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Todo lo que vuestra merced hasta aquí me ha dicho dijo Sancho
lo he entendido muy bien, pero, con todo eso, querría que vuestra merced me sorbiese una
duda que agora en este punto me ha venido a la memoria.
Asolviese quieres decir
[45], Sancho dijo don
Quijote. Di en buen hora, que yo responderé lo que supiere.
Dígame, señor
prosiguió Sancho: esos Julios o Agostos [46], y todos esos caballeros hazañosos que
ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?
Los gentiles respondió
don Quijote sin duda están en el infierno; los cristianos, si fueron buenos
cristianos, o están en el purgatorio, o en el cielo [47].
Está bien dijo
Sancho, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están los cuerpos desos
señorazos ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están adornadas las paredes de
sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera [48]? Y si desto no, ¿de qué están
adornadas? |
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A lo que respondió don Quijote:
Los sepulcros de los gentiles
fueron por la mayor parte suntuosos templos [49]:
las cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de piedra de
desmesurada grandeza [50], a quien hoy
llaman en Roma «la aguja de San Pedro»; al emperador Adriano le sirvió de sepultura un
castillo tan grande como una buena aldea, a quien llamaron moles Hadriani [*], que agora es el castillo de
Santángel en Roma [51]; la reina
Artemisa [*] sepultó a su
marido Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas del mundo [52]. Pero ninguna destas sepulturas ni otras
muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas, ni con otras ofrendas y
señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.
A eso voy replicó
Sancho. Y dígame [*]
agora: ¿cuál es más, resucitar a un muerto o matar a un gigante?
La respuesta está en la mano
respondió don Quijote: más es resucitar a un muerto.
Cogido le tengo dijo
Sancho. Luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los
cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas, y están
llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama
será, para este y para el otro siglo [53],
que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido
en el mundo.
También confieso esa verdad
respondió don Quijote. |
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Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto
respondió Sancho, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos, que con
aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia tienen lámparas, velas, mortajas,
muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoción y engrandecen
su cristiana fama. Los cuerpos de los santos, o sus reliquias, llevan los reyes sobre sus
hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y
sus más preciados altares.¿Qué
quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? dijo don Quijote.
Quiero decir dijo
Sancho que nos demos a ser santos y alcanzaremos más brevemente la buena fama que
pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer (que, según ha poco, se puede
decir desta manera [54]) canonizaron o
beatificaron dos frailecitos descalzos [55],
cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran
ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dicen [*], la espada de Roldán en la
armería del Rey nuestro Señor, que Dios guarde [56]. Así que, señor mío, más vale ser
humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más
alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas [57], ora las den a gigantes, ora a vestiglos
o a [*] endriagos [*].
Todo eso es así
respondió don Quijote, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los
caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería, caballeros
santos hay en la gloria. |
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Sí respondió Sancho, pero yo he oído decir que hay más frailes en el
cielo que caballeros andantes.
Eso es respondió don
Quijote porque es mayor el número de los religiosos que el de los caballeros.
Muchos son los andantes
dijo Sancho.
Muchos respondió don
Quijote, pero pocos los que merecen nombre de caballeros.
En estas y otras semejantes
pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de
contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote. En fin, otro día al anochecer [*], descubrieron la gran
ciudad del Toboso [58], con cuya vista se
le alegraron [*] los
espíritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de
Dulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; de modo que el
uno por verla y el otro por no haberla visto estaban alborotados [59], y no imaginaba Sancho qué había de
hacer cuando su dueño le enviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la
ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora se llegaba se quedaron entre unas encinas
que cerca del Toboso estaban, y llegado el determinado punto, entraron en la ciudad [60], donde les sucedió [*] cosas que a cosas llegan [61].
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