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Que trata de muchas y grandes
cosas
Suma era la alegría que llevaba
consigo Sancho viéndose, a su parecer, en privanza con la duquesa [1], porque se le figuraba que había de
hallar en su castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre
aficionado a la buena vida, y, así, tomaba la ocasión por la melena [2] en esto del regalarse cada y cuando que
se le ofrecía.
Cuenta, pues, la historia que, antes
que a la casa [*] de placer o
castillo llegasen, se adelantó el duque y dio orden a todos sus criados del modo que
habían de tratar a don Quijote; el cual como llegó con la duquesa a las puertas del
castillo, al instante salieron dél dos lacayos o palafreneros vestidos hasta en pies de
unas ropas que llaman de levantar [3], de
finísimo raso carmesí, y cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser oído ni visto [4], le dijeron:
Vaya la vuestra grandeza a
apear a mi señora la duquesa.
Don Quijote lo hizo, y hubo grandes
comedimientos entre los dos sobre el caso, pero en efecto venció la porfía de la
duquesa, y no quiso decender o bajar del palafrén sino en los brazos del duque, diciendo
que no se hallaba digna de dar a tan gran caballero tan inútil carga. En fin salió el
duque a apearla, y al entrar en un gran patio llegaron dos hermosas doncellas y echaron
sobre los hombros a don Quijote un gran mantón [*] de finísima escarlata [5], y en un instante se coronaron todos los
corredores del patio de criados y criadas de aquellos señores, diciendo a grandes voces:
¡Bien sea venido la flor y la
nata de los caballeros andantes!
Y todos o los más derramaban pomos
de aguas olorosas [6] sobre don Quijote y
sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquel fue el primer día que
de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico [7], viéndose tratar del mesmo modo que él
había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos. |
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Sancho, desamparando al rucio, se cosió con la duquesa [8] y se entró en el castillo; y
remordiéndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, se llegó a una reverenda
dueña, que con otras a recebir a la duquesa había salido, y con voz baja le dijo:
Señora González, o como es
su gracia de vuesa merced... [9]
Doña Rodríguez de Grijalba
me llamo respondió la dueña [10].
¿Qué es lo que mandáis, hermano?
A lo que respondió Sancho:
Querría que vuesa merced me
la hiciese [11] de salir a la puerta del
castillo, donde hallará un asno rucio mío: vuesa merced sea servida de mandarle poner o
ponerle en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco medroso y no se hallará a estar
solo [12] en ninguna de las maneras.
Si tan discreto es el amo como
el mozo respondió la dueña, ¡medradas estamos! Andad, hermano, mucho de
enhoramala para vos y para quien acá os trujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que
las dueñas desta casa no estamos acostumbradas a semejantes haciendas [13].
Pues en verdad
respondió Sancho que he oído yo decir a mi señor, que es zahorí de las
historias [14], contando aquella de
Lanzarote,
cuando de Bretaña vino,
que damas curaban dél,
y dueñas del su rocino [15],
y que en el particular de mi asno,
que no le trocara yo con el rocín del señor Lanzarote. |
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Hermano, si sois juglar [16] replicó la dueña, guardad
vuestras gracias para donde lo parezcan y se os paguen, que de mí no podréis llevar sino
una higa.¡Aun bien
respondió Sancho que será bien madura [17], pues no perderá vuesa merced la
quínola de sus años por punto menos [18]!
Hijo de puta dijo la
dueña, toda ya encendida [*]
en cólera, si soy vieja o no, a Dios daré la cuenta que no a vos, bellaco harto de
ajos.
Y esto dijo en voz tan alta, que lo
oyó la duquesa; y volviendo y viendo a la dueña tan alborotada y tan encarnizados los
ojos [19], le preguntó con quién las
había [20].
Aquí las he respondió
la dueña con este buen hombre, que me ha pedido encarecidamente que vaya a poner en
la caballeriza a un asno suyo que está a la puerta del castillo, trayéndome por ejemplo
que así lo hicieron no sé dónde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas
dueñas a su rocino, y, sobre todo, por buen término me ha llamado vieja.
Eso tuviera yo por afrenta
respondió la duquesa más que cuantas pudieran decirme.
Y hablando con Sancho le dijo:
Advertid, Sancho amigo, que
doña Rodríguez es muy moza y que aquellas tocas [*] más las trae por autoridad y
por la usanza que por los años.
Malos sean los que me quedan
por vivir respondió Sancho si lo dije por tanto: solo lo dije porque es tan
grande el cariño que tengo a mi jumento, que me pareció que no podía encomendarle a
persona más caritativa que a la señora doña Rodríguez.
Don Quijote, que todo lo oía, le
dijo: |
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¿Pláticas son estas, Sancho, para este lugar [21]?
Señor respondió
Sancho, cada uno ha de hablar de su menester dondequiera que estuviere [22]: aquí se me acordó del rucio y aquí
hablé dél; y si en la caballeriza se me acordara, allí hablara.
A lo que dijo el duque:
Sancho está muy en lo cierto,
y no hay que culparle en nada: al rucio se le dará recado a pedir de boca [23], y descuide Sancho, que se le tratará
como a su mesma persona.
Con estos razonamientos, gustosos a
todos sino a don Quijote, llegaron a lo alto y entraron a don Quijote en una sala adornada
de telas riquísimas de oro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de
pajes, todas industriadas y advertidas [24]
del duque y de la duquesa de lo que habían de hacer y de cómo habían de tratar a don
Quijote para que imaginase y viese que le trataban como caballero andante. Quedó don
Quijote, después de desarmado, en sus estrechos greguescos y en su jubón de camuza,
seco, alto, tendido [25], con las
quijadas que por de dentro se besaba la una con la otra: figura, que a no tener cuenta las
doncellas que le servían con disimular la risa (que fue una de las precisas órdenes que
sus señores les habían dado) reventaran riendo [26].
Pidiéronle que se dejase desnudar
para una [*] camisa [27], pero nunca lo consintió, diciendo que
la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes como la valentía. Con todo,
dijo que diesen la camisa a Sancho; y encerrándose con él en una cuadra donde estaba un
rico lecho [28], se desnudó y vistió la
camisa, y viéndose solo con Sancho le dijo:
Dime, truhán moderno y
majadero antiguo [29]: ¿parécete bien
deshonrar y afrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquella?
¿Tiempos eran aquellos para acordarte del rucio o señores son estos para dejar mal pasar
a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es, Sancho, que te
reportes, y que no descubras la hilaza de manera que caigan en la cuenta de que eres de
villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto más es tenido el señor
cuanto tiene más honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas mayores que
llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven de criados tan buenos como
ellos [30]. ¿No adviertes, angustiado de
ti, y malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano o un mentecato
gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos o algún caballero de mohatra [31]? No, no, Sancho amigo: huye, huye destos
inconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer puntapié cae y da
en truhán desgraciado [32]. Enfrena la
lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que
hemos llegado a parte donde con el favor de Dios y valor de mi brazo hemos de salir
mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda [33]. |
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Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca o morderse la lengua antes de
hablar palabra que no fuese muy a propósito y bien considerada, como él se lo mandaba, y
que descuidase acerca de lo tal, que nunca por él se descubriría quién ellos eran.
Vistióse don Quijote, púsose su
tahalí con su espada, echóse el mantón de escarlata a cuestas, púsose una montera de
raso verde [34] que las doncellas le
dieron, y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló a las doncellas puestas en
ala, tantas a una parte como a otra, y todas con aderezo de darle aguamanos [*][35], la cual le dieron con muchas
reverencias y ceremonias.
Luego llegaron doce pajes, con el
maestresala [36], para llevarle a comer,
que ya los señores le aguardaban [37].
Cogiéronle en medio, y lleno de pompa y majestad le llevaron a otra sala, donde estaba
puesta una rica mesa con solos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la
puerta de la sala a recebirle, y con ellos un grave eclesiástico destos que gobiernan las
casas de los príncipes [*]:
destos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que
lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus
ánimos; destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados [38], les hacen ser miserables. Destos tales
digo que debía de ser el grave religioso que con los duques salió a recebir a don
Quijote. Hiciéronse mil corteses comedimientos y, finalmente, cogiendo a don Quijote en
medio se fueron a sentar [*]
a la mesa.
Convidó el duque a don Quijote con
la cabecera de la mesa, y aunque él lo rehusó, las importunaciones del duque fueron
tantas, que la hubo de tomar. El eclesiástico se sentó frontero, y el duque y la
duquesa, a los dos lados.
A todo estaba presente Sancho,
embobado y atónito de ver la honra que a su señor aquellos príncipes le hacían; y
viendo las muchas ceremonias y ruegos que pasaron entre el duque y don Quijote para
hacerle sentar a la cabecera de la mesa [39],
dijo:
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