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De
lo que sucedió a don Quijote con un discreto [*] caballero de la Mancha
Con la alegría, contento y ufanidad
que se ha dicho seguía don Quijote su jornada [1], imaginándose por la pasada vitoria [*] ser el caballero andante
más valiente que tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice fin
conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante; tenía en poco a los
encantos y a los encantadores; no se acordaba de los inumerables palos que en el discurso
de sus caballerías le habían dado, ni de la pedrada que le derribó la mitad de los
dientes, ni del desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas
de los yangüeses [2]; finalmente, decía
entre sí que si él hallara arte, modo o manera como desencantar a su señora Dulcinea,
no invidiara a la mayor ventura que alcanzó o pudo alcanzar el más venturoso caballero
andante de los pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho le
dijo:
¿No es bueno [3], señor, que aún todavía traigo entre
los ojos las desaforadas narices, y mayores de marca [4], de mi compadre Tomé Cecial?
¿Y crees tú, Sancho, por
ventura, que el Caballero de los Espejos era el bachiller Carrasco, y su escudero, Tomé
Cecial tu compadre?
No sé qué me diga a eso
respondió Sancho, solo sé que las señas que me dio de mi casa, mujer y
hijos no me las podría dar otro que él mesmo; y la cara, quitadas las narices, era la
misma de Tomé Cecial, como yo se la he visto muchas veces en mi pueblo y pared en medio
de mi misma casa [5], y el tono de la
habla era todo uno. |
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Estemos a razón, Sancho [6]
replicó don Quijote. Ven acá: ¿en qué consideración puede caber que el
bachiller Sansón Carrasco viniese como caballero andante, armado de armas ofensivas y
defensivas, a pelear conmigo? ¿He sido yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo jamás
ocasión para tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival o hace él profesión de las armas, para
tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?
Pues ¿qué diremos, señor
respondió Sancho, a esto de parecerse tanto aquel caballero, sea el que se
fuere, al bachiller Carrasco, y su escudero, a Tomé Cecial mi compadre? Y si ello es
encantamento, como vuestra merced ha dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien se
parecieran?
Todo es artificio y traza [7] respondió don Quijote de los
malignos magos que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de quedar vencedor
en la contienda [8], se previnieron [*] de que el caballero
vencido mostrase el rostro de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se
pusiese entre los filos de mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de mi
corazón [9], y desta manera quedase con
vida el que con embelecos y falsías procuraba quitarme la mía. Para prueba [*] de lo cual ya sabes, ¡oh
Sancho!, por experiencia que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil sea a los
encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y de lo feo hermoso,
pues no ha dos días que viste por tus mismos ojos la hermosura y gallardía de la sin par
Dulcinea en toda su entereza y natural conformidad [10], y yo la vi en la fealdad y bajeza de
una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca [11]; y más, que el perverso encantador que
se atrevió a hacer una transformación tan mala no es mucho que haya hecho la de Sansón
Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la gloria del vencimiento de las manos. Pero,
con todo esto, me consuelo, porque, en fin, en cualquiera [*] figura que haya sido,
he quedado vencedor de mi enemigo. |
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Dios sabe la verdad de todo respondió Sancho.
Y como él sabía que la
transformación de Dulcinea había sido traza y embeleco suyo, no le satisfacían las
quimeras de su amo, pero no le quiso replicar, por no decir alguna palabra que descubriese
su embuste.
En estas razones estaban, cuando los
alcanzó un hombre que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa
yegua tordilla [12], vestido un gabán de
paño fino verde, jironado de terciopelo leonado [13], con una montera del mismo terciopelo;
el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta [14], asimismo de morado y verde [*]; traía un alfanje morisco
pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del
tahalí [15]; las espuelas no eran
doradas, sino dadas con un barniz verde [16],
tan tersas y bruñidas, que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si
fuera [*] de oro puro. Cuando
llegó a ellos el caminante los saludó cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de
largo, pero don Quijote le dijo:
Señor galán [17], si es que vuestra merced lleva el
camino que nosotros y no importa el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos
juntos.
En verdad respondió el
de la yegua que no me pasara tan de largo si no fuera por temor que con la
compañía de mi yegua no se alborotara ese caballo.
Bien puede, señor
respondió a esta [*]
sazón Sancho, bien puede tener las riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el
más honesto y bien mirado del mundo: jamás en semejantes ocasiones ha hecho vileza
alguna, y una vez que [*]
se desmandó a hacerla la lastamos mi señor y yo con las setenas [18]. Digo otra vez que puede vuestra merced
detenerse, si quisiere [*],
que aunque se la den entre dos platos [19],
a buen seguro que el caballo no la arrostre [20].
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Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don Quijote, el
cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el arzón delantero de la
albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a don Quijote, mucho más miraba don
Quijote al de lo verde, pareciéndole hombre de chapa [21]. La edad mostraba ser de cincuenta
años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño; la vista, entre alegre y grave [22]; finalmente, en el traje y apostura daba
a entender ser hombre de buenas prendas. Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de
lo verde fue que semejante manera ni parecer de hombre no le había visto jamás:
admiróle la longura de su caballo [*][23], la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y
amarillez de su rostro, sus armas, su ademán y compostura, figura y retrato no visto por
luengos tiempos atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote la atención con que el
caminante le miraba y leyóle en la suspensión su deseo [24]; y como era tan cortés y tan amigo de
dar gusto a todos, antes que le preguntase nada le salió al camino [25], diciéndole:
Esta figura que vuesa merced
en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que comúnmente se usan, no me
maravillaría yo de que le hubiese maravillado [26], pero dejará [*] vuesa merced de estarlo
cuando le diga, como le digo, que soy caballero
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van [27].
Salí de mi patria [28], empeñé mi hacienda, dejé mi regalo y
entreguéme en los brazos de la fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise
resucitar la ya muerta [*]
andante caballería, y ha muchos días que tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome
acá y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas,
amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio
de caballeros andantes; y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas, he
merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo: treinta mil
volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces
de millares, si el cielo no lo remedia [29].
Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que yo soy don
Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura; y puesto
que las propias alabanzas envilecen [30],
esme forzoso decir yo tal vez las mías [31],
y esto se entiende cuando no se halla presente quien las diga; así que, señor
gentilhombre, ni este caballo, esta lanza [*], ni este escudo ni
escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada
flaqueza [32], os podrá admirar de aquí
adelante, habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago [33]. |
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Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba en responderle,
parecía que no acertaba a hacerlo, pero de allí a buen espacio le dijo:Acertastes, señor caballero, a
conocer por mi suspensión mi deseo, pero no habéis acertado a quitarme la maravilla que
en mí causa el haberos visto, que puesto que, como vos, señor, decís, que el saber ya
quién sois me lo [*] podría
quitar [34], no ha sido así, antes agora
que lo sé quedo más suspenso y maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros
andantes en el mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedo
persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre
casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en vuesa merced no lo hubiera visto con
mis ojos. ¡Bendito sea el cielo!, que con esa historia que vuesa merced dice que está
impresa de sus altas y verdaderas caballerías se habrán puesto en olvido las
innumerables de los fingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en
daño de las buenas costumbres y tan en perjuicio y descrédito de las buenas historias.
Hay mucho que decir
respondió don Quijote en razón de si son fingidas o no las historias de los
andantes caballeros.
Pues ¿hay quien dude
respondió el Verde que no son falsas las tales historias?
Yo lo dudo respondió
don Quijote, y quédese esto aquí, que si nuestra jornada dura, espero en Dios de
dar a entender a vuesa merced que ha hecho mal en irse con la corriente de los que tienen
por cierto que no son verdaderas.
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