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Estando en estas pláticas, quiso la
suerte que llegase uno de la compañía que venía vestido de bojiganga [30], con muchos cascabeles, y en la punta de
un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho [31], llegándose a don Quijote, comenzó a
esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes saltos, sonando los
cascabeles; cuya mala visión así alborotó a Rocinante [32], que sin ser poderoso a detenerle don
Quijote, tomando el freno entre los dientes dio a correr por el campo con más ligereza
que jamás prometieron los huesos de su notomía [33]. Sancho, que consideró el peligro en
que iba [*] su amo de ser
derribado, saltó del rucio y a toda priesa [*] fue a valerle; pero
cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Rocinante, que con su amo vino al
suelo: ordinario fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos.
Mas apenas hubo dejado su
caballería Sancho por acudir a don Quijote, cuando el demonio bailador de las vejigas
saltó sobre el rucio, y, sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el dolor de
los golpes, le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta.
Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía a cuál de las dos
necesidades acudiría primero; pero, en efecto, como buen escudero y como buen criado,
pudo más con él el amor de su señor que el cariño de su jumento, puesto que cada vez
que veía levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él
tártagos y sustos de muerte [34], y
antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el
más mínimo pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja tribulación llegó donde
estaba don Quijote harto más maltrecho de lo que él quisiera, y, ayudándole a subir
sobre Rocinante, le dijo: |
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Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
¿Qué diablo? preguntó
don Quijote.
El de las vejigas
respondió Sancho.
Pues yo le cobraré
replicó don Quijote, si bien se encerrase con él en los más hondos y
escuros calabozos del infierno [35].
Sígueme, Sancho, que la carreta va despacio, y con las mulas della [*] satisfaré la pérdida
del rucio.
No hay para qué hacer esa
diligencia, señor respondió Sancho: vuestra merced temple su cólera, que,
según me parece, ya el Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la querencia.
Y así era la verdad, porque
habiendo caído el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo
se fue a pie al pueblo y el jumento se volvió a su amo.
Con todo eso dijo don
Quijote, será bien castigar el descomedimiento de aquel demonio en alguno de los de
la carreta, aunque sea el mesmo Emperador.
Quítesele a vuestra merced
eso de la imaginación replicó Sancho, y tome mi consejo, que es que nunca se
tome con farsantes [36], que es gente
favorecida: recitante he visto yo estar preso por dos muertes, y salir libre y sin costas.
Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres [*] y de placer, todos
los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las
compañías reales y de título [37], que
todos o los más en sus trajes y compostura parecen unos príncipes. |
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Pues con todo respondió don Quijote no se me ha de ir el Demonio
farsante alabando [38], aunque le [*] favorezca todo el género humano.Y diciendo esto volvió a la carreta, que ya estaba bien
cerca del pueblo, y iba [*]
dando voces, diciendo:
Deteneos, esperad, turba
alegre y regocijada, que os quiero dar a entender cómo se han de tratar los jumentos y
alimañas que sirven de caballería a los escuderos de los caballeros andantes [39].
Tan altos eran los gritos de don
Quijote, que los oyeron y entendieron los de la carreta; y juzgando por las palabras la
intención del que las decía, en un instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella
el Emperador, el Diablo carretero y el Ángel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido, y
todos se cargaron de piedras y se pusieron en ala [40] esperando recebir a don Quijote en las
puntas de sus guijarros [41]. Don
Quijote, que los vio puestos en tan gallardo escuadrón, los brazos levantados con ademán
de despedir poderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar
de qué modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que se detuvo,
llegó Sancho y, viéndole en talle de acometer al bien formado escuadrón, le dijo:
Asaz de locura sería intentar
tal empresa: considere vuesa merced, señor mío, que para sopa de arroyo y tente bonete [42] no hay arma defensiva en el mundo, sino
es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y también se ha de considerar que es
más temeridad que valentía [43]
acometer un hombre solo a un ejército donde está la Muerte y pelean en persona
emperadores, y a quien ayudan los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración no
le mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que entre todos los que allí están,
aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún caballero andante. |
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Ahora sí dijo don Quijote has dado, Sancho, en el punto que puede y
debe mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada, como otras
veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado caballero. A ti, Sancho, toca, si
quieres tomar la venganza del agravio que a tu rucio se le ha hecho, que yo desde aquí te
ayudaré con voces y advertimientos saludables.
No hay para qué, señor
respondió Sancho, tomar venganza de nadie, pues no es de buenos cristianos
tomarla de los agravios; cuanto más que yo acabaré con mi asno que ponga su ofensa en
las manos de mi voluntad [44], la cual es
de vivir pacíficamente los días que los cielos me dieren de vida.
Pues esa es tu determinación
replicó don Quijote, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho
sincero, dejemos estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras
[45], que yo veo esta tierra de talle que
no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas [46].
Volvió las riendas luego, Sancho
fue a tomar su rucio, la Muerte con todo su escuadrón volante volvieron a su carreta y
prosiguieron su viaje [47], y este felice
fin tuvo la temerosa [*]
aventura de la carreta de la Muerte, gracias sean dadas al saludable consejo que Sancho
Panza dio a su amo. Al cual el día siguiente le sucedió otra con un enamorado y andante
caballero, de no menos suspensión que la pasada.
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