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De
lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora
Asaz melancólicos y de mal talante
llegaron a sus animales caballero y escudero, especialmente [*] Sancho, a quien
llegaba al alma llegar al caudal del dinero, pareciéndole que todo [*] lo que dél se quitaba era
quitárselo a él de las niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron
a caballo y se apartaron del famoso río, don Quijote sepultado en los pensamientos de sus
amores y Sancho en los de su acrecentamiento, que por entonces le parecía que estaba bien
lejos de tenerle, porque, maguer era tonto [1],
bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las más, eran disparates, y
buscaba ocasión de que, sin entrar en cuentas ni en despedimientos con su señor, un día
se desgarrase y se fuese a su casa; pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés de lo
que él temía [2].
Sucedió, pues, que otro día, al
poner del sol y al salir de una selva, tendió don Quijote la vista por un verde prado, y
en lo último dél vio gente y, llegándose cerca, conoció que eran cazadores de
altanería [3]. Llegóse más, y entre
ellos vio una gallarda señora sobre un palafrén o hacanea blanquísima, adornada de
guarniciones verdes y con un sillón de plata. Venía la señora asimismo vestida de verde
[4], tan bizarra y ricamente, que la
misma bizarría venía transformada en ella. En la mano izquierda traía un azor [5], señal que dio a entender a don Quijote
ser aquella alguna gran señora, que debía serlo de todos aquellos cazadores, como era la
verdad, y, así, dijo a Sancho:
Corre, hijo Sancho, y di a
aquella señora del palafrén y del azor que yo el Caballero de los Leones besa las manos
a su gran fermosura y que si su grandeza me da licencia, se las iré a besar y a servirla
en cuanto mis fuerzas pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cómo hablas, y ten
cuenta de no encajar algún refrán de los tuyos en tu embajada. |
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¡Hallado os le habéis el encajador [6]!
respondió Sancho. ¡A mí con eso! ¡Sí, que no es esta la vez primera que
he llevado embajadas a altas y crecidas señoras en esta vida!Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea
replicó don Quijote, yo no sé que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder
[7].
Así es verdad
respondió Sancho, pero al buen pagador no le duelen prendas, y en casa llena
presto se guisa la cena [8]: quiero decir
que a mí no hay que decirme ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se me
alcanza un poco.
Yo lo creo, Sancho dijo
don Quijote: ve en buena hora, y Dios te guíe.
Partió Sancho de carrera, sacando
de su paso al rucio, y llegó donde la bella cazadora estaba, y apeándose, puesto ante
ella de hinojos, le dijo:
Hermosa señora, aquel
caballero [*] que allí se
parece, llamado «el Caballero de los Leones», es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a
quien llaman en su casa Sancho Panza [9].
Este tal Caballero de los Leones, que no ha mucho que se llamaba el de la Triste Figura,
envía por mí a decir a vuestra grandeza sea servida de darle licencia para que, con su
propósito [10] y beneplácito y
consentimiento, él venga a poner en obra su deseo, que no es otro, según él dice y yo
pienso, que de servir a vuestra encumbrada altanería y fermosura [11]; que en dársela vuestra señoría hará
cosa que redunde en su pro y él recibirá señaladísima merced y contento.
Por cierto, buen escudero
respondió la señora, vos habéis dado la embajada vuestra con todas aquellas
circunstancias que las tales embajadas piden [12].
Levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el de la Triste Figura, de
quien ya tenemos acá mucha noticia, no es justo que esté de hinojos; levantaos, amigo, y
decid a vuestro señor que venga mucho enhorabuena a servirse de mí y del duque mi
marido, en una casa de placer que aquí tenemos [13].
Levantóse Sancho, admirado así de
la hermosura de la buena señora como de su mucha crianza y cortesía, y más de lo que le
había dicho que tenía noticia [*]
de su señor el Caballero de la Triste Figura, y que si no le había llamado el de los
Leones, debía de ser por habérsele puesto tan nuevamente. Preguntóle la duquesa, cuyo
título aún no se sabe [14]: |
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Decidme, hermano escudero: este vuestro señor ¿no es uno de quien anda impresa una
historia que se llama del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que tiene por
señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?
El mesmo es, señora
respondió Sancho, y aquel escudero suyo que anda o debe de andar en la tal
historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si no es que me trocaron en la cuna, quiero
decir, que me trocaron en la estampa [15].
De todo eso me huelgo yo mucho
dijo la duquesa. Id, hermano Panza, y decid a vuestro señor que él sea el
bien llegado y el bien venido a mis estados [*][16], y que ninguna cosa me pudiera venir que
más contento me diera.
Sancho, con esta tan agradable
respuesta, con grandísimo gusto volvió a su amo, a quien contó todo lo que la gran
señora le había dicho, levantando con sus rústicos términos a los cielos su mucha
fermosura, su gran donaire y cortesía. Don Quijote se gallardeó en la silla, púsose
bien en los estribos, acomodóse la visera, arremetió a Rocinante [17] y con gentil denuedo fue a besar las
manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque su marido, le contó, en tanto que
don Quijote llegaba, toda la embajada suya, y los dos, por haber leído la primera parte
desta historia y haber entendido por ella el disparatado humor de don Quijote, con
grandísimo gusto y con deseo de conocerle le atendían, con prosupuesto de seguirle el
humor y conceder con él en cuanto les dijese [18], tratándole como a caballero andante
los días que con ellos se detuviese, con todas las ceremonias acostumbradas en los libros
de caballerías, que ellos habían leído, y aun les eran muy aficionados.
En esto llegó don Quijote, alzada
la visera, y dando muestras de apearse, acudió Sancho a tenerle el estribo; pero fue tan
desgraciado, que al apearse del rucio se le asió un pie en una soga del albarda, de tal
modo, que no fue posible desenredarle, antes quedó colgado dél, con la boca y los pechos
en el suelo. Don Quijote, que no tenía en costumbre apearse sin que le tuviesen el
estribo, pensando que ya Sancho había llegado a tenérsele, descargó de golpe el cuerpo
y llevóse tras sí la silla de Rocinante, que debía de estar mal cinchado, y la silla y
él vinieron al suelo, no sin vergüenza suya, y de muchas maldiciones que entre dientes
echó al desdichado de Sancho, que aún todavía tenía el pie en la corma [19]. |
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El duque mandó a sus cazadores que acudiesen al caballero y al escudero, los cuales
levantaron a don Quijote maltrecho de la caída, y, renqueando y como pudo [20], fue a hincar las rodillas ante los dos
señores; pero el duque no lo consintió en ninguna manera, antes, apeándose de su
caballo, fue a abrazar a don Quijote, diciéndole:
A mí me pesa, señor
Caballero de la Triste Figura, que la primera que vuesa merced ha hecho [21] en mi tierra haya sido tan mala como se
ha visto; pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos.
El que yo he tenido [22] en veros, valeroso príncipe
respondió don Quijote, es imposible ser malo, aunque mi caída no parara
hasta el profundo de los abismos, pues de allí me levantara y me sacara la gloria de
haberos visto. Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias
que ata y cincha una silla para que esté firme; pero como quiera que yo me halle, caído
o levantado, a pie o a caballo, siempre estaré al servicio vuestro y al de mi señora la
duquesa, digna consorte vuestra y digna señora de la hermosura y universal princesa de la
cortesía.
¡Pasito [23], mi señor don Quijote de la Mancha!
dijo el duque, que adonde está mi señora doña Dulcinea [*] del Toboso no es
razón que se alaben otras fermosuras.
Ya estaba a esta sazón libre Sancho Panza del
lazo, y hallándose allí cerca, antes que su amo respondiese, dijo:
No se puede negar, sino
afirmar, que es muy hermosa mi señora Dulcinea del Toboso, pero donde menos se piensa se
levanta la liebre [24]; que yo he oído
decir que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de barro [25], y el que hace un vaso hermoso también
puede hacer dos y tres y ciento: dígolo porque mi señora la duquesa a fee que no va en
zaga a mi ama la señora Dulcinea del Toboso. |
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Volvióse don Quijote a la duquesa y dijo:Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero
andante en el mundo escudero más hablador ni más gracioso del que yo tengo; y él me
sacará verdadero, si algunos días quisiere vuestra gran celsitud servirse de mí [26].
A lo que respondió la duquesa:
De que Sancho el bueno sea
gracioso lo estimo yo en mucho, porque es señal que es discreto, que las gracias y los
donaires, señor don Quijote, como vuesa merced bien sabe, no asientan sobre ingenios
torpes; y pues el buen Sancho es gracioso y donairoso, desde aquí le confirmo por
discreto.
Y hablador añadió don
Quijote.
Tanto que mejor dijo el
duque, porque muchas gracias no se pueden decir con pocas palabras. Y porque no se
nos [*] vaya el tiempo en
ellas, venga el gran Caballero de la Triste Figura...
«De los Leones» ha de decir
vuestra alteza dijo Sancho, que ya no hay Triste Figura ni figuro [*].
Sea el de los Leones
prosiguió el duque. Digo que venga el señor Caballero de los Leones a un
castillo mío que está aquí cerca, donde se le hará el acogimiento que a tan alta
persona se debe justamente, y el que yo y la duquesa solemos hacer a [*] todos los caballeros
andantes que a él llegan.
Ya en esto Sancho había aderezado y cinchado
bien la silla a Rocinante; y subiendo en él don Quijote, y el duque en un hermoso
caballo, pusieron a la duquesa en medio y encaminaron al castillo. Mandó la duquesa a
Sancho que fuese junto a ella, porque gustaba infinito de oír sus discreciones. No se
hizo de rogar Sancho, y entretejióse entre los tres y hizo cuarto en la conversación,
con gran gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron a gran ventura acoger en su
castillo tal caballero [*] andante y tal
escudero andado [27].
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