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Un
amigo y discreto respondió don Quijote era de parecer que no se había de
cansar nadie en glosar versos, y la razón, decía él, era que jamás la glosa podía
llegar al texto, y que muchas o las más veces iba la glosa fuera de la intención y
propósito de lo que pedía lo que se glosaba, y más, que las leyes de la glosa eran
demasiadamente estrechas, que no sufrían interrogantes, ni dijo, ni diré,
ni hacer nombres de verbos, ni mudar el sentido, con otras ataduras y estrechezas con que
van atados los que glosan [*],
como vuestra merced debe de saber.
Verdaderamente, señor don Quijote
dijo don Lorenzo, que deseo coger a vuestra merced en un mal latín continuado
[36], y no puedo, porque se me desliza de
entre las manos como anguila.
No entiendo respondió don
Quijote lo que vuestra merced dice ni quiere decir en eso del deslizarme.
Yo me daré a entender respondió don
Lorenzo, y por ahora esté vuesa merced atento a los versos glosados y a la glosa,
que dicen desta manera:
¡Si mi fue tornase a es,
sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después... [37]!
Glosa
Al fin, como todo pasa,
se pasó el bien que me dio
fortuna, un tiempo no escasa,
y nunca me le volvió,
ni abundante ni por tasa [38].
Siglos ha ya que me vees,
fortuna, puesto a tus pies:
vuélveme a ser venturoso,
que será mi ser dichoso
si mi fue tornase a es.
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No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento [39],
otro triunfo, otra vitoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
fortuna, templado está
todo el rigor de mi fuego,
y más si este bien es luego,
sin esperar más será.
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya estendido [40].
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría [*] el que
pidiese,
o que el tiempo ya se fuese
o viniese [*] el
tiempo ya.
Vivir [*] en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo,
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
acabar, mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
de lo que será después.
En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se
levantó en pie don Quijote, y en voz levantada, que parecía grito [*], asiendo con su mano la
derecha de don Lorenzo, dijo: |
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¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor
poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un
poeta que Dios perdone [41], sino por las
academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y
Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero, Febo los
asaetee [42] y las musas jamás
atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme, señor, si sois servido, algunos versos
mayores [43], que quiero tomar de todo en
todo el pulso a vuestro admirable ingenio.¿No
es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don Quijote, aunque le
tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te estiendes, y cuán dilatados
límites son los de tu juridición agradable! Esta verdad acreditó don Lorenzo, pues
condecendió [*] con la
demanda [44] y deseo de don Quijote,
diciéndole este soneto a la fábula o historia de Píramo y Tisbe [45]:
SONETO
El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho;
parte el Amor de Chipre [46] y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa [47].
Habla el silencio allí [48], porque no
osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho [49];
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás [50], y el
paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte. Ved qué historia:
que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria [51].
¡Bendito sea Dios dijo don Quijote
habiendo oído el soneto a don Lorenzo, que entre los infinitos poetas consumidos
que hay [52] he visto un consumado poeta,
como lo es vuesa merced, señor mío, que así me lo da a entender el artificio deste
soneto!
Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo en
la casa de don Diego, al cabo de los cuales le pidió licencia para irse, diciéndole que
le agradecía la merced y buen tratamiento que en su casa había recebido, pero que por no
parecer bien que los caballeros andantes se den muchas horas al ocio [*] y al regalo, se quería ir a
cumplir con su oficio, buscando las aventuras, de quien tenía noticia que aquella tierra
abundaba, donde esperaba entretener el tiempo hasta que llegase el día de las justas de
Zaragoza, que era el de su derecha derrota [53];
y que primero había de entrar en la cueva de Montesinos, de quien tantas y tan admirables
cosas en aquellos contornos se contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y
verdaderos manantiales de las siete lagunas llamadas comúnmente de Ruidera [54]. Don Diego y su hijo le alabaron su
honrosa determinación y le dijeron que tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en
grado le viniese, que le servirían con la voluntad posible, que a ello les obligaba el
valor de su persona y la honrosa profesión suya. |
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Llegóse, en fin, el día de su partida, tan alegre para don Quijote como triste y aciago
para Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la abundancia de la casa de don Diego y
rehusaba de volver a la hambre que se usa en las florestas y despoblados [*] y a la
estrecheza de sus mal proveídas alforjas. Con todo esto, las llenó y colmó de lo más
necesario que le pareció, y al despedirse dijo don Quijote a don Lorenzo:No sé si he dicho a vuesa merced otra vez, y si lo
he dicho lo vuelvo a decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos
para llegar a la inacesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que hacer otra cosa
sino dejar a una parte la senda de la poesía, algo estrecha, y tomar la estrechísima de
la andante caballería [55], bastante
para hacerle emperador en daca las pajas [56].
Con estas razones acabó don Quijote de cerrar el
proceso de su locura [57], y más con las
que añadió, diciendo:
Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al
señor don Lorenzo, para enseñarle cómo se han de perdonar los sujetos y supeditar y
acocear los soberbios [58], virtudes
anejas a la profesión que yo profeso; pero pues no lo pide su poca edad [59], ni lo querrán consentir sus loables
ejercicios, solo me contento con advertirle a vuesa merced que siendo poeta podrá ser
famoso si se guía más por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni
madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre más
este engaño [60].
De nuevo se admiraron padre y hijo de las
entremetidas razones de don Quijote [61],
ya discretas y ya disparatadas, y del tema [62]
y tesón que llevaba de acudir de todo en todo a la busca de sus desventuradas aventuras,
que las tenía por fin y blanco de sus deseos. Reiteráronse los ofrecimientos y
comedimientos, y con la buena licencia de la señora del castillo, don Quijote y Sancho,
sobre Rocinante y el rucio, se partieron.
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