente: agraviado, porque le dieron a traición; afrentado, porque el que le
dio sustentó lo que había hecho, sin volver las espaldas y a pie quedo [21]. Y, así, según las leyes del maldito
duelo [22], yo puedo estar agraviado, mas
no afrentado, porque los niños no sienten, ni las mujeres, ni pueden huir, ni tienen para
qué esperar, y lo mesmo los constituidos en la sacra religión, porque estos tres
géneros de gente [*] carecen
de armas ofensivas [*] y
defensivas; y, así, aunque naturalmente estén obligados a defenderse, no lo están para
ofender a nadie. Y aunque poco ha dije que yo podía estar agraviado, agora digo que no,
en ninguna manera, porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar [23]. Por las cuales razones yo no debo
sentir ni siento las que aquel buen hombre me ha dicho: solo quisiera que esperara algún
poco, para darle a entender en el error en que está en pensar y decir que no ha habido,
ni los hay, caballeros andantes en el mundo; que si lo tal oyera Amadís, o uno de los
infinitos de su linaje, yo sé que no le fuera bien a su merced. |
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Eso juro yo bien dijo Sancho: cuchillada le hubieran dado, que le
abrieran de arriba abajo como una granada o como a un melón muy maduro. ¡Bonitos eran
ellos para sufrir semejantes cosquillas [24]!
Para mi santiguada [25] que tengo por
cierto que si Reinaldos de Montalbán hubiera oído estas razones al hombrecito, tapaboca
le hubiera dado, que no hablara más en tres años. ¡No, sino tomárase con ellos, y
viera cómo escapaba de sus manos!
Perecía de risa la duquesa en
oyendo hablar a Sancho, y en su opinión le tenía por más gracioso y por más loco que a
su amo, y muchos hubo en aquel tiempo que fueron deste [*] mismo parecer. Finalmente, don
Quijote se sosegó, y la comida [*]
se acabó, y en levantando los manteles llegaron cuatro doncellas, la una con una fuente
de plata y la otra con un aguamanil asimismo de plata [26], y la otra con dos blanquísimas y
riquísimas toallas al hombro, y la cuarta descubiertos los brazos hasta la mitad, y en
sus blancas manos que sin duda eran blancas una redonda pella de jabón
napolitano [27]. Llegó la de la fuente,
y con gentil donaire y desenvoltura encajó la fuente debajo de la barba de don Quijote;
el cual, sin hablar palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debía ser
usanza de aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, y, así [28], tendió la suya todo cuanto pudo, y al
mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la doncella del jabón le manoseó las
barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las
jabonaduras, no solo por las barbas, mas por todo el rostro y por los ojos del obediente
caballero, tanto, que se los hicieron cerrar por fuerza. El duque y la duquesa, que de
nada desto eran sabidores, estaban esperando en qué había de parar tan extraordinario
lavatorio. La doncella barbera, cuando le tuvo con un palmo de jabonadura, fingió que se
le había acabado el agua y mandó a la del aguamanil fuese por ella, que el señor don
Quijote esperaría. Hízolo así, y quedó don Quijote con la más [*] estraña figura y más para
hacer reír que se pudiera imaginar.
Mirábanle todos los que presentes
estaban, que eran muchos, y como le veían con media vara de cuello, más que medianamente
moreno, los ojos cerrados y las barbas llenas de jabón, fue gran maravilla y mucha
discreción poder disimular la risa; las doncellas de la burla tenían los ojos bajos, sin
osar mirar a sus señores; a ellos les retozaba [*] la cólera y la risa en
el cuerpo [29], y no sabían a qué
acudir: o a castigar el atrevimiento de las muchachas o darles premio por el gusto que
recibían de ver a don Quijote de aquella suerte. Finalmente, la doncella del aguamanil
vino, y acabaron de lavar a don Quijote, y luego la que traía las toallas le limpió y le
enjugó muy reposadamente; y haciéndole todas cuatro a la par una grande y profunda
inclinación y reverencia, se querían ir, pero el duque, porque don Quijote no cayese en
la burla, llamó a la doncella de la fuente, diciéndole: |
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Venid y lavadme a mí, y mirad que no se os acabe el agua.
La muchacha, aguda y diligente,
llegó y puso la fuente al duque como a don Quijote, y dándose prisa, le lavaron y
jabonaron muy bien, y dejándole enjuto y limpio, haciendo reverencias se fueron. Después
se supo que había jurado el duque que si a él no le lavaran como a don Quijote, había
de castigar su desenvoltura, lo cual [*] habían enmendado
discretamente con haberle a él jabonado [30].
Estaba atento Sancho a las
ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre sí:
¡Válame Dios! ¿Si será
también usanza en esta tierra lavar las barbas a los escuderos como a los caballeros?
Porque en Dios y en mi ánima que lo he bien menester, y aun que si me las rapasen [*] a navaja, lo tendría a más
beneficio.
¿Qué decís entre vos,
Sancho? preguntó la duquesa.
Digo, señora respondió
él, que en las cortes de los otros [*] príncipes siempre he oído
decir que en levantando los manteles dan agua a las manos, pero no lejía a las barbas, y
que por eso es bueno vivir mucho, por ver mucho; aunque también dicen que «el que larga
vida vive mucho mal ha de pasar [31]»,
puesto que pasar por un lavatorio de estos antes es gusto que trabajo.
No tengáis pena, amigo Sancho
dijo la duquesa, que yo haré que mis doncellas os laven, y aun os metan en
colada [32], si fuere menester.
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