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De la famosa aventura del barco
encantado [1]
Por sus pasos contados y por contar
[2], dos días después que salieron de
la alameda [3] llegaron don Quijote y
Sancho al río Ebro, y el verle fue de gran gusto a don Quijote, porque contempló y miró
en él la amenidad de sus riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la
abundancia de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó en su memoria mil
amorosos pensamientos. Especialmente fue y vino en lo que había visto en la cueva de
Montesinos [4], que, puesto que el mono
de maese Pedro le había dicho que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira,
él se atenía más a las verdaderas que a las mentirosas, bien al revés de Sancho, que
todas las tenía por la mesma mentira.
Yendo, pues, desta manera, se le
ofreció a la vista un pequeño barco sin remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado
en la orilla a un tronco de un árbol que en la ribera estaba. Miró don Quijote a todas
partes, y no vio persona alguna; y luego sin más ni más se apeó de Rocinante y mandó a
Sancho que lo mesmo hiciese del rucio y que a entrambas bestias las atase muy bien juntas
al tronco de un álamo o sauce que allí estaba. Preguntóle Sancho la causa de aquel
súbito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondió don Quijote:
Has de saber, Sancho, que este
barco que aquí está, derechamente y sin poder ser otra cosa en contrario [5], me está llamando y convidando a que
entre en él y vaya en él a dar socorro a algún caballero o a otra necesitada y
principal persona que debe de estar puesta en alguna grande cuita. Porque este es estilo
de los libros [*] de las
historias caballerescas y de los encantadores que en ellas se entremeten y platican:
cuando algún caballero está puesto en algún trabajo que no puede ser librado dél sino
por la mano de otro caballero, puesto que estén distantes el uno del otro dos o tres mil
leguas, y aun más, o le arrebatan en una nube o le deparan un barco donde se entre, y en
menos de un abrir y cerrar de ojos le llevan, o por los aires o por la mar, donde quieren
y adonde es menester su ayuda. Así que, ¡oh Sancho!, este barco está puesto aquí para
el mesmo efecto, y esto es tan verdad como es ahora de día; y antes que este se pase, ata
juntos al rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios que nos guíe, que no dejaré de
embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos. |
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Pues así es respondió Sancho y vuestra merced quiere dar a cada paso
en estos que no sé si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la cabeza,
atendiendo al refrán [*]: «Haz lo que tu amo
te manda, y siéntate con él a la mesa [6]»;
pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de mi conciencia, quiero advertir a
vuestra merced que a mí me parece que este tal barco no es de los encantados, sino de
algunos pescadores deste río, porque en él se pescan las mejores sabogas del mundo [7].
Esto decía mientras ataba las
bestias Sancho, dejándolas a la proteción y amparo de los encantadores, con harto dolor
de su ánima. Don Quijote le dijo que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales,
que el que los llevaría a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de
sustentarlos.
No entiendo eso [*] de logicuos
dijo Sancho, ni he oído tal vocablo en todos los días de mi vida.
Longincuos
respondió don Quijote quiere decir apartados, y no es maravilla
que no lo entiendas, que no estás tú obligado a saber latín, como algunos que presumen
que lo saben y lo ignoran [8].
Ya están atados
replicó Sancho. ¿Qué hemos de hacer ahora?
¿Qué? respondió don
Quijote. Santiguarnos y levar [*] ferro [9], quiero decir, embarcarnos y cortar la
amarra con que este barco está atado.
Y dando un salto en él,
siguiéndole Sancho, cortó el cordel, y el barco se fue apartando poco a poco de la
ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos varas dentro del río, comenzó a temblar,
temiendo su perdición, pero ninguna cosa le dio más pena que el oír roznar al rucio [10] y el ver que Rocinante pugnaba por
desatarse, y díjole a su señor: |
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El rucio rebuzna condolido de nuestra ausencia y Rocinante procura ponerse en
libertad para arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos amigos, quedaos en paz y la locura
que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a vuestra presencia!
Y en esto comenzó a llorar tan
amargamente, que don Quijote, mohíno y colérico, le dijo:
¿De qué temes, cobarde
criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te
acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas
de la abundancia? ¿Por dicha vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas [11], sino sentado en una tabla, como un
archiduque, por el sesgo curso deste agradable río [12], de donde en breve espacio saldremos al
mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido y caminado por lo menos setecientas o
ochocientas leguas; y si yo tuviera aquí un astrolabio con que tomar la altura del polo [13], yo te dijera las que hemos caminado:
aunque o yo sé poco o ya hemos pasado o pasaremos presto por la línea equinocial [14], que divide y corta los dos
contrapuestos polos en igual distancia.
Y cuando lleguemos a esa leña
que vuestra merced dice [15]
preguntó Sancho, ¿cuánto habremos caminado?
Mucho replicó don
Quijote, porque de trecientos y sesenta grados que contiene el globo del agua y de
la tierra, según el cómputo de Ptolomeo [16],
que fue el mayor cosmógrafo [*] que se sabe, la
mitad habremos caminado, llegando a la línea que he dicho.
Por Dios dijo
Sancho, que vuesa merced me trae por testigo de lo que dice a una gentil persona,
puto y gafo [17], con la añadidura de
meón, o meo, o no sé cómo. |
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Rióse don Quijote de la interpretación que Sancho había dado al nombre y al cómputo y
cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole:Sabrás, Sancho, que los españoles, y los que se
embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales [18], una de las señales que tienen para
entender que han pasado la línea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en
el navío se les mueren los piojos [19],
sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallarán [*], si le pesan a oro
[20]; y, así, puedes, Sancho, pasear una
mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda, y si no, pasado habemos.
Yo no creo nada deso
respondió Sancho, pero, con todo, haré lo que vuesa merced me manda, aunque
no sé para qué hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos
que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están
las alemañas dos varas [21], porque
allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los dejamos; y tomada la mira,
como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga.
Haz, Sancho, la averiguación
que te he dicho, y no te cures de otra, que tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas,
paralelos, zodiacos, eclíticas [*], polos,
solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas [*], de que se compone la
esfera celeste y terrestre [22]; que si
todas estas cosas supieras, o parte dellas, vieras claramente qué de paralelos hemos
cortado, qué de signos visto y qué de imágines hemos dejado atrás [23] y vamos dejando ahora. Y tórnote a
decir que te tientes y pesques, que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego [*]
de papel liso y blanco.
Tentóse Sancho, y llegando con la
mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda [24], alzó la cabeza y miró a su amo, y
dijo: |
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O la experiencia es falsa o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con muchas
leguas.Pues ¿qué
preguntó don Quijote, has topado algo?
¡Y aun algos!
respondió Sancho.
Y, sacudiéndose los dedos, se lavó
toda la mano en el río, por el cual sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la
corriente, sin que le moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido,
sino el mismo curso del agua, blando [*] entonces y suave.
En esto, descubrieron unas grandes
aceñas que en la mitad del río estaban [25],
y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:
¿Vees? Allí, ¡oh amigo!, se
descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar algún caballero oprimido, o
alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.
¿Qué diablos de ciudad,
fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor? dijo Sancho. ¿No echa de ver
que aquellas son aceñas que están en el río, donde se muele el trigo?
Calla, Sancho dijo don
Quijote, que aunque parecen aceñas no lo son, y ya te he dicho que todas las cosas
trastruecan y mudan de su ser natural los encantos. No quiero decir que las mudan de en
uno [*]
en otro ser realmente, sino que lo parece, como lo mostró la experiencia en la
transformación de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.
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