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Donde se prosigue la graciosa
aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas
«Callaron todos, tirios y troyanos
[1]», quiero decir, pendientes estaban
todos los que el retablo miraban de la boca del declarador [*] de sus maravillas, cuando
se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas [2] y dispararse mucha artillería, cuyo
rumor pasó en tiempo breve, y luego alzó la voz el muchacho y dijo:
Esta verdadera historia que
aquí a vuesas mercedes se representa es sacada al pie de la letra de las corónicas
francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes y de los muchachos
por esas calles. Trata de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa
Melisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña,
que así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza [3]; y vean vuesas mercedes allí cómo está
jugando a las tablas don Gaiferos, según aquello que se canta:
Jugando está a las tablas don
Gaiferos,
que ya de Melisendra está olvidado [4].
Y aquel personaje que allí asoma
con corona en la cabeza y ceptro en las manos es el emperador Carlomagno, padre putativo [5] de la tal Melisendra, el cual, mohíno de
ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; y adviertan con la vehemencia y
ahínco que le riñe, que no parece sino que le quiere dar con el ceptro media docena de
coscorrones, y aun hay autores que dicen que se los dio, y muy bien dados; y después de
haberle dicho muchas cosas acerca del peligro que corría su honra en no procurar la
libertad de su esposa, dicen que le dijo: «Harto os he dicho: miradlo [*][6]». Miren vuestras mercedes también cómo
el emperador vuelve las espaldas y deja despechado [*] a don Gaiferos, el cual
ya ven cómo arroja, impaciente de la cólera, lejos de sí el tablero y las tablas, y
pide apriesa las armas, y a don Roldán su primo pide prestada su espada Durindana [7], y cómo don Roldán no se la quiere
prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil empresa en que se pone; pero el
valeroso enojado no lo [*]
quiere aceptar, antes dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bien
estuviese metida en el más hondo centro de la tierra; y con esto se entra a armar, para
ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos a aquella torre que allí
parece, que se presupone que es una de las torres del alcázar de Zaragoza, que ahora
llaman la Aljafería [8]; y aquella dama
que en aquel balcón parece vestida a lo moro [*] es la sin par Melisendra,
que desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta la
imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren también un
nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No veen aquel moro que callandico y
pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se llega por las espaldas de Melisendra? Pues
miren cómo la da un beso en mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir y a
limpiárselos con la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta y se arranca de pesar
sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran [*] la culpa del maleficio.
Miren también cómo aquel grave moro que está en aquellos corredores es el rey Marsilio
de Sansueña [9], el cual, por haber
visto la insolencia del moro, puesto que era un pariente y gran privado suyo le mandó
luego prender, y que le den docientos azotes, llevándole por las calles acostumbradas de
la ciudad [10],
con chilladores delante
y envaramiento detrás [11];
y veis aquí [*] donde salen a ejecutar la
sentencia, aun bien apenas no habiendo sido puesta en ejecución la culpa [12], porque entre moros no hay «traslado a
la parte», ni «a prueba y estése», como entre nosotros [13]. |
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Niño, niño dijo con voz alta a esta
sazón don Quijote, seguid vuestra historia línea recta y no os metáis en las
curvas o transversales [14], que para
sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.También dijo maese [*] Pedro desde dentro:
Muchacho, no te metas en
dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que será lo más acertado: sigue tu canto
llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles [15].
Yo lo haré así
respondió el muchacho, y prosiguió diciendo: esta figura que aquí parece a
caballo, cubierta con una capa gascona [16],
es la mesma de don Gaiferos; aquí su esposa [*], ya vengada del
atrevimiento del enamorado moro, con mejor y más sosegado semblante se ha puesto a los
miradores de la torre, y habla con su esposo creyendo que es algún pasajero, con quien
pasó todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:
Caballero, si a Francia ides,
por Gaiferos preguntad [17],
las cuales no digo yo ahora, porque
de la prolijidad se suele engendrar el fastidio [18]. Basta ver cómo don Gaiferos se
descubre, y que por los ademanes alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella
le ha conocido, y más ahora que veemos se descuelga del balcón para ponerse en las ancas
del caballo de su buen esposo. Mas, ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido una punta del
faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente en el aire, sin poder
llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorre en las mayores necesidades, pues
llega don Gaiferos y, sin mirar si se rasgará o no el rico faldellín, ase della y mal su
grado la hace bajar al suelo y luego de un brinco la pone sobre las ancas de su caballo, a
horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche los brazos por las
espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se caiga, a causa que no estaba la
señora Melisendra acostumbrada a semejantes caballerías. Veis también cómo los
relinchos del caballo dan señales que va contento con la valiente y hermosa carga que
lleva en su señor y en su señora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad y
alegres y regocijados toman de París la vía. ¡Vais en paz [19], oh par sin par de verdaderos amantes!
¡Lleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sin que la fortuna ponga estorbo en
vuestro felice viaje! ¡Los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz
tranquila los días (que los de Néstor sean [20])
que os quedan de la vida! |
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Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro y dijo:
Llaneza, muchacho, no te
encumbres, que toda afectación es mala [21].
No respondió nada el intérprete,
antes prosiguió diciendo:
No faltaron algunos ociosos
ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la bajada y la subida de Melisendra, de quien
dieron noticia al rey Marsilio, el cual mandó luego tocar al arma; y miren con qué
priesa, que ya la ciudad se hunde con el son de las campanas que en todas las torres de
las mezquitas suenan.
¡Eso no! dijo a esta
sazón don Quijote. En esto de las campanas anda muy impropio maese Pedro, porque
entre moros no se usan campanas, sino atabales y un género de dulzainas que parecen
nuestras chirimías [22]; y esto de sonar
campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate.
Lo cual oído por maese Pedro, cesó
[*] el tocar y dijo:
No mire vuesa merced en
niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las cosas tan por el cabo, que no se le
halle. ¿No se representan por ahí casi de ordinario mil comedias llenas de mil
impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felicísimamente su carrera y se
escuchan no solo con aplauso, sino con admiración y todo [23]? Prosigue, muchacho, y deja decir, que
como yo llene mi talego, siquiera [*] represente [24] más impropiedades que tiene átomos el
sol.
Así es la verdad
replicó don Quijote.
Y el muchacho dijo:
Miren cuánta y cuán lucida
caballería sale de la ciudad en siguimiento de los dos católicos amantes, cuántas
trompetas que suenan, cuántas dulzainas que tocan y cuántos atabales y atambores que
retumban. Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo
caballo, que sería un horrendo espetáculo [*]. |
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Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien
dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo:
No consentiré yo que en mis
días y en mi presencia se le haga superchería [25] a tan famoso caballero y a tan atrevido
enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis [*] ni persigáis; si no,
conmigo sois en la batalla [26]!
Y, diciendo y haciendo [27], desenvainó la espada y de un brinco se
puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas
sobre la titerera morisma [*],
derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel, y, entre
otros muchos, tiró un altibajo tal [28],
que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más
facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:
Deténgase vuesa merced,
señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos
moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a
perder toda mi hacienda.
Mas no por esto dejaba de menudear
don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos [*]. Finalmente, en menos de
dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus
jarcias y figuras [29], el rey Marsilio
malherido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes.
Alborotóse el senado de los oyentes, huyóse el mono por los tejados de la venta [*], temió el primo, acobardóse
el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo, porque, como él juró
después de pasada la borrasca, jamás había visto a su señor con tan desatinada
cólera. Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y
dijo:
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