|
Donde
el cautivo cuenta su vida y sucesos
En un lugar de las montañas de León tuvo
principio mi linaje [1], con quien fue
más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna [2], aunque en la estrecheza de aquellos
pueblos todavía alcanzaba mi padre fama de rico, y verdaderamente lo fuera si así se
diera maña a conservar su hacienda como se la daba en gastalla; y la condición que
tenía de ser liberal y gastador le procedió de haber sido soldado los años de su
joventud [*], que es
escuela la soldadesca donde el mezquino se hace franco [3], y el franco, pródigo, y si algunos
soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven raras veces. Pasaba mi padre
los términos de la liberalidad y rayaba en los de ser pródigo [4], cosa que no le es de ningún provecho al
hombre casado y que tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi
padre tenía eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir estado. Viendo,
pues, mi padre que, según él decía, no podía irse a la mano contra su condición [5], quiso privarse del instrumento y causa
que le hacía gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo
Alejandro pareciera estrecho [6]. Y,
así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento [7], nos dijo unas razones semejantes a las
que ahora diré: «Hijos, para deciros que os quiero bien basta saber y decir que sois mis
hijos; y para entender que os quiero mal basta saber que no me voy a la mano en lo que
toca a conservar vuestra hacienda. Pues para que entendáis desde aquí adelante que os
quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro, quiero hacer una cosa con
vosotros que ha muchos días que la tengo pensada y con madura consideración dispuesta.
Vosotros estáis ya en edad de tomar estado, o a lo menos de elegir ejercicio, tal que
cuando mayores os honre y aproveche. Y lo [*] que he pensado es hacer de mi
hacienda cuatro partes: las tres os daré a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin
exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré yo para vivir y sustentarme los días
que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero querría que, después que cada uno
tuviese en su poder la parte que le toca de su hacienda, siguiese uno de los caminos que
le diré. Hay un refrán en nuestra España, a mi parecer muy verdadero, como todos lo
son, por ser sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo
digo dice [*]:
Iglesia o mar o casa real [8],
como si más claramente dijera: Quien quisiere valer y ser rico siga o la Iglesia o
navegue, ejercitando el arte de la mercancía [9], o entre a servir a los reyes en sus
casas; porque dicen: Más vale migaja de rey que merced de señor [10]. Digo esto porque querría y es mi
voluntad que uno de vosotros siguiese las letras, el otro la mercancía, y el otro
sirviese al rey en la guerra [*], pues es dificultoso
entrar a servirle en su casa [11]; que ya
que la guerra no dé muchas riquezas, suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho
días os daré toda vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo
veréis por la obra [12]. Decidme ahora
si queréis seguir mi parecer y consejo en lo que os he propuesto». Y mandándome a mí,
por ser el mayor, que respondiese, después de haberle dicho que no se deshiciese de la
hacienda, sino que gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros éramos mozos para
saber ganarla [13], vine a concluir en
que cumpliría su gusto, y que el mío era seguir el ejercicio de las armas, sirviendo en
él a Dios y a mi rey. El segundo hermano hizo los mesmos ofrecimientos y escogió el irse
a las Indias, llevando empleada la hacienda que le cupiese [14]. El menor, y a lo que yo creo el más
discreto, dijo que quería seguir la Iglesia o irse a acabar sus comenzados estudios a
Salamanca. Así como acabamos de concordarnos y escoger nuestros ejercicios, mi padre nos
abrazó a todos, y con la brevedad que dijo puso por obra cuanto nos había prometido; y
dando a cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres mil ducados en
dineros [15] (porque un nuestro tío
compró toda la hacienda y la pagó de contado, porque no saliese del tronco de la casa),
en un mesmo día nos despedimos todos tres de nuestro buen padre. Y en aquel mesmo,
pareciéndome a mí ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca hacienda,
hice con él que de mis tres mil tomase los dos mil ducados, porque a mí me bastaba el
resto para acomodarme de lo que había menester un soldado. Mis dos hermanos, movidos de
mi ejemplo, cada uno le dio mil ducados; de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en
dineros [*], y
más tres mil que a lo que parece valía la hacienda que le cupo, que no quiso vender,
sino quedarse con ella en raíces [16].
Digo, en fin, que nos despedimos dél y de aquel nuestro tío que he dicho, no sin mucho
sentimiento y lágrimas de todos, encargándonos que les hiciésemos saber, todas las
veces que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, prósperos o adversos.
Prometímoselo, y, abrazándonos y echándonos su bendición, el uno tomó el viaje de
Salamanca, el otro [*] de
Sevilla [*], y yo el de
Alicante, adonde tuve nuevas que había una nave ginovesa que cargaba allí lana [*] para Génova. Este hará veinte
y dos años que salí de casa de mi padre [17],
y en todos ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido dél ni de mis
hermanos nueva alguna; y lo que en este discurso de tiempo he pasado lo diré brevemente.
Embarquéme en Alicante, llegué con próspero viaje a Génova, fui desde allí a Milán,
donde me acomodé de armas [18] y de
algunas galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte [19]; y estando ya de camino para Alejandria
de la Palla [20], tuve nuevas que el gran
Duque de Alba pasaba a Flandes [21].
Mudé propósito, fuime con él, servíle en las jornadas que hizo, halléme en la muerte
de los condes de Eguemón y de Hornos [22],
alcancé a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina [23], y a cabo de algún tiempo que llegué a
Flandes, se tuvo nuevas [*]
de la liga que la Santidad del papa Pío Quinto, de felice recordación, había hecho con
Venecia [*] y con
España, contra el enemigo común, que es el Turco, el cual en aquel mesmo tiempo había
ganado con su armada la famosa isla de Chipre [24], que estaba debajo del dominio de
venecianos [*], y fue
pérdida [*]
lamentable y desdichada. Súpose cierto que venía por general desta liga el serenísimo
don Juan de Austria [25], hermano natural
de nuestro buen rey don Felipe; divulgóse el grandísimo aparato de guerra que se hacía,
todo lo cual me incitó y conmovió el ánimo y el deseo de verme en la jornada que se
esperaba; y aunque tenía barruntos, y casi premisas [*] ciertas, de que en la
primera ocasión que se ofreciese sería promovido a capitán, lo quise dejar todo y
venirme, como me vine a Italia, y quiso mi buena suerte que el señor don Juan de Austria
acababa de llegar a Génova, que pasaba a Nápoles a juntarse con la armada de Venecia,
como después lo hizo en Mecina [*][26]. Digo, en fin, que yo me hallé en
aquella felicísima jornada [27], ya
hecho capitán de infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte, más que
mis merecimientos; y aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se
desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban creyendo que los turcos
eran invencibles por la mar, en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia
otomana quebrantada, entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura tuvieron
los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron) [28], yo solo fui el desdichado; pues, en
cambio de que pudiera esperar, si fuera en los romanos siglos, alguna naval corona [29], me vi aquella noche que siguió a tan
famoso día con cadenas a los pies y esposas a las manos. Y fue desta suerte: que habiendo
el Uchalí [*], rey de Argel
[30], atrevido y venturoso cosario,
embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres caballeros quedaron [*] vivos en ella, y éstos
malheridos, acudió la capitana de Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi
compañía; y haciendo lo que debía en ocasión semejante, salté en la galera contraria,
la cual desviándose de la que la había [*] embestido, estorbó
que mis soldados me siguiesen, y, así, me hallé solo entre mis enemigos, a quien no pude
resistir, por ser tantos: en fin me rindieron lleno de heridas. Y como ya habréis [*], señores, oído decir que
el Uchalí se salvó con toda su escuadra, vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo
fui el triste entre tantos alegres y el cautivo entre tantos libres, porque fueron quince
mil cristianos los que aquel día alcanzaron la deseada libertad, que todos venían al
remo en la turquesca armada.
|