|
De
las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos
¡Bueno está eso! respondió don
Quijote. Los libros que están impresos con licencia de los reyes y con aprobación
de aquellos a quien se remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los
grandes y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de
los plebeyos y caballeros... [1],
finalmente [*], de todo
género de personas de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser mentira, y
más llevando tanta apariencia [*] de verdad, pues nos
cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas,
punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros hicieron [2]? Calle vuestra merced, no diga tal
blasfemia, y créame que le aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto, sino
léalos y verá el gusto que recibe de su leyenda [3]. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que
ver, como si dijésemos, aquí ahora [*] se muestra delante de
nosotros [4] un gran lago de pez
hirviendo a borbollones [5], y que andan
nadando y cruzando por él muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros
de animales feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima que
dice: «Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si
quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu
fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor, porque si así no lo
haces, no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los
siete castillos de las siete fadas [6]
que debajo desta negregura yacen [7]»?
¿Y que apenas el caballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando, sin entrar más
en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone y aun sin despojarse
de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su señora, se arroja en
mitad del bullente lago, y cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre
unos floridos campos, con quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa [8]? Allí le parece que el cielo es más
transparente y que el sol luce con claridad más nueva [9]. Ofrécesele a los ojos una apacible
floresta [10] de tan verdes y frondosos
árboles compuesta, que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y
no aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por los
intricados ramos van cruzando [11]. Aquí
descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre
menudas arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido [12] y puras perlas semejan; acullá vee una
artificiosa fuente de jaspe variado [13]
y de liso mármol compuesta; acá vee otra a lo brutesco adornada [*][14], adonde las menudas conchas de las
almejas con las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden
desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas
esmeraldas [15], hacen una variada labor,
de manera que el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí la vence [16]. Acullá de improviso se le descubre un
fuerte castillo o vistoso alcázar [17],
cuyas murallas son de macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos [18]: finalmente, él es de tan admirable
compostura, que, con ser la materia de que está formado no menos que de diamantes, de
carbuncos [19], de rubíes, de perlas, de
oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. ¿Y hay más que ver, después de
haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un buen número de doncellas,
cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese ahora a decirlos como las historias nos
los cuentan, sería nunca acabar, y tomar luego la que parecía principal de todas por la
mano al atrevido caballero que se arrojó en el ferviente lago [20], y llevarle [*], sin hablarle palabra,
dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su madre le parió, y
bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos y vestirle una
camisa de cendal delgadísimo [21], toda
olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre los hombros [22], que, por lo menos [*]
menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun más [23]? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan
que tras todo esto le llevan a otra sala, donde halla puestas las mesas con tanto
concierto, que queda suspenso y admirado? ¿Qué el verle echar agua a manos, toda de
ámbar y de olorosas flores distilada [24]?
¿Qué el hacerle sentar sobre una silla de marfil? ¿Qué verle servir todas las
doncellas, guardando un maravilloso silencio? ¿Qué el traerle tanta diferencia de
manjares [25], tan sabrosamente guisados,
que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál será oír la música que
en tanto que come suena sin saberse quién la canta ni adónde suena? ¿Y, después de la
comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caballero recostado sobre la silla, y
quizá mondándose los dientes, como es costumbre [26], entrar a deshora por la puerta de la
sala otra mucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado del
caballero y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquel y de cómo ella está
encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballero y admiran a los leyentes que
van leyendo su historia [27]? No quiero
alargarme más en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea de
cualquiera historia de caballero andante ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que
la leyere. Y vuestra merced créame y, como otra vez le he dicho, lea estos libros, y
verá cómo le destierran la melancolía que tuviere y le mejoran la condición, si acaso
la tiene mala. De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente [28], comedido, liberal, bien criado,
generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de
encantos [29]; y aunque ha tan poco que
me vi encerrado en una jaula como loco, pienso, por el valor de mi brazo, favoreciéndome
el cielo y no me siendo contraria la fortuna [30],
en pocos días verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y
liberalidad que mi pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre está inhabilitado de
poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea, y el
agradecimiento que solo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin
obras [31]. Por esto querría que la
fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por mostrar mi
pecho haciendo bien a mis amigos [32],
especialmente a este pobre de Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo,
y querría darle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que temo que no
ha de tener habilidad para gobernar su estado. |
|
Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo [33], a quien dijo:Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme
ese condado tan prometido de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que no
me falte a mí habilidad para gobernarle; y cuando me faltare, yo he oído decir que hay
hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de los señores y les dan un
tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del gobierno, y el señor se está a pierna
tendida [34], gozando de la renta que le
dan, sin curarse de otra cosa: y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto [35], sino que luego me desistiré de todo [36] y me gozaré mi renta como un duque, y
allá se lo hayan [37].
Eso, hermano Sancho dijo el
canónigo, entiéndese en cuanto al gozar la renta; empero, al administrar justicia
ha de atender [*] el señor
del estado, y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena intención
de acertar: que si esta falta en los principios, siempre irán errados los medios y los
fines, y así suele Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo del
discreto [38].
No sé esas filosofías [39] respondió Sancho Panza, mas
solo sé que tan presto tuviese yo el condado como sabría regirle, que tanta alma tengo
yo como otro, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como cada
uno del suyo: y siéndolo, haría lo que quisiese; y haciendo lo que quisiese, haría mi
gusto; y haciendo mi gusto, estaría contento; y en estando uno contento, no tiene más
que desear; y no teniendo más que desear, acabóse, y el estado venga, y a Dios y
veámonos, como dijo un ciego a otro [40].
No son [*] malas filosofías esas,
como tú dices, Sancho, pero [*], con todo eso, hay
mucho que decir sobre esta materia de condados.
A lo cual replicó don Quijote [*]:
Yo no sé que haya más que decir: solo me
guío por el ejemplo que me da el grande Amadís [*]
de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme [41], y, así, puedo yo sin escrúpulo de
conciencia hacer conde a Sancho Panza, que es uno de los mejores escuderos que caballero
andante ha tenido.
Admirado quedó el canónigo de los concertados
disparates [*]
que don Quijote había dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero
del Lago, de la impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de los libros
que había leído [42], y, finalmente, le
admiraba la necedad de Sancho, que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su
amo le había prometido.
Ya en esto volvían los criados del canónigo que
a la venta habían ido por la acémila del repuesto, y haciendo mesa de una alhombra [*][43] y de la verde yerba del prado, a la
sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí, porque el boyero no perdiese la
comodidad de aquel sitio, como queda [*] dicho. Y estando comiendo, a
deshora oyeron un recio estruendo y un son de esquila que por entre unas zarzas y espesas
matas que allí junto estaban sonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas
malezas una hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella
venía un cabrero dándole voces y diciéndole palabras a su uso, para que se detuviese o
al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida, se vino a la gente, como a
favorecerse della, y allí se detuvo. Llegó el cabrero y, asiéndola de los cuernos, como
si fuera capaz de discurso y entendimiento le dijo:
|