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Don Quijote de la Mancha

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Segunda parte del ingenioso caballero
don Quijote de la Mancha

Capítulo XXXI+

 

Que trata de muchas y grandes cosas

Suma era la alegría que llevaba consigo Sancho viéndose, a su parecer, en privanza con la duquesa [1], porque se le figuraba que había de hallar en su castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado a la buena vida, y, así, tomaba la ocasión por la melena [2] en esto del regalarse cada y cuando que se le ofrecía.

Cuenta, pues, la historia que, antes que a la casa [*] de placer o castillo llegasen, se adelantó el duque y dio orden a todos sus criados del modo que habían de tratar a don Quijote; el cual como llegó con la duquesa a las puertas del castillo, al instante salieron dél dos lacayos o palafreneros vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar [3], de finísimo raso carmesí, y cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser oído ni visto [4], le dijeron:

—Vaya la vuestra grandeza a apear a mi señora la duquesa.

Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre el caso, pero en efecto venció la porfía de la duquesa, y no quiso decender o bajar del palafrén sino en los brazos del duque, diciendo que no se hallaba digna de dar a tan gran caballero tan inútil carga. En fin salió el duque a apearla, y al entrar en un gran patio llegaron dos hermosas doncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un gran mantón [*] de finísima escarlata [5], y en un instante se coronaron todos los corredores del patio de criados y criadas de aquellos señores, diciendo a grandes voces:

—¡Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!

Y todos o los más derramaban pomos de aguas olorosas [6] sobre don Quijote y sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquel fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico [7], viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.



Sancho, desamparando al rucio, se cosió con la duquesa [8] y se entró en el castillo; y remordiéndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, se llegó a una reverenda dueña, que con otras a recebir a la duquesa había salido, y con voz baja le dijo:

—Señora González, o como es su gracia de vuesa merced... [9]

—Doña Rodríguez de Grijalba me llamo —respondió la dueña [10]—. ¿Qué es lo que mandáis, hermano?

A lo que respondió Sancho:

—Querría que vuesa merced me la hiciese [11] de salir a la puerta del castillo, donde hallará un asno rucio mío: vuesa merced sea servida de mandarle poner o ponerle en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco medroso y no se hallará a estar solo [12] en ninguna de las maneras.

—Si tan discreto es el amo como el mozo —respondió la dueña—, ¡medradas estamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien acá os trujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las dueñas desta casa no estamos acostumbradas a semejantes haciendas [13].

—Pues en verdad —respondió Sancho— que he oído yo decir a mi señor, que es zahorí de las historias [14], contando aquella de Lanzarote,

cuando de Bretaña vino,
que damas curaban dél,
y dueñas del su rocino [15],

y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocín del señor Lanzarote.



—Hermano, si sois juglar [16] —replicó la dueña—, guardad vuestras gracias para donde lo parezcan y se os paguen, que de mí no podréis llevar sino una higa.

—¡Aun bien —respondió Sancho— que será bien madura [17], pues no perderá vuesa merced la quínola de sus años por punto menos [18]!

—Hijo de puta —dijo la dueña, toda ya encendida [*] en cólera—, si soy vieja o no, a Dios daré la cuenta que no a vos, bellaco harto de ajos.

Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa; y volviendo y viendo a la dueña tan alborotada y tan encarnizados los ojos [19], le preguntó con quién las había [20].

—Aquí las he —respondió la dueña— con este buen hombre, que me ha pedido encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que está a la puerta del castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hicieron no sé dónde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a su rocino, y, sobre todo, por buen término me ha llamado vieja.

—Eso tuviera yo por afrenta —respondió la duquesa— más que cuantas pudieran decirme.

Y hablando con Sancho le dijo:

—Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy moza y que aquellas tocas [*] más las trae por autoridad y por la usanza que por los años.

—Malos sean los que me quedan por vivir —respondió Sancho— si lo dije por tanto: solo lo dije porque es tan grande el cariño que tengo a mi jumento, que me pareció que no podía encomendarle a persona más caritativa que a la señora doña Rodríguez.

Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:



—¿Pláticas son estas, Sancho, para este lugar [21]?

—Señor —respondió Sancho—, cada uno ha de hablar de su menester dondequiera que estuviere [22]: aquí se me acordó del rucio y aquí hablé dél; y si en la caballeriza se me acordara, allí hablara.

A lo que dijo el duque:

—Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada: al rucio se le dará recado a pedir de boca [23], y descuide Sancho, que se le tratará como a su mesma persona.

Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote, llegaron a lo alto y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riquísimas de oro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas industriadas y advertidas [24] del duque y de la duquesa de lo que habían de hacer y de cómo habían de tratar a don Quijote para que imaginase y viese que le trataban como caballero andante. Quedó don Quijote, después de desarmado, en sus estrechos greguescos y en su jubón de camuza, seco, alto, tendido [25], con las quijadas que por de dentro se besaba la una con la otra: figura, que a no tener cuenta las doncellas que le servían con disimular la risa (que fue una de las precisas órdenes que sus señores les habían dado) reventaran riendo [26].

Pidiéronle que se dejase desnudar para una [*] camisa [27], pero nunca lo consintió, diciendo que la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes como la valentía. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho; y encerrándose con él en una cuadra donde estaba un rico lecho [28], se desnudó y vistió la camisa, y viéndose solo con Sancho le dijo:

—Dime, truhán moderno y majadero antiguo [29]: ¿parécete bien deshonrar y afrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquella? ¿Tiempos eran aquellos para acordarte del rucio o señores son estos para dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza de manera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto más es tenido el señor cuanto tiene más honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas mayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven de criados tan buenos como ellos [30]. ¿No adviertes, angustiado de ti, y malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano o un mentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos o algún caballero de mohatra [31]? No, no, Sancho amigo: huye, huye destos inconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer puntapié cae y da en truhán desgraciado [32]. Enfrena la lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos llegado a parte donde con el favor de Dios y valor de mi brazo hemos de salir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda [33].



Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca o morderse la lengua antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bien considerada, como él se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que nunca por él se descubriría quién ellos eran.

Vistióse don Quijote, púsose su tahalí con su espada, echóse el mantón de escarlata a cuestas, púsose una montera de raso verde [34] que las doncellas le dieron, y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló a las doncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas con aderezo de darle aguamanos [*][35], la cual le dieron con muchas reverencias y ceremonias.

Luego llegaron doce pajes, con el maestresala [36], para llevarle a comer, que ya los señores le aguardaban [37]. Cogiéronle en medio, y lleno de pompa y majestad le llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa con solos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la sala a recebirle, y con ellos un grave eclesiástico destos que gobiernan las casas de los príncipes [*]: destos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos; destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados [38], les hacen ser miserables. Destos tales digo que debía de ser el grave religioso que con los duques salió a recebir a don Quijote. Hiciéronse mil corteses comedimientos y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio se fueron a sentar [*] a la mesa.

Convidó el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque él lo rehusó, las importunaciones del duque fueron tantas, que la hubo de tomar. El eclesiástico se sentó frontero, y el duque y la duquesa, a los dos lados.

A todo estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver la honra que a su señor aquellos príncipes le hacían; y viendo las muchas ceremonias y ruegos que pasaron entre el duque y don Quijote para hacerle sentar a la cabecera de la mesa [39], dijo:


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