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Donde
se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento
desta grande historia
Dice el que tradujo esta grande
historia del original de la que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli [1], que llegando al capítulo de la aventura
de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas de mano del mesmo Hamete
estas mismas razones:
«No me puedo dar a entender ni me
puedo persuadir que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el
antecedente capítulo queda escrito. La razón es que todas las aventuras hasta aquí
sucedidas han sido contingibles y verisímiles [2], pero esta [*] desta cueva no le hallo entrada
alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos razonables. Pues
pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más verdadero hidalgo y el más noble
caballero de sus tiempos, no es posible, que no dijera él una mentira si le asaetearan [3]. Por otra parte, considero que él la
contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan breve
espacio tan gran máquina de disparates; y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo
la culpa, y, así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres
prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más, puesto que se tiene por
cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della y dijo que él la
había inventado [4], por parecerle que
convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus historias.»
Y luego prosigue diciendo:
Espantóse el primo, así del
atrevimiento de Sancho Panza como de la paciencia de su amo, y juzgó que del contento que
tenía de haber visto a su señora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía
aquella condición blanda que entonces mostraba; porque si así no fuera, palabras y
razones le dijo Sancho que merecían molerle a palos, porque realmente le pareció que
había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo: |
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Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada que con
vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas. La primera, haber
conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad. La segunda, haber sabido lo que
se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas
de Ruidera, que me servirán para el Ovidio español que traigo entre manos. La
tercera, entender la antigüedad de los naipes [5], que por lo menos ya se usaban en tiempo
del emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa merced dice que
dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel [*] grande espacio que estuvo
hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: «Paciencia y barajar»; y esta
razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado, sino cuando no lo estaba, en
Francia y en tiempo del referido emperador Carlomagno, y esta averiguación me viene
pintiparada para el otro libro que voy componiendo, que es Suplemento de Virgilio
Polidoro en la invención de las antigüedades, y creo que en el suyo no se acordó de
poner la de los naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más
alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La cuarta es haber
sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana, hasta ahora ignorado de las
gentes.
Vuestra merced tiene razón
dijo don Quijote, pero querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que se
[*] le dé licencia para
imprimir esos sus libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos [6].
Señores y grandes hay en
España a quien puedan dirigirse dijo el primo.
No muchos respondió don
Quijote, y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no
obligarse a la satisfación que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores. Un
príncipe conozco yo que puede suplir la falta de los demás con tantas ventajas, que si
me atreviere [*] a
decirlas, quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos [7]; pero quédese esto aquí para otro
tiempo más cómodo, y vamos a buscar a donde recogernos esta noche. |
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No lejos de aquí respondió el primo está una ermita, donde hace su
habitación un ermitaño que dicen ha sido soldado y está en opinión de ser un buen
cristiano, y muy discreto, y caritativo además. Junto con la ermita tiene una pequeña
casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo, aunque chica, es capaz de recibir
huéspedes.
¿Tiene por ventura gallinas
el tal ermitaño? preguntó Sancho.
Pocos ermitaños están sin
ellas respondió don Quijote, porque no son los que agora se usan como
aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían de hojas de palma y comían raíces
de la tierra [8]. Y no se entienda que
por decir bien de aquellos no lo digo de aquestos, sino que quiero decir que al rigor y
estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora, pero no por esto dejan
de ser todos buenos: a lo menos, yo por buenos los juzgo; y cuando todo corra turbio,
menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador [9].
Estando en esto, vieron que hacia
donde ellos estaban venía un hombre a pie, caminando apriesa y dando [*] varazos a un macho que
venía cargado de lanzas y de alabardas [10].
Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo. Don Quijote le dijo:
Buen hombre, deteneos [*], que parece que vais con
más diligencia que ese macho ha menester.
No me puedo detener, señor
respondió el hombre, porque las armas que veis que aquí llevo han de servir
mañana, y, así, me es forzoso el no detenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para
qué las llevo, en la venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y
si es que hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contaré maravillas. Y
a Dios otra vez.
Y de tal manera aguijó el macho,
que no tuvo lugar don Quijote de preguntarle qué maravillas eran las que pensaba
decirles, y como él era algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas,
ordenó que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin tocar en la
ermita, donde quisiera el primo que se quedaran. |
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Hízose así, subieron a caballo y siguieron todos tres [*] el derecho camino de la
venta [*], a la cual llegaron
un poco antes de anochecer. Dijo [*]
el primo a don Quijote que llegasen a ella [*], a beber un trago [11]. Apenas oyó esto Sancho Panza, cuando
encaminó el rucio a la ermita [*], y lo mismo hicieron don
Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el ermitaño no
estuviese en casa, que así se lo dijo una sotaermitaño [*] que en la ermita [*] hallaron [12]. Pidiéronle de lo caro [13]; respondió que su señor no lo tenía,
pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.
Si yo la tuviera de agua [14] respondió Sancho, pozos hay
en el camino, donde la hubiera satisfecho. ¡Ah, bodas de Camacho y abundancia de la casa
de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!
Con esto dejaron la ermita y picaron
hacia la venta, y a poco trecho toparon un mancebito que delante dellos iba caminando no
con mucha priesa, y, así, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella
puesto un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos, que al parecer debían de ser
los calzones o greguescos, y herreruelo y alguna camisa, porque traía puesta una ropilla
de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la camisa, de fuera; las medias eran de
seda, y los zapatos cuadrados, a uso de corte [15]; la edad llegaría a diez y ocho o diez
y nueve años; alegre de rostro, y al parecer ágil de su persona. Iba cantando
seguidillas [16], para entretener el
trabajo del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantar una que el primo tomó de
memoria, que dicen que decía:
A la guerra me lleva [*]
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.
El primero que le habló fue don
Quijote, diciéndole:
Muy a la ligera camina vuesa
merced [17], señor galán. ¿Y adónde
bueno [18]?, sepamos, si es que gusta
decirlo. |
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A lo que el mozo respondió:
El caminar tan a la ligera lo
causa el calor y la pobreza, y el adónde voy es a la guerra.
¿Cómo la pobreza?
preguntó don Quijote. Que por el calor bien puede ser.
Señor replicó el
mancebo, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de terciopelo, compañeros
desta ropilla: si los gasto en el camino, no me podré honrar con ellos en la ciudad, y no
tengo con que comprar otros; y así por esto como por orearme voy desta manera hasta
alcanzar unas compañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde
asentaré [*] mi plaza [19], y no faltarán bagajes en que caminar
de allí adelante hasta el embarcadero [20],
que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo y por señor al rey, y
servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte [21].
¿Y lleva vuesa merced alguna
ventaja por ventura [22]? preguntó
el primo.
Si yo hubiera servido a algún
grande de España o algún principal personaje respondió el mozo, a buen
seguro que yo la llevara, que eso tiene el servir a los buenos, que del tinelo suelen
salir a ser alférez [*] o
capitanes, o con algún buen entretenimiento [23];
pero yo, desventurado, serví siempre a catarriberas y a gente advenediza [24], de ración y quitación tan mísera y
atenuada [25], que en pagar el almidonar
un cuello se consumía la mitad della [26];
y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna siquiera razonable
ventura [27].
Y dígame por su vida, amigo
preguntó don Quijote, ¿es posible que en los años que sirvió no ha podido
alcanzar alguna librea [28]?
Dos me han dado
respondió el paje, pero así como el que [*] se sale de alguna religión
antes de profesar [29] le quitan el
hábito y le vuelven sus vestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que,
acabados los negocios a que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las
libreas que por sola ostentación habían dado. |
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Notable espilorchería [30], como
dice el italiano dijo don Quijote. Pero, con todo eso, tenga a felice ventura
el haber salido de la corte con tan buena intención como lleva, porque no hay otra cosa
en la tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego a
su rey y señor natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se
alcanzan, si no más riquezas, a lo menos más honra que por las letras, como yo tengo
dicho muchas veces [31]; que puesto que
han fundado más mayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los
de las armas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se halla en ellos [32], que los aventaja a todos. Y esto que
ahora le quiero decir llévelo en la memoria, que le será de mucho provecho y alivio en
sus trabajos: y es que aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán
venir, que el peor de todos es la muerte, y como esta sea buena, el mejor de todos es el
morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano, cuál era la mejor
muerte: respondió que la impensada, la de repente y no prevista [33]; y aunque respondió como gentil y ajeno
del conocimiento del verdadero Dios, con todo eso dijo bien, para ahorrarse del
sentimiento [*] humano.
Que puesto caso que os maten en la primera facción y refriega [34], o ya de un tiro de artillería, o
volado de una mina, ¿qué importa? Todo es morir, y acabóse la obra; y según Terencio
más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida [35], y tanto alcanza de fama el buen soldado
cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que mandar le pueden. Y advertid, hijo,
que al soldado mejor le está el oler a pólvora que a algalia [*], y que si la vejez os coge
en este honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no
os podrá coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza. Cuanto más
que ya se va dando orden como se entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados
[36], porque no es bien que se haga con
ellos lo que suelen hacer los que ahorran [37]
y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándolos de casa
con título de libres los hacen esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino
con la muerte [38]. Y por ahora no os
quiero decir más, sino que subáis a las ancas deste mi caballo hasta la venta, y allí
cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréis el camino, que os le dé Dios tan bueno
como vuestros deseos merecen.
El paje no aceptó el convite de las
ancas, aunque sí el de cenar con él en la venta, y a esta sazón dicen que dijo Sancho
entre sí: «¡Válate Dios por señor! ¿Y es posible que hombre que sabe decir tales,
tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los disparates imposibles
que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien, ello dirá».
Y en esto llegaron a la venta, a
tiempo que anochecía, y no sin gusto de Sancho, por ver que su señor la juzgó por
verdadera venta, y no por castillo, como solía [39]. No hubieron bien entrado, cuando don
Quijote preguntó al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le
respondió que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus
jumentos el primo [*] y Sancho
[40], dando a Rocinante el mejor pesebre
y el mejor lugar de la caballeriza.
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