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De
las admirables cosas que el estremado [1]
don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos,cuya imposibilidad
y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa [2]
Las cuatro de la tarde serían,
cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos dio lugar a don
Quijote para que sin calor y pesadumbre contase a sus dos clarísimos oyentes [3] lo que en la cueva de Montesinos había
visto; y comenzó en el modo siguiente:
A obra de doce o catorce
estados de la profundidad desta mazmorra [4],
a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran
carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros [*], que lejos le responden [5], abiertos [*] en la superficie de la
tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de verme,
pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo sin llevar cierto
ni determinado camino [6], y, así,
determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no
descolgásedes más soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui
recogiendo la soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre
él pensativo además [7], considerando
lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quién me sustentase; y estando en
este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño
profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me
hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza,
ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi
que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo esto, me tenté la cabeza y
los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba o alguna fantasma vana y
contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí
hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme
luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de
transparente y claro cristal fabricados [8];
del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía un
venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada [9] que por el suelo le arrastraba. Ceñíale
los hombros y los pechos una beca de colegial [10], de raso verde; cubríale la cabeza una
gorra milanesa negra [11], y la barba,
canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en
la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de
avestruz [12]. El continente, el paso, la
gravedad y la anchísima presencia [13],
cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y lo
primero que hizo fue abrazarme estrechamente, y luego decirme: «Luengos tiempos ha,
valeroso caballero don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades
encantados esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la
profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña solo
guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo estupendo [*][14]. Ven conmigo, señor clarísimo, que te
quiero mostrar las maravillas que este transparente alcázar solapa [15], de quien yo soy alcaide y guarda [*] mayor perpetua [16], porque soy el mismo Montesinos, de
quien la cueva toma nombre». Apenas me dijo que era Montesinos [17], cuando le pregunté si fue verdad lo
que en el mundo de acá arriba [*] se contaba, que él
había sacado de la mitad del pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo
Durandarte y llevádole [*]
a la señora Belerma, como él se lo mandó al punto [*] de su muerte [18]. Respondióme que en todo decían
verdad, sino en la daga, porque no fue daga, ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo
que una lezna [19]. |
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Debía de ser dijo a este punto Sancho el tal puñal de Ramón de Hoces,
el sevillano [20]. No sé prosiguió don Quijote, pero no
sería dese puñalero, porque Ramón de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde
aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni
turba ni altera la verdad y contesto de la historia.
Así es respondió el
primo: prosiga vuestra merced, señor don Quijote, que le escucho con el mayor gusto
del mundo.
No con menor lo cuento yo
respondió don Quijote, y, así, digo que el venerable Montesinos me metió en
el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro
[21], estaba un sepulcro de mármol con
gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de
bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de
pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a mi parecer es algo peluda y
nervosa, señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón; y
antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del sepulcro, me
dijo: «Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y
valientes de su tiempo. Tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y
muchas, Merlín, aquel francés encantador que dicen que fue hijo del diablo [22]; y lo que yo creo es que no fue hijo del
diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo [23]. El cómo o para qué nos encantó nadie
lo sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según imagino [*]. Lo que a mí [*] me admira es que sé, tan
cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que
después de muerto le saqué el corazón con mis propias manos; y en verdad que debía de
pesar dos libras, porque, según los naturales [24], el que tiene mayor corazón es dotado
de mayor valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente
murió este caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando como si
estuviese vivo?». Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dijo: |
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«¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogaba [*],
que cuando yo fuere muerto
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga» [25].
Oyendo lo cual el venerable
Montesinos se puso de rodillas ante el lastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos,
le dijo: «Ya, señor Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el
aciago día de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que os
dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de puntas [26]; yo partí con él de carrera para
Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que
fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían de
haberos andado en las entrañas. Y por más señas, primo de mi alma, en el primero lugar
que topé saliendo de Roncesvalles eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no
oliese mal y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado [27] a la presencia de la señora Belerma, la
cual, con vos y conmigo, y con Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus
siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene
aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan de quinientos, no se ha
muerto ninguno de nosotros. Solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales
llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras
tantas lagunas, que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha las
llaman [*] las lagunas de
Ruidera [28]; las siete son de los reyes
de España, y las dos sobrinas, de los caballeros de una orden santísima que llaman de
San Juan. Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido
en un río llamado de su mesmo nombre, el cual cuando llegó a la superficie de la tierra
y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se
sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como no es posible dejar de acudir a su
natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le
vean. Vanle administrando [29] de sus
aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se llegan entra pomposo
y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y
melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos
y desabridos [30], bien diferentes de los
del Tajo dorado; y esto que agora os digo, ¡oh primo mío!, os lo he dicho muchas veces,
y como no me respondéis, imagino que no me dais crédito o no me oís, de lo que yo
recibo tanta pena cual Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que
no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed que
tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel gran caballero de
quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel don Quijote de la Mancha,
digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos ha resucitado en los
presentes la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y favor podría ser que
nosotros fuésemos desencantados, que las grandes hazañas para los grandes hombres están
guardadas». «Y cuando así no sea respondió el lastimado Durandarte con voz
desmayada y baja, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y barajar [31].» Y volviéndose de lado tornó a su
acostumbrado silencio, sin hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y
llantos, acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, y vi
por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de dos hileras de
hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas,
al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo
parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas, que
besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras [32]; era cejijunta, y la nariz algo chata;
la boca grande, pero colorados los labios; los dientes, que tal vez los descubría,
mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras;
traía en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar [*], un corazón de carne momia,
según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente de la
procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus dos señores
estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entre el lienzo y en las
manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellas cuatro días en la semana hacían
aquella procesión y cantaban o, por mejor decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y
sobre el lastimado corazón de su primo [33];
y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama [34], era la causa las malas noches y peores
días que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su
color quebradiza [35]. «Y no toma
ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil ordinario en las mujeres,
porque ha muchos meses y aun años que no le tiene ni asoma por sus puertas, sino del
dolor que siente su corazón por el que de contino tiene en las manos, que le renueva y
trae a la memoria la desgracia de su mal logrado amante [36]; que si esto no fuera, apenas la
igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos
estos contornos, y aun en todo el mundo.» «Cepos quedos [37] dije yo entonces, señor don
Montesinos: cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación
es odiosa, y, así, no hay para qué comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del
Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien es y quien ha sido, y quédese
aquí.» A lo que él me respondió: «Señor don Quijote, perdóneme vuesa merced, que yo
confieso que anduve [*] mal y
no dije bien en decir que apenas igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues
me bastaba a mí [*]
haber entendido por no sé qué barruntos que vuesa merced es su caballero, para que me
mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo». Con esta satisfación
que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón del sobresalto que recebí en oír
que a mi señora la comparaban con Belerma.
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