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Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estraños
acaecimientos en la venta sucedidos [*]
Marinero soy de amor [1]
y en su piélago profundo
navego sin esperanza
de llegar a puerto alguno [2].
Siguiendo voy a una estrella
que desde lejos descubro,
más bella y resplandeciente
que cuantas vio Palinuro [3].
Yo no sé adónde me guía
y, así, navego confuso,
el alma a mirarla atenta,
cuidadosa y con descuido [4].
Recatos impertinentes,
honestidad contra el uso,
son nubes que me la encubren
cuando más verla procuro.
¡Oh clara y luciente estrella
en cuya lumbre me apuro [5]!
Al punto que te me encubras,
será de mi muerte el punto.
Llegando el que cantaba a este punto, le pareció
[*] a
Dorotea que no sería bien que dejase Clara de oír una tan buena voz, y, así,
moviéndola a una y a otra parte, la despertó, diciéndole:
Perdóname, niña, que te despierto, pues
lo hago porque gustes de oír la mejor voz que quizá habrás oído en toda tu vida. |
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Clara despertó toda soñolienta, y de la primera vez no entendió lo que Dorotea le
decía, y, volviéndoselo a preguntar ella [6],
se lo volvió a decir [*],
por lo cual estuvo atenta Clara; pero apenas hubo oído dos versos que el que cantaba iba
prosiguiendo, cuando le tomó un temblor tan estraño como si de algún grave accidente de
cuartana estuviera enferma [7], y,
abrazándose estrechamente con Dorotea [*], le dijo:¡Ay señora de mi alma y de mi vida! ¿Para qué me
despertastes? Que el mayor bien que la fortuna me podía hacer por ahora era tenerme
cerrados los ojos y los oídos, para no ver ni oír a ese desdichado músico.
¿Qué es lo que dices, niña? Mira que
dicen que el que canta es un mozo de mulas.
No es sino señor de lugares [8] respondió Clara, y el que le
tiene en mi alma [*], con
tanta seguridad [9], que si él no quiere
dejalle, no le será quitado eternamente.
Admirada quedó Dorotea de las sentidas razones
de la muchacha, pareciéndole que se aventajaban en mucho a la discreción que sus pocos
años prometían, y, así, le dijo:
Habláis de modo, señora Clara, que no
puedo entenderos: declaraos más [10] y
decidme qué es lo que decís de alma y de lugares y deste músico cuya voz tan inquieta
os tiene... Pero no me digáis nada por ahora, que no quiero perder, por acudir a vuestro
sobresalto, el gusto que recibo de oír al que canta, que me parece que con nuevos versos
y nuevo tono torna a su canto [11].
Sea en buen hora respondió Clara.
Y por no oílle se tapó con las manos entrambos
oídos, de lo que también se admiró Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se
cantaba, vio que proseguían en esta manera: |
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Dulce esperanza mía [12],
que rompiendo imposibles y malezas [*]
sigues firme la vía
que tú mesma te finges y aderezas:
no te desmaye el verte
a cada paso junto al de tu muerte [13].
No alcanzan perezosos
honrados triunfos ni vitoria alguna,
ni pueden ser dichosos
los que, no contrastando a la fortuna [14],
entregan desvalidos [15]
al ocio blando todos los sentidos.
Que amor sus glorias venda
caras, es gran razón y es trato justo,
pues no hay más rica prenda
que la que se quilata por su gusto [16],
y es cosa manifiesta
que no es de estima lo que poco cuesta [17].
Amorosas porfías
tal vez alcanzan imposibles cosas;
y, ansí, aunque con las mías
sigo de amor las más dificultosas,
no por eso recelo
de no alcanzar desde la tierra el cielo.
Aquí dio fin la voz, y principio a nuevos
sollozos Clara; todo lo cual encendía el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de
tan suave canto y de tan triste lloro, y, así, le volvió a preguntar qué era lo que le
quería decir denantes [18]. Entonces
Clara, temerosa de que Luscinda no la oyese [19],
abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del oído de Dorotea, que
seguramente podía hablar sin ser de otro [*] sentida, y, así, le dijo: |
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Este que canta, señora mía, es un hijo [*] de un caballero natural
del reino de Aragón, señor de dos lugares, el cual vivía frontero de la casa de mi
padre en la corte; y aunque mi padre tenía las ventanas de su casa con lienzos en el
invierno y celosías en el verano [20],
yo no sé lo que fue ni lo que no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni
sé si en la iglesia o en otra parte: finalmente, él se enamoró de mí y me lo dio a
entender desde las ventanas de su casa con tantas señas y con tantas lágrimas, que yo le
hube de creer, y aun querer, sin saber lo que me quería [21]. Entre las señas que me hacía, era una
de juntarse la una mano con la otra, dándome a entender que se casaría conmigo, y aunque
yo me holgaría [*] mucho
de que ansí fuera, como sola y sin madre, no sabía con quién comunicallo [22], y, así, lo dejé estar sin dalle otro
favor, si no era, cuando estaba mi padre fuera de casa y el suyo también, alzar un poco
el lienzo o la celosía y dejarme ver toda, de lo que él hacía tanta fiesta, que daba
señales de volverse loco. Llegóse en esto el tiempo de la partida de mi padre, la cual
él supo, y no de mí, pues nunca pude decírselo. Cayó malo, a lo que yo entiendo, de
pesadumbre, y, así, el día que nos partimos nunca pude verle para despedirme dél
siquiera con los ojos [23]; pero a cabo
de dos días que caminábamos, al entrar de una posada, en un lugar una jornada de aquí,
le vi a la puerta del mesón, puesto en hábito de mozo de mulas, tan al natural [24], que, si yo no le trujera tan retratado
en mi alma [25], fuera imposible
conocelle. Conocíle, admiréme y alegréme; él me miró a hurto de mi padre [26], de quien él siempre se esconde cuando
atraviesa por delante de mí en los caminos y en las posadas do llegamos; y como yo sé
quién es y considero que por amor de mí viene a pie y con tanto trabajo, muérome de
pesadumbre, y adonde él pone los pies pongo yo los ojos. No sé con qué intención
viene, ni cómo ha podido escaparse de su padre, que le quiere estraordinariamente, porque
no tiene otro heredero y porque él lo merece, como lo verá vuestra merced cuando le vea.
Y más le sé decir: que todo aquello que canta lo saca de su cabeza, que he oído decir
que es muy gran [*] estudiante
y poeta. Y hay más: que cada vez que le veo o le oigo cantar [27] tiemblo toda y me sobresalto, temerosa
de que mi padre le conozca y venga en conocimiento de nuestros deseos. En mi vida le he
hablado palabra y, con todo eso, le quiero de manera que no he de poder vivir sin él.
Esto es, señora mía, todo lo que os puedo decir deste músico cuya voz tanto os ha
contentado: que en sola ella echaréis bien de ver que no es mozo de mulas, como decís,
sino señor de almas y lugares, como yo [*] os he dicho.No digáis más, señora doña Clara dijo a
esta sazón Dorotea, y esto, besándola mil veces, no digáis más, digo, y esperad
que venga el nuevo día, que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios
que tengan el felice [*] fin
que tan honestos principios merecen. |
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¡Ay, señora! dijo doña Clara, ¿qué fin se puede esperar, si su
padre es tan principal y tan rico, que le parecerá que aun yo no puedo ser criada de su
hijo, cuanto más esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo haré por cuanto hay
en el mundo. No querría sino que este mozo se volviese y me dejase: quizá con no velle y
con la gran distancia del camino que llevamos se me aliviaría la pena que ahora llevo;
aunque sé decir que este remedio que me imagino me ha de aprovechar bien poco. No sé
qué diablos ha sido esto, ni por dónde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo
tan muchacha y él tan muchacho, que en verdad que creo que somos de una edad mesma, y que
yo no tengo cumplidos diez y seis años, que para el día de San Miguel que vendrá [28] dice mi padre que los cumplo.No pudo dejar de reírse Dorotea oyendo cuán como niña
hablaba doña Clara, a quien dijo:
Reposemos, señora, lo poco que creo queda
de la noche, y amanecerá Dios y medraremos, o mal me andarán las manos [29].
Sosegáronse con esto, y en toda la venta se
guardaba un grande silencio. Solamente no dormían la hija de la ventera y Maritornes su
criada, las cuales, como ya sabían el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba fuera
de la venta armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron las dos de hacelle alguna
burla, o a lo menos de pasar un poco el tiempo oyéndole sus disparates.
Es, pues, el caso, que en toda la venta no había
ventana que saliese al campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por
defuera. A este agujero se pusieron las dos semidoncellas [30] y vieron que don Quijote estaba a
caballo, recostado sobre su lanzón, dando de cuando en cuando tan dolientes y profundos
suspiros, que parecía que con cada uno se le arrancaba el alma; y asimesmo oyeron que
decía con voz blanda, regalada y amorosa: |
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¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate de la
discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad y, ultimadamente [31], idea de todo lo provechoso, honesto y
deleitable que hay en el mundo [32]! ¿Y
qué fará agora la tu merced? ¿Si tendrás por ventura las mientes [33] en tu cautivo caballero, que a tantos
peligros, por solo servirte, de su voluntad ha querido ponerse? Dame tú nuevas della,
¡oh luminaria de las tres caras [34]!
Quizá con envidia de la suya la estás ahora mirando que, o paseándose [*] por alguna galería de
sus suntuosos palacios [35] o ya puesta
de pechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva su honestidad y grandeza,
ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazón padece, qué gloria ha de
dar a mis penas [36], qué sosiego a mi
cuidado y, finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol,
que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos [37], por madrugar y salir a ver a mi
señora, así como la veas suplícote que de mi parte la saludes; pero guárdate que al
verla y saludarla no le des [*]
paz en el rostro [38], que tendré más
celos de ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr
por los llanos de Tesalia o por las riberas de Peneo [39], que no me acuerdo bien por dónde
corriste entonces celoso y enamorado [40].
A este punto llegaba entonces don Quijote
en su tan lastimero razonamiento, cuando la hija de la ventera le comenzó a cecear [41] y a decirle:
Señor mío, lléguese acá la vuestra
merced, si es servido [42].
A cuyas señas y voz volvió don Quijote la
cabeza, y vio a la luz de la luna, que entonces estaba en toda su claridad, como le
llamaban del agujero que a él le pareció ventana, y aun con rejas doradas, como conviene
que las tengan tan ricos castillos como él se imaginaba que era aquella venta; y luego en
el instante se le representó en su loca imaginación que otra vez, como la pasada, la
doncella fermosa, hija de la señora de aquel castillo, vencida de su amor tornaba a
solicitarle, y con este pensamiento, por no mostrarse descortés y desagradecido, volvió
las riendas a Rocinante y se llegó al agujero y, así como vio a las dos mozas, dijo:
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