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No hay camino tan llano replicó Sancho, que no tenga algún
tropezón o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas [42]; más acompañados y paniaguados [43] debe de tener la locura que la
discreción. Mas si es verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros [*] en los trabajos suele
servir de alivio en ellos [44], con
vuestra merced podré consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío.
Tonto, pero valiente
respondió el del Bosque, y más bellaco que tonto y que valiente.
Eso no es el mío
respondió Sancho, digo, que no tiene nada de bellaco, antes tiene una alma
como un cántaro [45]: no sabe hacer mal
a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de
noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi
corazón, y no me amaño a dejarle [46],
por más disparates que haga.
Con todo eso [*], hermano y señor dijo el
del Bosque, si el ciego guía al ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo [47]. Mejor es retirarnos con buen compás de
pies [48], y volvernos a nuestras
querencias, que los que buscan aventuras no siempre las hallan buenas.
Escupía Sancho a menudo al parecer
un cierto género de saliva pegajosa y algo seca; lo cual visto y notado por el caritativo
bosqueril escudero, dijo: |
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Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas, pero yo
traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo que es tal como bueno [49]. Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una
gran bota de vino y una empanada de media vara, y no es encarecimiento, porque era de un
conejo albar tan grande [50], que Sancho,
al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no que de cabrito [51]; lo cual visto por Sancho, dijo:
¿Y esto trae vuestra merced
consigo, señor?
Pues ¿qué se pensaba?
respondió el otro. ¿Soy yo por ventura algún escudero de agua y lana [52]? Mejor repuesto traigo yo en las ancas
de mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un general.
Comió Sancho sin hacerse de rogar,
y tragaba a escuras bocados de nudos de suelta [53], y dijo:
Vuestra merced sí que es
escudero fiel y legal, moliente y corriente [54],
magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aquí por arte de
encantamento, parécelo a lo menos, y no como yo, mezquino y malaventurado, que solo
traigo en mis alforjas un poco de queso tan duro, que pueden descalabrar con ello a un
gigante; a quien hacen compañía cuatro docenas de algarrobas [55] y otras tantas de avellanas y nueces,
mercedes a la estrecheza de mi dueño [56],
y a la opinión que tiene y orden que guarda de que los caballeros andantes no se han de
mantener y sustentar sino con frutas secas y con las yerbas del campo.
Por mi fe, hermano
replicó el del Bosque, que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas, ni a
piruétanos [57], ni a raíces de los
montes. Allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman
lo que ellos [*] mandaren [58]; fiambreras traigo, y esta bota colgando
del arzón de la silla, por sí o por no [59],
y es tan devota mía [60] y quiérola
tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé [*] mil besos y mil abrazos. |
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Y diciendo esto se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola, puesta a la boca,
estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber dejó caer la
cabeza a un lado, y dando un gran suspiro dijo:
¡Oh hideputa, bellaco, y
cómo es católico!
¿Veis ahí dijo el del
Bosque en oyendo el hideputa de Sancho como habéis alabado este vino
llamándole «hideputa»?
Digo respondió
Sancho que confieso que conozco que no es deshonra llamar «hijo de puta» a nadie
cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo
que más quiere [61]: ¿este vino es de
Ciudad Real [62]?
¡Bravo mojón [63]! respondió el del Bosque.
En verdad que no es de otra parte y que tiene algunos años de ancianidad.
¿A mí con eso? dijo
Sancho. No toméis menos sino que se me fuera a mí por alto dar alcance a su
conocimiento [64]. ¿No será bueno [65], señor escudero, que tenga yo un
instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler
cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura y las vueltas que ha de dar [66], con todas las circunstancias al vino
atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre
los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha, para prueba de lo
cual les sucedió lo que ahora diré. Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba,
pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó
con la punta de la lengua; el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo
que aquel vino sabía a hierro; el segundo dijo que más sabía a cordobán [67]. El dueño dijo que la cuba estaba
limpia y que el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro
ni de cordobán [68]. Con todo eso, los
dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse el
vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña, pendiente de una correa
de cordobán. Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer
en semejantes causas. |
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Por eso digo dijo el del Bosque que nos dejemos de andar buscando
aventuras; y pues tenemos hogazas, no busquemos tortas [69], y volvámonos a nuestras chozas, que
allí nos hallará Dios, si Él quiere [70].
Hasta que mi amo llegue a
Zaragoza, le serviré, que después todos nos entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto
bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y
templarles la sed, que quitársela fuera imposible; y así, asidos entrambos de la ya casi
vacía bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los
dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste
Figura.
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