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De
la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta
de«Las Cortes de la Muerte»
Pensativo además iba don Quijote
por su camino adelante [1], considerando
la mala burla que le habían hecho los encantadores volviendo a su señora Dulcinea en la
mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su ser
primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que sin sentirlo soltó las
riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se
detenía a pacer la verde yerba [*]
de que aquellos campos abundaban [2]. De
su embelesamiento le volvió Sancho Panza [3],
diciéndole:
Señor, las tristezas no se
hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten
demasiado, se vuelven bestias [4]:
vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y
despierte [5], y muestre aquella
gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué
descaecimiento es este [6]? ¿Estamos
aquí o en Francia [7]? Mas que se lleve
Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero
andante que todos los encantos y transformaciones de la tierra.
Calla, Sancho respondió
don Quijote con voz no muy desmayada. Calla, digo, y no digas blasfemias contra
aquella encantada señora, que de su desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la
invidia que me tienen los malos ha nacido su mala andanza.
Así lo digo yo
respondió Sancho: quien la vido y la vee ahora, ¿cuál es el corazón que no
llora [8]? |
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Eso puedes tú decir bien, Sancho replicó don Quijote, pues la viste en
la entereza cabal de su hermosura [9],
que el encanto no se estendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza: contra mí
solo y contra mis ojos se endereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído [10], Sancho, en una cosa, y es que me
pintaste mal su hermosura: porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de
perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo
creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos
que les sirven de cejas [11]; y esas
perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho,
tomando los ojos por los dientes [12].
Todo puede ser
respondió Sancho, porque también me turbó a mí su hermosura como a vuesa
merced su fealdad [13]. Pero
encomendémoslo todo a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este
valle de lágrimas [14], en este mal
mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y
bellaquería. De una cosa me pesa, señor mío, más que de otras, que es pensar qué
medio se ha de tener cuando vuesa merced venza a algún gigante o otro caballero y le
mande que se vaya a presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la ha de
hallar este pobre gigante o este pobre y mísero caballero vencido? Paréceme que los veo
andar por el Toboso hechos unos bausanes [15],
buscando a mi señora Dulcinea, y aunque la encuentren en mitad de la calle no la
conocerán más que a mi padre.
Quizá, Sancho
respondió don Quijote, no se estenderá el encantamento a quitar el
conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y caballeros; y en uno o
dos de los primeros que yo venza y le envíe haremos la experiencia si la ven o no,
mandándoles que vuelvan a darme relación de lo que acerca desto les hubiere sucedido. |
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Digo, señor replicó Sancho, que me ha parecido bien lo que vuesa
merced ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que deseamos, y
si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia más será de vuesa merced que
suya; pero como la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por acá nos
avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando nuestras aventuras y dejando
al tiempo que haga de las suyas, que él es el mejor médico destas y de otras mayores
enfermedades [16]. Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero
estorbóselo una carreta que salió al través del camino cargada de los más diversos y
estraños personajes y figuras que pudieron [*] imaginarse. El que guiaba
las mulas y servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al
cielo abierto, sin toldo ni zarzo [17].
La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con
rostro humano [18]; junto a ella venía
un ángel con unas grandes y pintadas alas [19];
al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies
de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco,
carcaj y saetas [20]. Venía también un
caballero armado de punta en blanco [21],
excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas
colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual
visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón
de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y
peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier
peligro, se puso delante de la carreta y con voz alta y amenazadora dijo:
Carretero, cochero o diablo, o
lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a dó vas y quién es la gente que llevas
en tu carricoche [*], que
más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan [22]. |
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A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
Señor, nosotros somos
recitantes de la compañía de Angulo el Malo [23]. Hemos hecho en un lugar que está
detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus [24], el auto de Las Cortes de la Muerte
[25], y hémosle de hacer esta tarde en
aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca y escusar el trabajo de
desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mesmos vestidos que
representamos [26]. Aquel mancebo va de
Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor [27], va de Reina; el otro, de Soldado;
aquel, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto,
porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea
saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad, que,
como soy demonio, todo se me alcanza.
Por la fe de caballero andante
respondió don Quijote que así como vi este carro imaginé que alguna grande
aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano
para dar lugar al desengaño [28]. Andad
con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros
de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde mochacho fui
aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula [29].
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