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Donde se da cuenta de
quiénes [*]
eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura
del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado
Entra Cide Hamete, coronista desta
grande historia, con estas palabras en este capítulo: «Juro como católico cristiano...
[1]». A lo que su traductor dice que el
jurar Cide Hamete como católico cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era, no
quiso decir otra cosa sino que así como el católico cristiano, cuando jura, jura o debe
jurar verdad y decirla en lo que dijere, así él la decía como si jurara como cristiano
católico en lo que quería escribir de don Quijote, especialmente en decir quién era
maese Pedro y quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos con sus
adivinanzas.
Dice, pues, que bien se acordará el
que hubiere leído la primera parte desta historia de aquel Ginés de Pasamonte a quien
entre otros galeotes dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le
fue mal agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este Ginés
de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba «Ginesillo de Parapilla», fue el que hurtó a
Sancho Panza el rucio, que, por no haberse puesto el cómo ni el cuándo en la primera
parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué entender a muchos, que atribuían a
poca memoria del autor la falta de emprenta [2].
Pero, en resolución, Ginés le hurtó estando sobre él durmiendo Sancho Panza, usando de
la traza y modo que usó Brunelo cuando, estando Sacripante sobre Albraca, le sacó el
caballo de entre las piernas, y después le cobró Sancho como se ha contado [3]. Este Ginés, pues, temeroso de no ser
hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de sus infinitas bellaquerías y
delitos, que fueron tantos y tales, que él mismo compuso un gran volumen contándolos,
determinó pasarse al reino de Aragón [4]
y cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero, que esto y el jugar de
manos lo sabía hacer por estremo [5]. |
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Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berbería compró aquel
mono, a quien enseñó que en haciéndole cierta señal se le subiese en el hombro y le
murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto, antes que entrase en el lugar donde
entraba con su retablo y mono, se informaba en el lugar más cercano, o de quien él mejor
podía, qué cosas particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qué personas; y
llevándolas bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar su retablo, el cual
unas veces era de una historia y otras de otra, pero todas alegres y regocijadas y
conocidas. Acabada [*] la
muestra [6], proponía las habilidades de
su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y lo presente, pero que en lo de
por venir no se daba maña. Por la respuesta de cada pregunta pedía dos reales, y de
algunas hacía barato [7], según tomaba
el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien él sabía los
sucesos de los que en ella [*]
moraban [8], aunque no le preguntasen
nada por no pagarle, él hacía la seña al mono y luego decía que le había dicho tal y
tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobraba crédito inefable [*][9], y andábanse todos tras él. Otras
veces, como era tan discreto, respondía de manera que las respuestas venían bien con las
preguntas; y como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo adevinaba su mono, a
todos hacía monas, y llenaba sus esqueros [10].
Así como entró en la venta
conoció a don Quijote y a Sancho, por cuyo conocimiento le fue fácil poner en
admiración a don Quijote y a Sancho Panza y a todos los que en ella estaban; pero
hubiérale de costar caro si don Quijote bajara un poco más la mano cuando cortó la
cabeza al rey Marsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el antecedente
capítulo.
Esto es lo que hay que decir de
maese Pedro y de su mono.
Y volviendo a don Quijote de la
Mancha, digo que después de haber salido de la venta determinó de ver primero las
riberas del río Ebro y todos aquellos contornos, antes de entrar en la ciudad [*] de Zaragoza, pues le daba
tiempo para todo el mucho que faltaba desde allí a las justas [11]. Con esta intención siguió su camino,
por el cual anduvo dos días sin acontecerle cosa digna de ponerse en escritura, hasta que
al tercero, al subir de una loma, oyó un gran rumor de atambores, de trompetas y
arcabuces. Al principio pensó que algún tercio de soldados pasaba [*] por aquella parte [12], y por verlos picó a Rocinante y subió
la loma arriba; y cuando estuvo en la cumbre, vio al pie della, a su parecer, más de
docientos hombres armados de diferentes suertes de armas, como si dijésemos lanzones,
ballestas, partesanas [13], alabardas y
picas, y algunos arcabuces y muchas rodelas. Bajó del recuesto y acercóse al escuadrón
tanto, que distintamente vio las banderas, juzgó de las colores y notó las empresas que
en ellas traían, especialmente una que en un estandarte o jirón de raso blanco venía [14], en el cual estaba pintado muy al vivo
un asno como un pequeño sardesco [15],
la cabeza levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si
estuviera rebuznando; alrededor dél estaban escritos de letras grandes estos dos versos: |
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No rebuznaron en balde
el uno y el otro alcalde [16].
Por esta insignia sacó don Quijote
que aquella gente debía de ser del pueblo del rebuzno, y así se lo dijo a Sancho,
declarándole lo que en el estandarte venía escrito. Díjole también que el que les
había dado noticia de aquel caso se había errado en decir que dos regidores habían sido
los que rebuznaron, pero que [17], según
los versos del estandarte, no habían sido sino alcaldes [18]. A lo que respondió Sancho Panza:
Señor, en eso no hay que
reparar, que bien puede ser que los regidores que entonces rebuznaron viniesen con el
tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y, así, se pueden llamar con entrambos títulos:
cuanto más que no hace al caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o
regidores, como ellos una por una hayan rebuznado [19], porque tan a pique está de rebuznar un
alcalde como un regidor.
Finalmente, conocieron y supieron
cómo el pueblo corrido salía a pelear con otro que le corría más de lo justo [20] y de lo que se debía a la buena
vecindad.
Fuese llegando a ellos don Quijote,
no con poca pesadumbre de Sancho, que nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas.
Los del escuadrón le recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su
parcialidad. Don Quijote, alzando la visera, con gentil brío y continente llegó hasta el
estandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor todos los más principales del
ejército, por verle, admirados con la admiración acostumbrada en que caían todos
aquellos que la vez primera le miraban [*]. Don Quijote que los vio tan
atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase ni le preguntase nada, quiso aprovecharse de
aquel silencio y, rompiendo el suyo, alzó la voz y dijo:
Buenos señores, cuan
encarecidamente puedo os suplico que no interrumpáis un razonamiento que quiero haceros,
hasta que veáis que os disgusta y enfada; que si esto sucede, con la más mínima señal
que me hagáis pondré un sello en mi boca y echaré una mordaza a mi lengua [21]. |
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Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le escucharían. Don
Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo:
Yo, señores míos, soy
caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas, y cuya profesión, la de favorecer a
los necesitados de favor y acudir a los menesterosos. Días ha que he sabido vuestra
desgracia y la causa que os mueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros
enemigos; y habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro
negocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis engañados en teneros por
afrentados, porque ningún particular puede afrentar a un pueblo entero, si no es
retándole de traidor por junto [22],
porque no sabe en particular quién cometió la traición por que le reta. Ejemplo desto
tenemos en don Diego Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano porque
ignoraba que solo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey, y, así,
retó a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es verdad que el
señor don Diego anduvo algo demasiado y aun pasó [*] muy adelante de los límites
del reto, porque no tenía para qué retar a los muertos, a las [*] aguas, ni a los
panes, ni a los que estaban por nacer, ni a las otras menudencias que allí se declaran [23]; pero vaya, pues cuando la cólera sale
de madre [24], no tiene la lengua padre,
ayo ni freno que la corrija. Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a
reino, provincia, ciudad, república, ni pueblo entero, queda en limpio que no hay para
qué salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es; porque ¡bueno sería
que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja con quien se lo llama, ni los
cazoleros, berenjeneros, ballenatos, jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que
andan por ahí en boca de los muchachos y de gente de poco más a menos [25]! ¡Bueno sería, por cierto, que todos
estos insignes pueblos se corriesen y vengasen y anduviesen contino hechas las espadas
sacabuches a cualquier pendencia [26],
por pequeña que fuese! ¡No, no, ni Dios lo permita o quiera! Los varones prudentes, las
repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las
espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe
católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley natural y divina; la tercera,
en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey en la
guerra justa; y si le quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es
en defensa de su patria [27]. A estas
cinco causas, como capitales, se pueden agregar algunas otras que sean justas y razonables
y que obliguen a tomar las armas, pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son
de risa y pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo razonable
discurso; cuanto más que el tomar venganza injusta, que justa no puede haber alguna que
lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que
hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen [28], mandamiento que aunque parece algo
dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo
y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca
mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y
su carga liviana [29], y, así, no nos
había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, mis señores, vuesas
mercedes están obligados por leyes divinas y humanas a sosegarse.
El diablo me lleve dijo
a esta sazón Sancho entre sí si este mi amo no es tólogo, y si no lo es, que lo
parece como un güevo a otro [30].
Tomó un poco de aliento don Quijote
y, viendo que todavía le prestaban silencio, quiso pasar adelante en su plática, como
pasara si no se pusiera [*]
en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomó la mano por
él, diciendo: |
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Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó «el Caballero de la
Triste Figura» y ahora se llama «el Caballero de los Leones», es un hidalgo muy
atentado [31], que sabe latín y romance
como un bachiller, y en todo cuanto trata y aconseja procede como muy buen soldado, y
tiene todas las leyes y ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña [32], y, así, no hay más que hacer sino
dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren [33]; cuanto más que ello se está dicho que
es necedad correrse por solo oír un rebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que
rebuznaba cada y cuando que se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta
gracia y propiedad, que en rebuznando yo rebuznaban todos los asnos del pueblo, y no por
eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos, y aunque por esta habilidad
era invidiado de más de cuatro de los estirados de mi pueblo [34], no se me daba dos ardites. Y porque se
vea que digo verdad, esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar, que una
vez aprendida, nunca se olvida.
Y, luego, puesta la mano en las
narices, comenzó a rebuznar tan reciamente, que todos los cercanos valles retumbaron.
Pero uno de los que estaban junto a él, creyendo que hacía burla dellos, alzó un
varapalo que en la mano tenía [35] y
diole tal golpe con él, que, sin ser poderoso a otra cosa [36], dio con Sancho Panza en el suelo. Don
Quijote que vio tan malparado a Sancho, arremetió al que le había dado, con la lanza
sobre mano [37]; pero fueron tantos los
que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle, antes, viendo que llovía sobre él
un nublado de piedras y que le amenazaban mil encaradas ballestas y no menos cantidad de
arcabuces, volvió las riendas a Rocinante, y a todo lo que su galope pudo se salió de
entre ellos, encomendándose de todo corazón a Dios que de aquel peligro le librase,
temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le saliese al pecho, y a
cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba [38].
Pero los del escuadrón se
contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho le pusieron sobre su jumento, apenas
vuelto en sí, y le dejaron ir tras su amo, no porque él tuviese sentido para regirle;
pero el rucio siguió las huellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto.
Alongado, pues, don Quijote buen trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, y
atendióle [39], viendo que ninguno le
seguía.
Los del escuadrón se estuvieron
allí hasta la noche, y por no haber salido a la batalla sus contrarios, se volvieron a su
pueblo, regocijados [*]
y alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos, levantaran en aquel
lugar y sitio un trofeo [40].
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