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Que
trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino
tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron [*][1]
Estando en esto, el ventero, que estaba a la
puerta de la venta, dijo:
Esta que viene es una hermosa tropa de
huéspedes; si ellos paran aquí, gaudeamus tenemos [2].
¿Qué gente es? dijo Cardenio.
Cuatro hombres respondió el
ventero vienen [*] a
caballo, a la jineta, con lanzas y adargas [3],
y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una mujer vestida de blanco, en un
sillón [4], ansimesmo cubierto el
rostro, y otros dos mozos de a pie.
¿Vienen muy cerca? preguntó el
cura.
Tan cerca respondió el
ventero, que ya llegan. |
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Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro y Cardenio se entró en el aposento de don
Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuando entraron en la venta todos los
que el ventero había dicho, y apeándose los cuatro de a caballo, que de muy gentil talle
y disposición eran, fueron a apear a la mujer que en el sillón venía, y tomándola uno
dellos en sus brazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento donde
Cardenio se había escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos se [*] habían quitado los
antifaces, ni hablado palabra alguna: solo que al sentarse la mujer en la silla dio un
profundo suspiro y dejó caer los brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a
pie llevaron los caballos a la caballeriza.Viendo
esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con tal traje y tal silencio
estaba, se fue donde estaban los mozos y a uno dellos le preguntó lo que ya deseaba [*]; el cual le respondió:
Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué
gente sea esta: solo sé que muestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a
tomar en sus brazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos los
demás le tienen respeto y no se hace otra cosa más de la que [*] él ordena y manda.
Y la señora ¿quién es? preguntó
el cura.
Tampoco sabré decir eso respondió
el mozo, porque en todo el camino no la he visto el rostro; suspirar sí la he oído
muchas veces, y dar unos gemidos, que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma [5]. Y no es de maravillar que no sepamos
más de lo que habemos dicho, porque mi compañero y yo no ha más de dos días que los
acompañamos; porque, habiéndolos encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que
viniésemos con ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien. |
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Y ¿habéis oído nombrar a alguno dellos? preguntó el cura.No, por cierto respondió el mozo,
porque todos caminan con tanto silencio, que es maravilla, porque no se oye entre ellos
otra cosa que los suspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima, y
sin duda tenemos creído que ella va forzada donde quiera que va; y, según se puede
colegir por su hábito, ella es monja o va a serlo, que es lo más cierto, y quizá porque
no le debe de nacer de voluntad el monjío, va triste, como parece.
Todo podría ser dijo el cura.
Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea,
la cual, como había oído suspirar a la embozada [6], movida de natural compasión, se llegó
a ella y le dijo:
¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si
es alguno de quien las mujeres suelen tener uso y experiencia de curarle [7], que de mi parte os ofrezco una buena
voluntad de serviros.
A todo esto callaba la lastimada señora, y
aunque Dorotea tornó con mayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta
que llegó el caballero embozado que dijo [*] el mozo que los demás
obedecían y dijo a Dorotea:
No os canséis, señora, en ofrecer nada a
esa mujer, porque tiene por costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni
procuréis que os responda [8], si no
queréis oír alguna mentira de su boca.
Jamás la dije dijo a esta sazón la
que hasta allí había estado callando, antes por ser tan verdadera [9] y tan sin trazas mentirosas me veo ahora
en tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi pura verdad
os hace a vos ser falso y mentiroso. |
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Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba tan junto de
quien las decía, que sola la puerta del aposento de don Quijote estaba en medio; y así
como las oyó, dando una gran voz dijo:¡Válgame
[*] Dios! ¿Qué es esto
que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado a mis oídos?
Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora,
toda sobresaltada, y no viendo quién las daba [*], se levantó en pie y fuese
a entrar en el aposento; lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un
paso. A ella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traía
cubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostro milagroso, aunque
descolorido y asombrado [10], porque con
los ojos andaba rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto
ahínco, que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales [11], sin saber por qué las hacía, pusieron
gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala el caballero fuertemente asida
por las espaldas [12], y, por estar tan
ocupado en tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo que se le caía, como en efeto se
le cayó del todo; y alzando los ojos Dorotea, que abrazada con la señora estaba, vio que
el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo don Fernando, y apenas le hubo conocido,
cuando, arrojando de lo íntimo de sus entrañas un luengo y tristísimo «¡ay!», se
dejó caer de espaldas desmayada; y a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió
en los brazos, ella diera consigo en el suelo.
Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para
echarle agua en el rostro, y así como la descubrió, la conoció don Fernando, que era el
que estaba abrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase, con
todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de sus brazos, la cual
había conocido en el suspiro [*] a Cardenio, y él la
había conocido a ella. Oyó asimesmo Cardenio el «¡ay!» que dio Dorotea cuando se
cayó desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, salió del aposento despavorido, y lo
primero que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada a Luscinda. También don Fernando
conoció luego a Cardenio; y todos tres, Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y
suspensos, casi sin saber lo que les había acontecido. |
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Callaban todos y mirábanse todos, Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio,
Cardenio a Luscinda, y Luscinda [*] a Cardenio. Mas
quien primero rompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a
ser quien sois [13], ya que por otro
respeto no lo hagáis, dejadme llegar al muro de quien yo soy yedra [14], al arrimo de quien no me han podido
apartar vuestras importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras
dádivas. Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha
puesto a mi verdadero esposo delante, y bien sabéis por mil costosas experiencias que
sola la muerte fuera [*]
bastante para borrarle de mi memoria. Sean, pues, parte tan claros desengaños para que
volváis, ya que no podáis hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y
acabadme con él la vida, que como yo la rinda delante de mi buen esposo, la daré por
bien empleada; quizá con mi muerte quedará satisfecho de la fe que le mantuve hasta el
último trance de la vida.
Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí [15], y había estado escuchando todas las
razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento de quién ella era; que
viendo [*] que don
Fernando aún no la dejaba de los brazos ni respondía a sus razones, esforzándose lo
más que pudo se levantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies, y, derramando mucha
cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir: |
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Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazos eclipsado tienes
te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado de ver que la que a tus pies está
arrodillada es la sin ventura hasta que tú quieras y la [*] desdichada Dorotea. Yo
soy aquella labradora humilde a quien tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar
a la alteza de poder llamarse tuya; soy la que, encerrada en los límites de la
honestidad, vivió vida contenta hasta que a las voces de tus importunidades y, al
parecer, justos y amorosos sentimientos abrió las puertas de su recato y te entregó las
llaves de su libertad, dádiva de ti tan mal agradecida [16] cual lo muestra bien claro haber sido
forzoso hallarme en el lugar donde me hallas y verte yo a ti de la manera que te veo.
Pero, con todo esto, no querría que cayese en tu imaginación pensar que he venido aquí
con pasos de mi deshonra, habiéndome traído solo los del dolor y sentimiento de verme de
ti olvidada. Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que aunque ahora
quieras que no lo sea no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señor mío, que
puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas la incomparable voluntad
que te tengo. Tú no puedes ser de la hermosa Luscinda, porque eres mío, ni ella puede
ser tuya, porque es de Cardenio; y más fácil te será [*], si en ello miras, reducir
tu voluntad a querer a quien te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te
quiera. Tú solicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste mi
calidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: no te queda
lugar ni acogida de llamarte a engaño [17];
y si esto es así, como lo es, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por
tantos rodeos dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste [*] en los principios? Y si no
me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y legítima esposa, quiéreme a lo menos y
admíteme por tu esclava; que como yo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien
afortunada. No permitas, con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi
deshonra; no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios que,
como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece que has de aniquilar
tu sangre por mezclarla con la mía, considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo
que no haya corrido por este camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace
al caso en las ilustres decendencias [18],
cuanto más que la verdadera nobleza consiste en la virtud [19], y si esta a ti te falta negándome lo
que tan justamente me debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú
tienes. En fin, señor, lo que últimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy
tu esposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser [*] mentirosas, si ya es que
te precias de aquello por que me desprecias [20];
testigo será la firma que hiciste [21],
y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo de lo que me prometías. Y cuando
todo esto falte, tu misma conciencia no ha de faltar de dar voces callando en mitad de tus
alegrías, volviendo por esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y
contentos. |
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