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Mirad, bachiller respondió el licenciado, vos estáis en la
más errada opinión del mundo acerca de la destreza de la espada [46], teniéndola por vana.
Para mí no es opinión, sino
verdad asentada replicó Corchuelo; y si queréis que os lo muestre con la
experiencia, espadas traéis, comodidad hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompañadas
de mi ánimo, que no es poco, os harán confesar que yo no me engaño. Apeaos y usad de
vuestro compás de pies, de vuestros círculos y vuestros ángulos y ciencia [47], que yo espero de haceros ver estrellas
a medio día con mi destreza moderna y zafia, en quien espero, después de Dios, que está
por nacer hombre que me haga volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo
no le haga perder tierra [48].
En eso de volver o no las
espaldas no me meto replicó el diestro, aunque podría ser que en la parte
donde la vez primera clavásedes el pie, allí os abriesen la sepultura: quiero decir, que
allí quedásedes muerto por la despreciada destreza.
Ahora se verá
respondió Corchuelo.
Y apeándose con gran presteza de su
jumento, tiró con furia de una de las espadas que llevaba el licenciado en el suyo.
No ha de ser así dijo a
este instante don Quijote, que yo quiero ser el maestro desta esgrima y el juez
desta muchas veces no averiguada cuestión [49].
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Y apeándose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del camino, a tiempo
que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo y compás de pies, se iba contra
Corchuelo, que contra él se vino, lanzando, como decirse suele, fuego por los ojos. Los
otros dos labradores del acompañamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de
espectatores [*] en la
mortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandobles que tiraba
Corchuelo eran sin número [50], más
espesas que hígado [51] y más menudas
que granizo [52]. Arremetía como un
león irritado; pero salíale al encuentro un tapaboca de la zapatilla de la espada del
licenciado [53], que en mitad de su furia
le detenía y se la hacía besar como si fuera reliquia, aunque no con tanta devoción
como las reliquias deben y suelen besarse.Finalmente, el licenciado le contó a estocadas todos los
botones de una media sotanilla que traía vestida [54], haciéndole tiras los faldamentos, como
colas de pulpo [55]; derribóle el
sombrero dos veces y cansóle de manera que de despecho, cólera y rabia asió la espada
por la empuñadura y arrojóla por el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores
asistentes, que era escribano, que fue por ella, dio después por testimonio que la
alongó de sí casi tres cuartos de legua, el cual testimonio sirve y ha servido para que
se conozca y vea con toda verdad cómo la fuerza es vencida del arte.
Sentóse cansado Corchuelo, y
llegándose a él Sancho le dijo:
Mía fe, señor bachiller, si
vuesa merced toma mi consejo, de aquí adelante no ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino
a luchar o a tirar la barra, pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a quien
llaman diestros he oído decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.
Yo me contento
respondió Corchuelo de haber caído de mi burra [56] y de que me haya mostrado la experiencia
la verdad de quien tan lejos estaba. |
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Y, levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron más amigos que de antes, y no
queriendo esperar al escribano que había ido por la espada, por parecerle que tardaría
mucho, y, así [*],
determinaron seguir [57], por llegar
temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
En lo que faltaba del camino, les
fue contando el licenciado las excelencias de la espada, con tantas razones demostrativas
y con tantas figuras y demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de la
bondad de la ciencia, y Corchuelo, reducido de [*] su pertinacia [58].
Era anochecido, pero antes que
llegasen les pareció a todos que estaba delante del pueblo un cielo lleno de inumerables
y resplandecientes estrellas; oyeron asimismo confusos y suaves sonidos de diversos
instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas [59]; y cuando llegaron cerca vieron que los
árboles de una enramada que a mano habían puesto a la entrada del pueblo estaban todos
llenos de luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no soplaba sino tan
manso, que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles. Los músicos eran los
regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel agradable sitio andaban,
unos bailando y otros cantando, y otros tocando la diversidad de los referidos
instrumentos. En efecto, no parecía sino que por todo aquel prado andaba corriendo la
alegría y saltando el contento.
Otros muchos andaban ocupados en
levantar andamios, de donde con comodidad pudiesen ver otro día [60] las representaciones y danzas que se
habían de hacer en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y las
exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo pidieron así
el labrador como el bachiller, pero él dio por disculpa, bastantísima a su parecer, ser
costumbre de los caballeros andantes dormir por los campos y florestas antes que en los
poblados, aunque fuese debajo de dorados techos; y con esto se desvió un poco del camino,
bien contra la voluntad de Sancho, viniéndosele a la memoria el buen alojamiento que
había tenido en el castillo o casa de don Diego.
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