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Don Quijote de la Mancha

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Cuarta parte del ingenioso hidalgo
don Quijote de la Mancha
þ
Capítulo XLI+
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–Cualquiera otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra liberalidad y buen término, ¡oh cristianos!, mas el darme libertad [*], no me tengáis por tan simple que lo imagine, que nunca os pusistes vosotros al peligro de quitármela para volverla [*] tan liberalmente, especialmente sabiendo quién soy yo y el interese que se os puede seguir de dármela; el cual interese, si le queréis poner nombre [52], desde aquí os ofrezco todo aquello que quisiéredes por mí y por esa desdichada hija mía, o, si no, por ella sola, que es la mayor y la mejor parte de mi alma [53].

En diciendo esto, comenzó a llorar tan amargamente, que a todos nos movió a compasión y forzó a Zoraida que le mirase; la cual, viéndole llorar, así se enterneció, que se levantó de mis pies y fue a abrazar a su padre, y, juntando su rostro con el suyo, comenzaron los dos tan tierno llanto, que muchos de los que allí íbamos le acompañamos [*] en él. Pero cuando su padre la vio adornada de fiesta y con tantas joyas sobre sí, le dijo en su lengua:

–¿Qué es esto, hija, que ayer al anochecer, antes que nos sucediese esta terrible desgracia en que nos vemos, te vi con tus ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que hayas tenido tiempo de vestirte y sin haberte dado alguna nueva alegre de solenizalle [*] con adornarte y pulirte [54], te veo compuesta con los mejores vestidos que yo supe y pude darte cuando nos fue la ventura más favorable? Respóndeme a esto, que me tiene más suspenso y admirado que la misma desgracia en que me hallo.



Todo lo que el moro decía a su hija nos lo declaraba el renegado, y ella no le respondía palabra. Pero cuando él vio a un lado de la barca el cofrecillo donde ella solía tener sus joyas, el cual sabía él bien que le había dejado en Argel, y no traídole al jardín [*], quedó más confuso, y preguntóle que cómo aquel cofre había venido a nuestras manos y qué era lo que venía dentro. A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoraida le respondiese, le respondió:

–No te canses, señor, en preguntar a Zoraida tu hija tantas cosas, porque con una que yo te responda te satisfaré a todas: y, así, quiero que sepas que ella es cristiana y es la que ha sido la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro cautiverio; ella va aquí de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse en este estado como el que sale de las tinieblas a la luz [*], de la muerte a la vida y de la pena a la gloria [55].

–¿Es verdad lo que este dice, hija? –dijo el moro.

–Así es –respondió Zoraida.

–¿Que en efeto –replicó el viejo– tú eres cristiana y la que ha puesto a su padre en poder de sus enemigos?

A lo cual respondió Zoraida:

–La que es cristiana yo soy, pero no la que te ha puesto en este punto, porque nunca mi deseo se estendió a dejarte ni a hacerte mal, sino a hacerme a mí bien.

–¿Y qué bien es el que te has hecho, hija?

–Eso –respondió ella– pregúntaselo tú a Lela Marién, que ella te lo sabrá decir mejor que no yo [*].



Apenas hubo oído esto el moro, cuando con una increíble presteza se arrojó de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, si el vestido largo y embarazoso que traía no le entretuviera un poco sobre el agua. Dio voces Zoraida que le sacasen, y, así, acudimos luego todos y, asiéndole de la almalafa, le sacamos medio ahogado y sin sentido; de que recibió tanta pena Zoraida, que, como si fuera ya muerto, hacía sobre él un tierno y doloroso llanto. Volvímosle boca abajo, volvió mucha agua, tornó en sí al cabo de dos horas, en las cuales, habiéndose trocado el viento, nos convino volver hacia tierra y hacer fuerza de remos, por no embestir en ella. Mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala que se hace al lado de un pequeño promontorio o cabo que de los moros es llamado el de la «Cava Rumía», que en nuestra lengua quiere decir ‘la mala mujer cristiana’, y es tradición entre los moros que en aquel lugar está enterrada la Cava, por quien se perdió España [56], porque cava en su lengua quiere decir ‘mujer mala’, y rumía, ‘cristiana’; y aun tienen por mal agüero llegar allí a dar fondo cuando la necesidad les fuerza a ello –porque nunca le dan sin ella–, puesto que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio, según andaba alterada la mar. Pusimos nuestras centinelas en tierra y no dejamos jamás los remos de la mano; comimos de lo que el renegado había proveído y rogamos a Dios y a Nuestra Señora, de todo nuestro corazón, que nos ayudase y favoreciese para que felicemente [*] diésemos fin a tan dichoso principio. Diose orden, a suplicación de Zoraida, como echásemos en tierra a su padre y a todos los demás moros que allí atados venían, porque no le bastaba el ánimo, ni lo podían sufrir sus blandas entrañas, ver delante de sus ojos atado a su padre y aquellos de su tierra presos. Prometímosle de hacerlo así al tiempo de la partida, pues no corría peligro el dejallos en aquel lugar, que era despoblado. No fueron tan vanas nuestras oraciones, que no fuesen oídas del cielo, que en nuestro favor luego volvió el viento [57], tranquilo el mar, convidándonos a que tornásemos alegres a proseguir nuestro comenzado viaje. Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, de lo que ellos se quedaron admirados; pero llegando a desembarcar al padre de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo:

–¿Por qué pensáis, cristianos, que esta mala hembra huelga de que me deis libertad [58]? ¿Pensáis que es por piedad que de mí tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el estorbo que le dará mi presencia cuando quiera poner en ejecución sus malos deseos. Ni penséis que la ha movido a mudar religión entender ella que la vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se usa la deshonestidad [*] más libremente que en la nuestra.

Y volviéndose a Zoraida, teniéndole yo y otro cristiano de entrambos brazos asido, porque algún desatino no hiciese, le dijo:

–¡Oh infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿Adónde vas, ciega y desatinada, en poder destos perros, naturales enemigos nuestros? ¡Maldita sea la hora en que yo te engendré y malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!



Pero viendo yo que llevaba término de no acabar tan presto, di priesa a ponelle en tierra, y desde allí a voces prosiguió en sus maldiciones y lamentos, rogando a Mahoma rogase a Alá que nos destruyese, confundiese y acabase; y cuando por habernos hecho a la vela no podimos oír sus palabras, vimos sus obras, que eran arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse [*] por el suelo; mas una vez esforzó la voz de tal manera, que podimos entender que decía:

–Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas.

Todo lo cual escuchaba Zoraida, y todo lo sentía y lloraba, y no supo decirle ni respondelle palabra, sino:

–Plega a Alá, padre mío, que Lela Marién, que ha sido la causa de que yo sea cristiana, ella [*] te consuele en tu tristeza. Alá sabe bien que no pude hacer otra cosa de la que he hecho, y que estos cristianos no deben nada a mi voluntad, pues aunque quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me fuera imposible, según la priesa que me daba mi alma a poner por obra esta que a mí me parece tan buena como tú, padre amado, la juzgas por mala.

Esto dijo, a tiempo que ni su padre la oía, ni nosotros ya le veíamos; y así, consolando yo a Zoraida, atendimos todos a nuestro viaje, el cual nos le facilitaba el próspero [*] viento, de tal manera que bien tuvimos por cierto de vernos otro día al amanecer en las riberas de España. Mas como pocas veces o nunca viene el bien puro y sencillo, sin ser acompañado o seguido de algún mal que le turbe o sobresalte, quiso nuestra ventura, o quizá las maldiciones que el moro a su hija había echado, que siempre se han de temer de cualquier padre que sean, quiso, digo, que estando ya engolfados [59] y siendo ya casi pasadas tres horas de la noche, yendo con la vela tendida de alto baja [*][60], frenillados los remos [61], porque el próspero viento nos quitaba del trabajo de haberlos menester, con la luz de la luna, que claramente resplandecía, vimos cerca de nosotros un bajel redondo [62], que con todas las velas tendidas [*], llevando un poco a orza el timón [63], delante de nosotros atravesaba, y esto, tan cerca, que nos fue forzoso amainar por no embestirle [64], y ellos asimesmo hicieron fuerza de timón [65] para darnos lugar que pasásemos. Habíanse puesto a bordo del bajel [66] a preguntarnos quién éramos y adónde navegábamos y de dónde veníamos, pero, por preguntarnos esto en lengua francesa, dijo nuestro renegado:

–Ninguno responda, porque estos sin duda son cosarios franceses, que hacen a toda ropa [67].

 


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