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Donde se cuenta la aventura
del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos
Poco trecho se había alongado don
Quijote del lugar de don Diego, cuando encontró con dos como clérigos o como estudiantes
[1] y con dos labradores que sobre cuatro
bestias asnales venían caballeros. El uno de los estudiantes traía, como en portamanteo
[2], en un lienzo de bocací verde
envuelto, al parecer [3], un poco de
grana blanca y dos pares de medias de cordellate [4]; el otro no traía otra cosa que dos
espadas negras de esgrima, nuevas y con sus zapatillas [5]. Los labradores traían otras cosas, que
daban indicio y señal que venían de alguna villa grande donde las habían comprado y las
llevaban a su aldea. Y así estudiantes como labradores cayeron en la misma admiración en
que caían todos aquellos que la vez primera veían a don Quijote, y morían por saber
qué hombre fuese aquel tan fuera del uso de los otros hombres.
Saludóles don Quijote, y después
de saber el camino que llevaban, que era el mesmo que él hacía, les ofreció su
compañía y les pidió detuviesen el paso, porque caminaban más sus pollinas que su
caballo; y, para obligarlos, en breves razones les dijo quién era, y su oficio y
profesión, que era de caballero andante que iba a buscar las aventuras por todas las
partes del mundo. Díjoles que se llamaba de nombre propio «don Quijote de la Mancha» y
por el apelativo «el Caballero de los Leones». Todo esto para los labradores era
hablarles en griego o en jerigonza [6],
pero no para los estudiantes, que luego entendieron la flaqueza del celebro de don
Quijote, pero con todo eso le miraban con admiración y con respecto, y uno dellos le
dijo:
Si vuestra merced, señor
caballero, no lleva camino determinado, como no le suelen llevar los que buscan las
aventuras, vuesa merced se venga con nosotros: verá una de las mejores bodas y más ricas
que hasta el día de hoy se habrán celebrado en la Mancha, ni en otras muchas leguas a la
redonda. |
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Preguntóle don Quijote si eran de algún príncipe, que así las ponderaba.
No son respondió el
estudiante sino de un labrador y una labradora: él, el más rico de toda [*] esta tierra, y ella, la más
hermosa que han visto los hombres. El aparato con que se han de hacer es estraordinario y
nuevo [7], porque se han de celebrar en
un prado que está junto al pueblo de la novia, a quien por excelencia llaman Quiteria
«la hermosa», y el desposado se llama Camacho «el rico», ella de edad de diez y ocho
años, y él de veinte y dos, ambos para en uno [8], aunque algunos curiosos que tienen de
memoria los linajes de todo el mundo quieren decir que el de la hermosa Quiteria se
aventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto, que las riquezas son poderosas de
soldar muchas quiebras [9]. En efecto, el
tal Camacho es liberal y hásele antojado de enramar y cubrir todo el prado por arriba [10], de tal suerte, que el sol se ha de ver
en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbas verdes de que está cubierto el suelo.
Tiene asimesmo maheridas danzas [11],
así de espadas como de cascabel menudo [12],
que hay en su pueblo quien los repique y sacuda por estremo; de zapateadores no digo nada,
que es un juicio los que tiene muñidos [13];
pero ninguna de las cosas referidas, ni otras muchas que he dejado de referir, ha de hacer
más memorables estas bodas, sino las que imagino que hará en ellas el despechado
Basilio. Es este Basilio un zagal vecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual tenía su
casa pared y medio de la de los padres de Quiteria [14], de donde tomó ocasión el amor de
renovar al mundo los ya olvidados amores de Píramo y Tisbe [15]; porque Basilio se enamoró de Quiteria
desde sus tiernos y primeros años, y ella fue correspondiendo a su deseo con mil honestos
favores, tanto, que se contaban por entretenimiento en el pueblo los amores de los dos
niños Basilio y Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordó el padre de Quiteria de
estorbar a Basilio la ordinaria entrada que en su casa tenía; y por quitarse de andar
receloso y lleno de sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico Camacho, no
pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía [*] tantos bienes de fortuna como
de naturaleza [16]. Pues, si va a decir [*] las verdades sin invidia,
él es el más ágil mancebo que conocemos, gran tirador de barra, luchador estremado y
gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta más que una cabra, y birla a los bolos
como por encantamento [17]; canta como
una calandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juega una espada
como el más pintado [18]. |
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Por esa sola gracia dijo a esta sazón don Quijote merecía ese mancebo
no solo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra, si fuera hoy
viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo quisieran.
¡A mi mujer con eso!
dijo Sancho Panza, que hasta entonces había ido callando y escuchando, la
cual no quiere sino que cada uno case con su igual, ateniéndose al refrán que dicen
«cada oveja con su pareja» [19]. Lo que
yo quisiera es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando [20], se casara con esa señora Quiteria, que
buen siglo hayan y buen poso (iba a decir al revés [21]) los que estorban que se casen los que
bien se quieren.
Si todos los que bien se
quieren se hubiesen de casar dijo don Quijote, quitaríase la eleción y
juridición a los padres de casar sus hijos con quien y cuando deben, y si a la voluntad
de las hijas quedase escoger los maridos, tal habría que escogiese al criado de su padre,
y tal al que vio pasar por la calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese un
desbaratado espadachín [22]: que el amor
y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger
estado, y el del matrimonio está muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento y
particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo, y si es
prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible con quien
acompañarse; pues ¿por qué no hará lo mesmo el que ha de caminar toda la vida, hasta
el paradero de la muerte, y más si la compañía le ha de acompañar en la cama, en la
mesa y en todas partes, como es la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es
mercaduría que una vez comprada se vuelve [23]
o se trueca o cambia, porque es accidente inseparable [24], que dura lo que dura la vida: es un
lazo que, si una vez le echáis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano [25], que, si no le corta la guadaña de la
muerte, no hay desatarle. Muchas más cosas pudiera decir en esta materia, si no lo
estorbara el deseo que tengo de saber si le queda más que decir al señor licenciado
acerca de la historia de Basilio. |
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A lo que respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como le llamó don Quijote, que
[*]:
De todo [*] no me queda más
que decir sino que desde el punto que Basilio supo que la hermosa Quiteria se casaba con
Camacho el rico, nunca más le han visto reír ni hablar razón concertada [26], y siempre anda pensativo y triste,
hablando entre sí mismo, con que da ciertas y claras señales de que se le ha vuelto el
juicio [27]: come poco y duerme poco, y
lo que come son frutas, y en lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura
tierra, como animal bruto; mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava los ojos
en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatua vestida que el aire le
mueve la ropa [28]. En fin, él da tales
muestras de tener apasionado el corazón, que tememos todos los que le conocemos que el
dar el sí mañana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte [29].
Dios lo hará mejor [30] dijo Sancho, que Dios, que
da la llaga, da la medicina [31]. Nadie
sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horas hay, y en una, y aun en un
momento, se cae la casa; yo he visto llover y hacer sol, todo a un mesmo punto; tal se
acuesta sano la noche, que no se puede mover otro día. Y díganme: ¿por ventura habrá
quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja de la fortuna [32]? No, por cierto; y entre el sí y
el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler, porque no
cabría. Denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de buena voluntad a Basilio,
que yo le daré a él un saco de buena ventura: que el amor, según yo he oído decir,
mira con unos antojos [33] que hacen
parecer oro al cobre, a la pobreza, riqueza, y a las lagañas, perlas.
¿Adónde vas a parar, Sancho,
que seas maldito? dijo don Quijote. Que cuando comienzas a ensartar refranes y
cuentos, no te puede esperar sino el mesmo Judas que te lleve [34]. Dime, animal, ¿qué sabes tú de
clavos, ni de rodajas, ni de otra cosa ninguna? |
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¡Oh! Pues si no me entienden respondió Sancho, no es maravilla que mis
sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, y sé que no he
dicho muchas necedades en lo que he dicho, sino que vuesa merced, señor mío, siempre es
friscal de mis dichos [35], y aun de mis
hechos.
Fiscal has de decir
dijo don Quijote, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que
Dios te confunda.
No se apunte vuestra merced
conmigo [36] respondió
Sancho, pues sabe que no me he criado en la corte, ni he estudiado en Salamanca,
para saber si añado o quito alguna letra a mis vocablos. Sí, que, ¡válgame Dios!, no
hay para qué obligar al sayagués a que hable como el toledano [37], y toledanos puede haber que no las
corten en el aire en esto del hablar polido [38].
Así es dijo el
licenciado, porque no pueden hablar tan bien los que se crían en las Tenerías y en
Zocodover [39] como los que se pasean
casi todo el día por el claustro de la Iglesia Mayor [40], y todos son toledanos. El lenguaje
puro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos, aunque hayan
nacido en Majalahonda [41]: dije discretos
porque hay muchos que no lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que
se acompaña con el uso [42]. Yo,
señores, por mis pecados, he estudiado cánones en Salamanca, y pícome algún tanto de
decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes [43].
Si no os picáredes [*] más de saber más menear
las negras que lleváis que la lengua [44]
dijo el otro estudiante, vos llevárades el primero en licencias, como
llevastes cola [45].
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