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En esto, el barco, entrado en la
mitad de la corriente del río, comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los
molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río, y que se iba a embocar
por el raudal de las ruedas [26],
salieron con presteza muchos dellos con varas largas a detenerle; y como salían
enharinados y cubiertos los rostros y los vestidos del polvo de la harina, representaban
una mala vista. Daban voces grandes, diciendo:
¡Demonios de hombres!,
¿dónde vais? ¿Venís desesperados, que queréis ahogaros y haceros pedazos en estas
ruedas?
¿No te dije yo, Sancho
dijo a esta sazón don Quijote, que habíamos llegado donde he de mostrar a
dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de malandrines y follones me salen al encuentro,
mira cuántos vestiglos se me oponen, mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos... [27] Pues ¡ahora lo veréis, bellacos!
Y, puesto en pie en el barco, con
grandes voces comenzó a amenazar a los molineros, diciéndoles:
Canalla malvada y peor
aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío a la persona que en esa vuestra
fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que
sea, que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado «el Caballero de los Leones» por otro
nombre, a quien está reservada [*] por orden de los
altos cielos el dar fin felice a esta aventura. |
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Y diciendo esto echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los
molineros, los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas sandeces, se pusieron con sus
varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas.Púsose Sancho [*] de rodillas, pidiendo
devotamente al cielo le librase de tan manifiesto [*] peligro, como lo
hizo por la industria y presteza de los molineros, que oponiéndose con sus palos al barco
le detuvieron, pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote
y con Sancho al través en el agua [28];
pero vínole bien a don Quijote [29], que
sabía nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo dos veces [*], y
si no fuera por los molineros, que se arrojaron [*] al agua y los
sacaron como en peso a entrambos, allí había [*] sido Troya para los
dos [30].
Puestos, pues, en tierra, más
mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las manos juntas y los ojos
clavados al cielo, pidió a Dios con una larga y devota plegaria le librase de allí
adelante de los atrevidos deseos y acometimientos de su señor.
Llegaron en esto los pescadores
dueños del barco, a quien habían hecho pedazos las ruedas de las aceñas, y, viéndole
roto, acometieron a desnudar a Sancho y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con
gran sosiego, como si no hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores
que él pagaría el barco de bonísima gana, con condición que le diesen libre y sin
cautela a la persona o personas que en aquel su castillo [*] estaban
oprimidas. |
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¿Qué personas o qué castillo dices [*] respondió uno de
los molineros, hombre sin juicio? ¿Quiéreste llevar por ventura las que vienen a
moler trigo a estas aceñas?
¡Basta! dijo entre sí
don Quijote, aquí será predicar en desierto querer reducir a esta canalla a que
por ruegos haga virtud alguna, y en esta aventura se deben de haber encontrado dos
valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el
barco y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie, que todo este mundo es máquinas
y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más [31].
Y alzando la voz prosiguió
diciendo, y mirando a las aceñas:
Amigos, cualesquiera que
seáis, que en esa prisión quedáis encerrados, perdonadme, que por mi desgracia y por la
vuestra yo no os puedo sacar de vuestra cuita. Para otro [*] caballero debe de
estar guardada y reservada esta aventura [32].
En diciendo esto, se concertó con
los pescadores y pagó por el barco cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana,
diciendo:
A dos barcadas como estas [*],
daremos con todo el caudal al fondo.
Los pescadores y molineros estaban admirados
mirando aquellas dos figuras tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no
acababan de entender a dó se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les
decía; y teniéndolos por locos les dejaron y se recogieron a sus aceñas, y los
pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias [33], don Quijote y Sancho, y este fin tuvo
la aventura del encantado barco.
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