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Don Quijote de la Mancha

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Segunda parte del ingenioso caballero
don Quijote de la Mancha

Capítulo XII+
 

—No quiero yo decir —respondió don Quijote— que esta sea aventura del todo, sino principio della, que por aquí se comienzan las aventuras. Pero escucha, que a lo que parece templando está un laúd o vigüela [29], y, según escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.

—A buena fe que es así —respondió Sancho— y que debe de ser caballero enamorado.

—No hay ninguno de los andantes que no lo sea —dijo don Quijote—. Y escuchémosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que canta, que de la abundancia del corazón habla la lengua [30].

Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque [31], que no era muy mala ni muy buena, lo estorbó, y estando los dos atónitos [*][32], oyeron que lo que cantó fue este

SONETO [33]

—Dadme, señora, un término que siga [34],
conforme a vuestra voluntad cortado [35],
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga [36].
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado;
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el alma ajusto [*].
Blando cual es o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o [*] imprimid lo que os dé gusto [37],
que de guardarlo eternamente juro.

Con un ¡ay! arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto el Caballero del Bosque, y de allí a un poco, con voz doliente y lastimada, dijo:



—¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! ¿Cómo que será posible, serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos este tu cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho que te confiesen por la más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses, todos los tartesios [38], todos los castellanos y finalmente todos los caballeros de la Mancha?

—Eso no —dijo a esta sazón don Quijote—, que yo soy de la Mancha y nunca tal he confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan perjudicial a la belleza de mi señora; y este tal caballero ya vees tú, Sancho, que desvaría. Pero escuchemos: quizá se declarará más.

—Sí hará —replicó Sancho—, que término lleva de quejarse un mes arreo [39].

Pero no fue así, porque habiendo entreoído el Caballero del Bosque que hablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación, se puso en pie y dijo con voz sonora y comedida:

—¿Quién va allá? ¿Qué gente [40]? ¿Es por ventura de la del número de los contentos, o la del de los [*] afligidos [41]?

—De los afligidos —respondió don Quijote.

—Pues lléguese [*] a mí —respondió el del Bosque— y hará cuenta que se llega a la mesma tristeza y a la aflición mesma [42].

Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó a él, y Sancho ni más ni menos.



El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:

—Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo sois, y de los que profesan la andante caballería, bástame el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen compañía [43], naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.

A lo que respondió don Quijote:

—Caballero soy, y de la profesión que decís; y aunque en mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso se ha ahuyentado della la compasión que tengo de las ajenas desdichas. De lo que cantastes [*] poco ha colegí que las vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes.

Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra [44], en buena paz y compañía, como si al romper del día no se hubieran de romper las cabezas [45].

—¿Por ventura, señor caballero —preguntó el del Bosque a don Quijote—, sois enamorado [*]?

—Por desventura lo soy —respondió don Quijote—, aunque los daños que nacen de los bien colocados pensamientos antes se deben tener por gracias que por desdichas [46].

—Así es la verdad —replicó el del Bosque—, si no nos turbasen la razón y el entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.



—Nunca fui desdeñado de mi señora —respondió don Quijote.

—No, por cierto —dijo Sancho, que allí junto estaba—, porque es mi señora como una borrega mansa: es más blanda que una manteca.

—¿Es vuestro escudero este? —preguntó el del Bosque.

—Sí es —respondió don Quijote.

—Nunca he visto yo escudero —replicó el del Bosque— que se atreva a hablar donde habla su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan grande como su padre, y no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo [47].

—Pues a fe —dijo Sancho— que he hablado yo, y puedo hablar delante de otro tan... Y aun quédese aquí, que es peor meneallo.

El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:

—Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que se den de las astas [48], contándose las historias de sus amores, que a buen seguro que les ha de coger el día en ellas y no las han de haber acabado.

—Sea en buena [*] hora —dijo Sancho—, y yo le diré a vuestra merced quién soy, para que vea si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos [49].

Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tan gracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.


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