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Que
trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban al valiente don Quijote [*]
Tres leguas deste valle está una aldea [1] que, aunque pequeña, es de las más
ricas que hay en todos estos contornos, en la cual había un labrador muy honrado, y
tanto, que, aunque es anejo al ser rico el ser honrado, más lo era él por la virtud que
tenía que por la riqueza que alcanzaba [2];
mas lo que le hacía más dichoso, según él decía, era tener una hija de tan estremada
hermosura, rara discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la miraba se
admiraba de ver las estremadas partes con que el cielo y la naturaleza la habían
enriquecido [3]. Siendo niña fue
hermosa, y siempre fue creciendo en belleza, y en la edad de diez y seis años fue
hermosísima. La fama de su belleza se comenzó a estender por todas las circunvecinas
aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas no más, si se estendió a las apartadas
ciudades y aun se entró por las salas de los reyes y por los oídos de todo género de
gente, que como a cosa rara o como a imagen de milagros de todas partes a verla venían [4]? Guardábala su padre y guardábase ella
[5], que no hay candados, guardas ni
cerraduras que mejor guarden [*]
a una doncella que las del recato proprio [*].
»La riqueza del padre y la belleza de la hija
movieron a muchos, así del pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas
él, como a quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber determinarse
a quién la entregaría de los infinitos que le importunaban. Y entre los muchos que tan
buen deseo tenían fui yo uno, a quien dieron muchas y grandes esperanzas de buen suceso
conocer que el padre conocía quién yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en
sangre [6], en la edad floreciente, en la
hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado. Con todas estas mismas partes la
pidió también otro del mismo pueblo, que fue causa de suspender y poner en balanza la
voluntad del padre, a quien parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien
empleada [7]; y, por salir desta
confusión, determinó decírselo a Leandra, que así se llama la rica que en miseria me
tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos éramos iguales, era bien dejar a la voluntad
de su querida hija el escoger a su gusto, cosa digna de imitar de todos los padres que a
sus hijos quieren poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y
malas, sino que se las propongan buenas [*], y de las buenas,
que escojan a su gusto. No sé yo el que tuvo Leandra, solo sé que el padre nos entretuvo
a entrambos con la poca edad de su hija y con palabras generales, que ni le obligaban ni
nos desobligaban [*]
tampoco. Llámase mi competidor Anselmo, y yo Eugenio, porque vais [*] con noticia de los nombres de
las personas que en esta tragedia se contienen [8], cuyo fin aún está pendiente, pero bien
se deja entender que ha de ser desastrado [9].
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»En esta sazón vino a nuestro pueblo un Vicente de la Roca [*][10], hijo de un pobre labrador del mismo
lugar, el cual Vicente venía de las Italias [11]
y de otras diversas partes de ser soldado. Llevóle de nuestro lugar, siendo muchacho de
hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y volvió
el mozo de allí a otros doce vestido a la soldadesca, pintado con mil colores [12], lleno de mil dijes de cristal y sutiles
cadenas de acero. Hoy se ponía una gala y mañana otra, pero todas sutiles, pintadas [13], de poco peso y menos tomo [14]. La gente labradora, que de suyo es
maliciosa y dándole el ocio lugar es la misma malicia, lo notó, y contó punto por punto
sus galas y preseas [15], y halló que
los vestidos eran tres, de diferentes colores, con sus ligas y medias, pero él hacía
tantos guisados e invenciones dellas [16],
que si no se los contaran hubiera quien jurara que había hecho muestra [*] de más de diez pares de
vestidos y de más de veinte plumajes [*]. Y no parezca impertinencia
y demasía esto que de los vestidos voy contando, porque ellos hacen una buena parte en
esta historia [17]. Sentábase en un poyo
que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza y allí nos tenía a todos la boca
abierta, pendientes de las hazañas que nos iba contando. No había tierra en todo el orbe
que no hubiese visto, ni batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que
tiene Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía, que
Gante y Luna [*][18], Diego García de Paredes y otros mil
que nombraba, y de todos había salido con vitoria, sin que le hubiesen derramado [*] una sola gota de
sangre. Por otra parte, mostraba señales de heridas que, aunque no se divisaban, nos
hacía entender que eran arcabuzazos dados en diferentes rencuentros y faciones [19]. Finalmente, con una no vista arrogancia
llamaba de vos a sus iguales y a los mismos que le conocían [20], y decía que su padre era su brazo, su
linaje sus obras, y que, debajo de ser soldado, al mismo rey no debía nada [21]. Añadiósele a estas arrogancias ser un
poco músico y tocar una guitarra a lo rasgado [22], de manera que decían algunos que la
hacía hablar; pero no pararon aquí sus gracias, que también la tenía de poeta, y,
así, de cada niñería que pasaba en el pueblo componía un romance de legua y media de
escritura [23]. Este soldado, pues, que
aquí he pintado [24], este Vicente de la
Roca [*], este
bravo, este galán, este músico, este poeta fue visto y mirado muchas veces de Leandra
desde una ventana de su casa que tenía la vista a la plaza. Enamoróla el oropel de sus
vistosos trajes [25]; encantáronla sus
romances, que de cada uno que componía daba veinte traslados [26]; llegaron a sus oídos las hazañas que
él de sí mismo había referido: y, finalmente, que así el diablo lo debía de tener
ordenado, ella se vino a enamorar dél, antes que en él naciese presunción de
solicitalla; y como en los casos de amor no hay ninguno que con más facilidad se cumpla
que aquel que tiene de su parte el deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra
y Vicente, y primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen [*] en la cuenta de su deseo, ya
ella le tenía [*]
cumplido, habiendo dejado la casa de su querido y amado padre, que madre no la tiene, y
ausentádose de la aldea con el soldado, que salió con más triunfo desta empresa que de
todas las muchas que él se aplicaba. Admiró el suceso a toda el aldea [*] y aun a todos los que dél
noticia tuvieron; yo quedé suspenso, Anselmo atónito, el padre triste, sus parientes
afrentados, solícita la justicia [27],
los cuadrilleros listos; tomáronse los caminos, escudriñáronse los bosques y cuanto
había, y al cabo de tres días hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un monte,
desnuda en camisa [28], sin muchos
dineros y preciosísimas joyas que de su casa había sacado. Volviéronla a la presencia
del lastimado padre, preguntáronle su desgracia: confesó sin apremio [29] que Vicente de la Roca [*] la había engañado
y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadió que dejase la casa de su padre, que
él la llevaría a la más rica y más viciosa ciudad que había en todo el universo
mundo, que era Nápoles [30]; y que ella,
mal advertida y peor engañada, le había creído y, robando a su padre, se le entregó la
misma noche que había faltado, y que él la llevó a un áspero monte y la encerró en
aquella cueva donde la habían hallado. Contó también cómo el soldado, sin quitalle su
honor, le robó cuanto tenía y la dejó en aquella cueva y se fue, suceso que de nuevo
puso en admiración a todos. Duro se nos hizo [*] de creer la
continencia del mozo, pero ella lo afirmó con tantas veras, que fueron parte para que el
desconsolado padre se consolase, no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues
le habían dejado a su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de
que jamás se cobre. El mismo día que pareció Leandra, la despareció su padre de
nuestros ojos [31] y la llevó a encerrar
en un monesterio [*] de
una villa que está aquí cerca, esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala
opinión en que su hija se puso [32]. Los
pocos años de Leandra sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos con aquellos que no
les iba algún interés en que ella fuese mala o buena; pero los que conocían su
discreción y mucho entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su
desenvoltura y a la natural inclinación de las mujeres, que por la mayor parte suele ser
desatinada y mal compuesta. Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo
menos sin tener cosa que mirar que contento le diese; los míos, en tinieblas, sin luz que
a ninguna cosa de gusto les encaminase. Con la ausencia de Leandra crecía nuestra
tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos las galas del soldado y abominábamos
del poco recato del padre de Leandra [33].
Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a este valle, donde
él apacentando una gran cantidad de ovejas suyas proprias y yo un numeroso rebaño de
cabras, también mías, pasamos la vida entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones
[34] o cantando juntos alabanzas o
vituperios de la hermosa Leandra o suspirando [*] solos y a solas
comunicando con el cielo nuestras querellas [*]. A imitación nuestra,
otros muchos de los pretendientes de Leandra se han venido [*] a estos ásperos montes
usando el mismo ejercicio nuestro, y son tantos, que parece que este sitio se ha
convertido en la pastoral Arcadia [35],
según está colmo [*] de
pastores y de apriscos [36], y no hay
parte en él donde no se oiga el nombre de la hermosa Leandra. Este la maldice y la llama
antojadiza, varia y deshonesta; aquel la condena por fácil y ligera; tal la absuelve y
perdona, y tal la justicia [*]
y vitupera [37]; uno celebra su
hermosura, otro reniega de su condición, y, en fin, todos la deshonran [38] y todos la adoran, y de todos se
estiende a tanto la locura, que hay quien se queje de desdén sin haberla jamás hablado,
y aun quien se lamente y sienta la rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a
nadie, porque, como ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de
peña, ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada de algún pastor que
sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra dondequiera que
pueda formarse: Leandra resuenan los montes [39], Leandra murmuran los
arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados, esperando sin esperanza y
temiendo sin saber de qué tememos. Entre estos disparatados, el que muestra que menos y
más juicio tiene es mi competidor Anselmo [40],
el cual, teniendo [*]
tantas otras cosas de que quejarse, solo se queja de ausencia; y al son de un rabel que
admirablemente toca, con versos donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo
sigo otro camino más fácil, y a mi parecer el más acertado, que es decir mal de la
ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus promesas muertas,
de su fe rompida y, finalmente, del poco discurso que tienen en saber colocar sus
pensamientos e [*] intenciones que
tienen [*][41]. Y esta fue la ocasión, señores, de
las palabras y razones que dije a esta cabra cuando aquí llegué, que por ser hembra la
tengo en poco, aunque es la mejor de todo mi apero. Esta es la historia que prometí
contaros. Si he sido en el contarla prolijo, no seré en serviros [*] corto: cerca de aquí tengo
mi majada y en ella tengo fresca leche y muy [*] sabrosísimo queso, con otras
varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto agradables [42]. |
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