 |
|
De donde [*] se declaró el último
punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la
felicemente acabada aventura de los leones [1]
Cuenta la historia que cuando don
Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones
que los pastores le vendían [2] y,
acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos, y
por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de echarlos en la celada de su
señor, y con este buen recado volvió a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le
dijo:
Dame, amigo, esa celada, que o
yo [*] sé poco de
aventuras o lo que allí descubro es alguna que me ha de necesitar y me necesita a tomar
mis armas [3].
El del Verde Gabán, que esto oyó,
tendió la vista por todas partes y no descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos
venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro
debía de traer moneda de Su Majestad [4],
y así se lo dijo a don Quijote, pero él no le dio crédito, siempre creyendo y pensando
que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras, y, así,
respondió al hidalgo:
Hombre apercebido, medio
combatido [5]. No se pierde nada en que
yo me aperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé
cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de acometer [6]. |
|
Y volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de sacar los
requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don Quijote, y sin que echase de
ver lo que dentro venía, con toda priesa se la encajó en la cabeza; y como los
requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro y
barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto, que dijo a Sancho:¿Qué será esto, Sancho, que
parece que se me ablandan los cascos o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a
la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo: sin duda creo que es terrible
la aventura que agora quiere sucederme [7].
Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso sudor me ciega los ojos.
Calló Sancho y diole un paño, y
dio, con él, gracias a Dios de que su señor no hubiese caído en el caso. Limpióse don
Quijote, y quitóse la celada por ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la
cabeza [8], y viendo aquellas gachas
blancas dentro de la celada [9], las
llegó a las narices, y, en oliéndolas, dijo:
Por vida de mi señora
Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, bergante y
malmirado escudero.
A lo que con gran flema y
disimulación [*]
respondió Sancho:
Si son requesones, démelos
vuesa merced, que yo me los comeré. Pero cómalos el diablo, que debió de ser el que
ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced?
¡Hallado le habéis el atrevido [10]! A
la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo de tener encantadores que
me persiguen como a hechura y miembro de vuesa merced, y habrán puesto ahí esa
inmundicia para mover a cólera su paciencia y hacer que me muela como suele las
costillas. Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago [11], que yo confío en el buen discurso de
mi señor, que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que
lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada. |
|
Todo puede ser dijo don Quijote.
Y todo lo miraba el hidalgo, y de
todo se admiraba, especialmente cuando, después de haberse limpiado don Quijote cabeza,
rostro y barbas y celada, se la encajó, y afirmándose bien en los estribos, requiriendo
la espada [12] y asiendo la lanza, dijo:
Ahora, venga lo que viniere [*][13], que aquí estoy con ánimo de tomarme
con el mesmo Satanás en persona [14].
Llegó en esto el carro de las
banderas, en el [*] cual no
venía otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera.
Púsose don Quijote delante y dijo:
¿Adónde vais, hermanos?
¿Qué carro es este, qué lleváis en él y qué banderas son aquestas?
A lo que respondió el carretero:
El carro es mío; lo que va en
él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la corte [15], presentados a Su Majestad; las banderas
son del rey nuestro Señor, en señal que aquí [*] va cosa suya.
¿Y son grandes los leones?
preguntó don Quijote.
Tan grandes respondió
el hombre que iba a la puerta del carro, que no han pasado mayores, ni tan grandes,
de África a España jamás; y yo soy el leonero y he pasado otros, pero como estos,
ninguno. Son hembra y macho: el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de
atrás, y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y, así, vuesa merced se
desvíe, que es menester llegar presto donde les demos de comer. |
|
A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales
horas [16]? Pues ¡por Dios que han de
ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos,
buen hombre, y pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que
en mitad desta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho
y pesar de los encantadores que a mí los envían.
¡Ta, ta [17]! dijo a esta sazón entre sí el
hidalgo. Dado ha señal de quién es nuestro buen caballero: los requesones sin duda
le han ablandado los cascos y madurado los sesos.
Llegóse en esto a él Sancho y
díjole:
Señor, por quien Dios es que
vuesa merced haga de manera que mi señor don Quijote no se tome con estos leones, que si
se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.
Pues ¿tan loco es vuestro amo
respondió el hidalgo, que teméis y creéis que se ha de tomar con tan fieros
animales?
No es loco respondió Sancho,
sino atrevido.
Yo haré que no lo sea
replicó el hidalgo.
Y llegándose a don Quijote, que
estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas, le dijo:
Señor caballero, los
caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien
dellas [18], y no aquellas que de todo en
todo [*] la quitan;
porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de locura
que de fortaleza [19]. Cuanto más que
estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad,
y no será bien detenerlos ni impedirles su viaje. |
|
Váyase vuesa merced, señor hidalgo respondió don Quijote, a entender
con su perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje [*] a cada uno hacer su oficio.
Este es el mío, y yo sé si vienen a mí o no [20] estos señores leones.Y volviéndose al leonero, le dijo:
¡Voto a tal, don bellaco, que
si no abrís luego luego [*]
las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!
El carretero, que vio la
determinación de aquella armada fantasma [*], le dijo:
Señor mío, vuestra merced
sea servido, por caridad, de dejarme [*] desuncir las mulas y
ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones [21], porque si me las matan quedaré
rematado para toda mi vida [22]; que no
tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.
¡Oh hombre de poca fe [23]! respondió don Quijote,
apéate y desunce y haz lo que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que
pudieras ahorrar desta [*]
diligencia.
Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y
el leonero dijo a grandes voces:
Séanme testigos cuantos aquí
están como contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los leones, y de que
protesto a este señor que todo el mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por
su cuenta, con más mis salarios y derechos [24].
Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra [25], que yo seguro estoy que no me han de
hacer daño. |
|
Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar a Dios
acometer tal disparate, a lo que respondió don Quijote que él sabía lo que hacía.
Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se engañaba.Ahora, señor replicó [*] don Quijote, si vuesa
merced no quiere ser oyente desta que a su parecer ha de ser tragedia [26], pique la tordilla y póngase en salvo.
Oído lo cual por Sancho, con
lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en cuya comparación habían
sido tortas y pan pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los batanes [27] y, finalmente, todas las hazañas que
había acometido en todo el discurso de su vida.
Mire, señor decía
Sancho, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto por entre las
verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que el tal
león cuya debe de [*] ser
la tal uña es mayor que una montaña [28].
El miedo a lo menos respondió don
Quijote te le [*]
hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame, y si aquí
muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.
A estas añadió otras razones, con
que quitó las esperanzas de que no había de dejar de proseguir su desvariado intento.
Quisiera el del Verde Gabán oponérsele, pero viose desigual en las armas y no le
pareció cordura tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don
Quijote; el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio
ocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas,
procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen, antes que los leones se
desembanastasen [29]. |
|
Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba en las
garras de los leones [30]; maldecía su
ventura y llamaba menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero
no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro.
Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a
requerir y a intimar [*] a
don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo oía y que
no se curase de más intimaciones y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que
se diese priesa.En el espacio
que tardó el leonero en abrir la jaula primera estuvo considerando don Quijote si sería
bien hacer la batalla antes a pie que a caballo, y, en fin, se determinó de hacerla a pie
[31], temiendo que Rocinante se
espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y
embrazó el escudo; y desenvainando la espada, paso ante [*] paso [32], con maravilloso denuedo y corazón
valiente, se fue a poner delante del carro encomendándose a Dios de todo corazón y luego
a su señora Dulcinea [*].
Y es de saber que llegando a este
paso el autor de esta verdadera historia exclama y dice: «¡Oh fuerte y sobre todo
encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los
valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León [33], que fue gloria y honra de los
españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué
razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te
convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles [34]? Tú a pie, tú solo, tú intrépido,
tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras [35], con un escudo no de muy luciente y
limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron
las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo
los dejo aquí en su punto, por faltarme palabras con que encarecerlos».
|
|
|
|