 |
|
Aquí cesó la referida exclamación del autor [36], y pasó adelante, anudando el hilo de
la historia, diciendo que visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote [37], y que no podía dejar de soltar al
león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de
par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de
grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse
en la jaula donde venía echado y tender la garra y desperezarse todo; abrió luego la
boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se
despolvoreó los ojos y se lavó el rostro. Hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula
y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la
misma temeridad. Solo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro
y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.
Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista
locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de
niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho,
volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y
remanso se volvió a echar en la jaula [38].
Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para
echarle fuera.
Eso no haré yo
respondió el leonero, porque si yo le instigo, el primero a quien hará
pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo hecho, que
es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna.
El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir o no salir; pero pues no ha
salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced
ya está bien declarada; ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está
obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no
acude, en él se queda la infamia y el esperante gana la corona del vencimiento. |
|
Así es verdad respondió don Quijote. Cierra, amigo, la puerta, y dame
por testimonio en la mejor forma que pudieres lo que aquí me has visto hacer [39], conviene a saber: como tú abriste al
león, yo le esperé, él no salió, volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse a
acostar [*]. No debo más,
y encantos afuera [40], y Dios ayude a la
razón y a la verdad y a la verdadera caballería, y cierra [41], como he dicho, en tanto que hago señas
a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la
punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los
requesones [42], comenzó a llamar a los
que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos
del hidalgo [43]; pero alcanzando Sancho
a ver la señal del blanco paño, dijo:
Que me maten si mi señor no
ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.
Detuviéronse todos y conocieron [*] que el que hacía las
señas era don Quijote; y perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron
acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote que los llamaba.
Finalmente, volvieron al carro, y en llegando dijo don Quijote al carretero:
Volved, hermano, a uncir
vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para
él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido.
Esos daré yo de muy buena
gana respondió Sancho, pero ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos o
vivos?
Entonces el leonero, menudamente y
por sus pausas [44], contó el fin de la
contienda, exagerando como él mejor pudo y supo el valor de don Quijote, de cuya vista el
león acobardado no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen
espacio abierta la puerta de la jaula; y que por haber él dicho a aquel caballero que era
tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se
irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad había permitido que la puerta se
cerrase. |
|
¿Qué te parece desto, Sancho? dijo don Quijote. ¿Hay encantos que
valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura,
pero el esfuerzo y el ánimo será imposible [45].
Dio los escudos Sancho, unció el
carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por la merced recebida y prometióle
de contar aquella valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.
Pues si acaso Su Majestad
preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los Leones [46], que de aquí adelante quiero que en
este se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la
Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban
los nombres cuando querían o cuando les venía a cuento.
Siguió su camino el carro, y don
Quijote, Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el suyo.
En todo este tiempo no había
hablado palabra don Diego de Miranda, todo atento a mirar y a notar los hechos y palabras
de don Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo [47]. No había aún llegado a su noticia la
primera parte de su historia, que si la hubiera leído cesara la admiración en que lo
ponían sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el género de su locura; pero como no
la sabía, ya le tenía por cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado,
elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía entre
sí: «¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y darse a
entender que le ablandaban [*]
los cascos los encantadores [*]? ¿Y qué mayor
temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?».
Destas imaginaciones y deste
soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole: |
|
¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su
opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis
obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra
merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido. Bien
parece un gallardo caballero a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una
lanzada con felice suceso a un bravo toro [48];
bien parece un caballero armado de resplandecientes armas pasar la tela [49] en alegres justas delante de las damas,
y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios militares o que lo parezcan
entretienen y alegran y, si se puede decir, honran las cortes de sus príncipes; pero
sobre todos estos parece mejor un caballero andante que por los desiertos, por las
soledades [50], por las encrucijadas, por
las selvas y por los montes anda buscando peligrosas [*] aventuras, con intención
de darles dichosa y bien afortunada cima, solo por alcanzar gloriosa fama y duradera [51]. Mejor parece, digo, un caballero
andante socorriendo a una viuda en algún despoblado que un cortesano caballero
requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus particulares
ejercicios: sirva a las damas el cortesano; autorice la corte de su rey con libreas [52]; sustente los caballeros pobres con el
espléndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos [53] y muéstrese grande, liberal y
magnífico, y buen cristiano sobre todo, y desta manera cumplirá con sus precisas
obligaciones. Pero el andante caballero busque los rincones del mundo, éntrese en los
más intricados laberintos, acometa a cada paso lo imposible, resista en los páramos
despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura
inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren leones [54], ni le espanten vestiglos, ni atemoricen
endriagos, que buscar estos, acometer aquellos y vencerlos a todos son sus principales y
verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número de la andante
caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí me pareciere que cae debajo
de la juridición de mis ejercicios; y, así, el acometer los leones que ahora acometí
derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad esorbitante, porque bien sé lo
que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son
la cobardía y la temeridad: pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al
punto de temerario que no que baje y toque en el punto de cobarde [55], que así como es más fácil venir el
pródigo a ser liberal que el avaro [*], así es más fácil dar el
temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía; y en
esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha [*] de perder por carta de más
que de menos [56], porque mejor suena en
las orejas de los que lo oyen «el tal caballero [*] es temerario y
atrevido» que no «el tal caballero es tímido y cobarde»
.Digo, señor don Quijote
respondió don Diego, que todo lo que vuesa merced ha dicho y hecho va
nivelado con el fiel de la misma razón [57],
y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se perdiesen, se
hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo depósito y archivo. Y démonos
priesa, que se hace tarde, y lleguemos [*] a mi aldea y casa, donde
descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido del
espíritu, que suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo.
Tengo el ofrecimiento a gran
favor y merced, señor don Diego respondió don Quijote.
Y picando más de lo que hasta
entonces, serían como las dos de la tarde cuando llegaron a la aldea y a la casa de don
Diego, a quien don Quijote llamaba «el Caballero del Verde Gabán».
|
|
|
|