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Por
comisión del señor Doctor Gutierre [*] de Cetina, vicario general
desta villa de Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda parte
del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha [1], por Miguel de Cervantes Saavedra, y no
hallo en él cosa indigna de un cristiano celo [*] ni que disuene de la decencia
debida a buen ejemplo ni virtudes morales, antes mucha erudición y aprovechamiento [2], así en la continencia de su bien seguido
asunto, para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerías, cuyo contagio había
cundido más de lo que fuera justo, como en la lisura del lenguaje castellano, no
adulterado con enfadosa y estudiada afectación, vicio con razón aborrecido de hombres
cuerdos; y en la correción de vicios que generalmente toca, ocasionado de sus agudos
discursos, guarda con tanta cordura las leyes de reprehensión cristiana, que aquel que
fuere tocado de la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco alguno, lo
provechoso de la detestación de su vicio, con que se hallará, que es lo más difícil de
conseguirse, gustoso y reprehendido.
Ha habido muchos que, por no haber sabido templar
ni mezclar a propósito lo útil con lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en
tierra, pues, no pudiendo imitar a Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida, por no
decir licenciosa y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose a
maldicientes, inventando casos que no pasaron para hacer capaz al vicio que tocan de su
áspera reprehensión, y por ventura descubren caminos para seguirle hasta entonces
ignorados, con que vienen a quedar, si no reprehensores, a lo menos maestros dél.
Hácense odiosos a los bien entendidos; con el pueblo pierden el crédito, si alguno
tuvieron, para admitir sus escritos; y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
[*] corregir, en muy peor
estado que antes, que no todas las postemas [3]
a un mismo tiempo están dispuestas para admitir las recetas o cauterios, antes algunos
mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya aplicación el atentado y
docto médico consigue el fin de resolverlas [4],
término que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del hierro [5]. |
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Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel Cervantes [*] así nuestra nación como
las estrañas, pues como a milagro desean ver el autor de libros que con general aplauso,
así por su decoro y decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han
recebido España, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en veinte
y cinco de febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustrísimo señor
don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo [6], mi señor, a pagar la visita que a Su
Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los
casamientos de sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses de los que
vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas
letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor [7], deseosos de saber qué libros de ingenio
andaban más validos; y tocando a caso en este que yo estaba censurando, apenas oyeron el
nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la
estimación en que así en Francia como en los reinos sus confinantes se tenían sus
obras: La Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria, la primera parte desta
[*] y las Novelas.
Fueron tantos sus encarecimientos [*], que me ofrecí
llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos
deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme
obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas
formales palabras: «¿Pues a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del
erario público?». Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento, y con mucha
agudeza, y dijo: «Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga
abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo [8]». Bien creo que está, para censura, un
poco larga; alguno dirá que toca los límites de lisonjero elogio; mas la verdad de lo
que cortamente digo deshace en el crítico la sospecha y en mí el cuidado: además que el
día de hoy no se lisonjea a quien no tiene con qué cebar el pico del adulador, que,
aunque afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado de veras [9]. En Madrid, a veinte y siete de febrero de
mil y seiscientos y quince.El Licenciado Márquez Torres [10]
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